Camuflaje y sentencia de muerte

La opinión de…

Paco Gómez Nadal

El capitalismo aprendió de sus errores y descubrió que a la esclavitud hay que llamarle oportunidad de empleo, al desamparo hay que denominarlo como redimensionamiento del aparato estatal, a la doble moral es mejor conocerla como Responsabilidad Social Corporativa, al robo de las arcas del Estado se le presenta como contratación directa por urgencia manifiesta y a la toma del poder es más práctica presentarla como colaboración entre los sectores públicos y privados.

En fin… el camuflaje no cesa y ya nada es lo que parece ser ni hay denominaciones absolutas: la Shell puede parecer un corderito; McDonald’s, una monjita pintarrajeada de payaso, y el Super 99, una fundación dedicada a garantizar la seguridad alimentaria.

Es tan perverso el camuflaje que ya no sabemos quién está entre los buenos y quién es un agente de la maldad, porque unos y otros se asocian en función de intereses tácticos o de justificaciones bien argumentadas.

Quizá donde más se nota la confusión del camuflaje es en las altas esferas, donde nada ya es como antes. El filósofo eslovaco Slavoj Zizek ironiza hablando de los “comunistas liberales” de Porto-Davos, fusionando en uno solo los dos extremos, el de los poderosos de Davos y los contra sistema de Porto Alegre.

Dice Zizek que “los comunistas liberales son grandes ejecutivos reformando el espíritu de la lucha, o por decirlo de otra forma, individuos contraculturales que tomaron el control de las grandes corporaciones. Su dogma es una versión nueva, postmodernizada, de la mano invisible de Adam Smith: el mercado y la responsabilidad social no son opuestos, pueden utilizarse juntos para un beneficio mutuo.

La colaboración con los empleados, el diálogo con los clientes, el respeto por el medio ambiente y los tratos transparentes son ahora las claves para un negocio exitoso. Como comunistas liberales son pragmáticos, odian la ideología”.

Estos nuevos líderes “camuflados” aman a algunos líderes mundiales que sirven a sus propósitos. Si no fuera por el pequeño resbalón iraní, el ídolo principal de esta camada (los Gates o Soros del momento) sería Inácio Lula da Silva, el supuesto presidente socialista de Brasil. Lula maneja bien el discurso y camufla de izquierda sus políticas liberales, aplaudidas por empresarios y poco comentadas por una izquierda incapaz de ser crítica cuando uno de los de su clan llega al poder.

Lula habrá hecho cosas buenas, sin duda, pero una de las peores ha sido el plan económico para afianzar el proyecto imperial brasileño (el llamado Programa de Aceleramiento del Crecimiento Económico). A modo de la vieja URSS pero con la eficacia del capitalismo, ha destrozado millones de hectáreas de la Amazonía para plantar monocultivos destinados a fabricar combustible mientras la población de esas zonas pasa hambre o vive en la precariedad.

Brasil es grande, dirán algunos, allá se pueden perder millones de hectáreas sin que se note. Lo mismo argumentan los desarrollistas sobre la minería en Chile o Canadá (un argumento más que dudable). Pero Panamá es muy pequeñito. Así que prendamos las señales de alarma.

En una columna disimulada y “camuflada” de desarrollo sostenible aparecida en este diario el pasado jueves 26 de agosto se titulaba “Brasileños asesoran a Panamá en biodiésel”. En ella, el alegre y cuasi invisible ministro de Desarrollo Agropecuario, Emilio Kieswetter, anunciaba que a inicios del próximo año una empresa brasileña identificará las mejores áreas productoras de caña para establecer así plantas procesadoras.

Lo que no cuenta la noticia es que ese negocio solo es rentable en grandes superficies, las mismas que están acabando con inmensas áreas de Argentina y de Brasil por la fiebre de la soja para biodiésel y para la industria alimentaria internacional. Desplazamientos de población, empobrecimiento (ya que estas plantaciones necesitan poca y poco cualificada mano de obra) y devastación ambiental vienen de la mano con el biodiésel.

Es decir, mientras La Prensa denuncia a voz en grito cómo ha caído la producción agropecuaria en el país y cómo eso es una amenaza para la seguridad alimentaria, el Ministerio de Desarrollo Agropecuario nos vende un proyecto nocivo como si fuera transferencia tecnológica, ecológica y favorable a la seguridad alimentaria. Camuflaje otra vez.

Espero que los panameños le tomen gusto a beber en la mañana un buen vaso de biodiésel porque, de no ser así, pasarán hambre a pesar de que estemos felices de entrar al primer mundo por la puerta de la explotación irracional de los recursos.

Si la minería es una pésima noticia, los monocultivos son la sentencia de muerte final a este pequeño, rico y frágil país.

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Artículo publicado el  31 de agosto  de 2010 en el diario La Prensa,   a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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