En la búsqueda del amo bueno

La opinión de…

Carlos Ernesto González Ramírez 

Gayo Salustio Crispo, mejor conocido como Salustio, fue un político e historiador romano.   César lo nombró gobernador de África Nova, luego que lo acompañara en el triunfo final contra las fuerzas de Pompeyo. Como gobernador fue despiadado y corrupto.  Pudo ser tan amoral como quiso gracias al apoyo que le mantuvo en todo momento César.

Esta faceta política de Salustio lo llevó a ser un gran observador del uso del poder y de la forma que los pueblos de entonces se comportaban. Una de sus frases más célebres es la que me sirve de inspiración para este artículo. Decía Salustio: “Solo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos”.

Creo que esta frase pinta de cuerpo entero la actitud política de muchos pueblos de América.   Ante las situaciones de falta de oportunidad, inseguridad, injusticia y amoralidad política, la gente desesperada busca ante todo un salvador que venga a componer el estado de cosas. Una persona a la que están dispuestas a darles su libertad a cambio de que sea bueno.

Vemos, así, cómo el apoyo político a verdaderos autócratas se dispara cuando estos atacan a los poderosos, reparten a diestro y siniestro el erario, enjuician a los maleantes de cuello blanco (los que no son parte de su círculo), aplican mano dura contra la delincuencia real o ficticia (supuestos abusadores del sector privado), con sacrificio de la libertad ciudadana, y mantienen un discurso cínico de apoyo a los que menos tienen.

En el transcurrir de este torbellino justiciero y “bueno”, se acaban las instituciones democráticas y, sobre todo, las republicanas; se destruyen los partidos políticos de oposición;   se cooptan a sirios y troyanos (lo importante es que me apoyen, no que sean “buenos”); se ataca a los medios de comunicación, se politiza la opinión de quienes critican;   se centraliza el poder en un solo hombre; y se persigue con acusaciones baladíes y ficticias a quienes resisten más de lo normal.

Esto lo estamos viendo en Nicaragua, Venezuela y en otras partes.   Lo triste de esta realidad es que ya la vivimos antes.   Son los casos, por ejemplo, de Perón en Argentina, Velasco Alvarado en Perú, Castro en Cuba, Trujillo en Dominicana, Somoza en Nicaragua, y tantos otros caudillos (de izquierda, de derecha, electos o no).

Estos personajes, luego de introducir todos los elementos que evitan el avance de la sociedad por el sendero de la democracia, la República, la economía de mercado, el estado de derecho y la libertad, forman corrientes políticas que perduran en el tiempo y que acaban por trastocar cualquier intento de estas sociedades para liberarse del atavismo circular: populismo, reacción, populismo, reacción…

Para superar este círculo vicioso, Latinoamérica requiere de un movimiento republicano fuerte. Que impulse la separación de los poderes.   Que limite el poder público.   Y que impulse a magistrados y jueces respetados y honestos. En definitiva, la creación de un sistema que no sea el de “quítate tú pa’ ponerme yo”, sino uno de instituciones duraderas y funcionales, sin importar quién llega.

Para que un movimiento así tenga éxito, requiere acabar con los privilegios y discriminaciones que, desde la arquitectura legal, ha dominado la economía y la política de todos nuestros países. Pero debe lograrlo sin caer en la trampa de que el fin justifica los medios. Debe hacerlo con todas las garantías del debido proceso y aplicando, por primera vez en nuestra historia, la ley igual para todos (incluyendo el Estado), y con leyes solo de aplicación general. (Es irónico, pero si alguno de estos “amos buenos”, aprovechando el gran poder que tiene, actuase de manera que logre lo anterior, podría con gran facilidad cambiar realmente para siempre el destino de sus países).

Mientras nuestras constituciones permitan la discriminación sobre la falsa premisa del beneficio social (se pretende justificar la discriminación para beneficiar a los más desvalidos, pero siempre, inevitablemente, acaba discriminándose en contra de estos para beneficio de los allegados al poder), lo anterior no será posible, como tampoco lo será la existencia de instituciones (para qué las quiero si puedo disponer sin límites de mi adversario o a quien yo pienso causa “el mal”).

Cuando el ciudadano común sienta que la ley y los jueces lo protegen del abuso del poder público; cuando vea que a todo el mundo se le trata igual; en fin, cuando de verdad sea ciudadano y no súbdito de un Estado, su actitud cambiará y será el más fuerte defensor de las instituciones que garantizan su libertad.

Ese será el día en que los pueblos de América Latina habremos evolucionado hacia esta forma de organizarnos en sociedad, y ese día perderá vigencia la observación de Salustio y probablemente podamos afirmar lo contrario: solo unos pocos prefieren a un amo bueno; la mayoría de los hombres busca la libertad.

<>Artículo publicado el 6 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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