Las caras de una tragedia

La opinión del Ex Secretario de Prensa de la Presidencia de la República….
RENÉ HERNÁNDEZ GONZÁLEZ
Hace 365 días mi familia sufrió uno de los peores episodios. El sábado 29 de agosto, a las siete de la mañana, escuchaba el sonido de un celular.   Me encontraba con mi esposa disfrutando de un fin de semana en Gorgona. Siempre apago lo que represente la interrupción de ese descanso. Mi esposa, al contrario, deja el suyo encendido, por alguna llamada de importancia.

Me levanté a desgano; contesté; del otro lado comenzaron las preguntas. ‘¿Usted es el padre del señor Alejandro Hernández?’, ‘Sí, claro, ¿por qué?’, ‘¡Señor Hernández, su hijo acaba de sufrir un accidente; él se encuentra estable!’. No le daba mucho crédito a la palabra ‘estable’; pensé lo peor. ‘¿Y él está solo o iba acompañado?’, pregunté.  ‘Él está acompañado’, me dijo la voz femenina. ‘¿Y cómo está esa persona?’.   ‘Señor Hernández, le repito, su hijo está estable; es mejor que venga pronto’.   En ese segundo deduje que la persona que iba con mi hijo había muerto.  Creí que se trataba de la chica con quien mantiene una gran amistad.

A pesar que durante la conversación no mostré exaltación, mi esposa se acercó a preguntarme sobre lo que estaba pasando.  ‘Amor, vístete;   Alejo tuvo un accidente y nos necesita’, le dije.

¡Ay, las madres; ay, las mujeres; benditas sean ellas! Tomó el celular, marcó el número de nuestro hijo. Ella quería oírlo, saber de él.   Por fortuna logró que le respondiera, apaciguando un poco su estado de ánimo.   Abordamos el auto y nos dirigimos hacia la capital. En el camino inició contacto con médicos y amigos cercanos. Quiero resaltar el apoyo incondicional de ese gran galeno, el Dr. Ricardo Díaz Guillén.    Su intervención inicial y su responsabilidad en la operación, permitieron que Alejo siga con nosotros.

Noventa kilómetros nos separaban de nuestro hijo. Pensaba en lo frágil del auto que manejaba, un Kia Picanto.   Es casi una moto, pero, en cuatro ruedas. Los pormenores de los hechos no estaban claros. Mientras, mi esposa contactaba a nuestro hijo mayor,   Alfredo Felipe Hernández Patiño, para que se fuera al hospital Santo Tomás.

El vehículo se estrelló contra la parte trasera de un bus.  Su hermano, amigo y compañero de estudios, murió en el teatro de los acontecimientos. El percance se dio frente a la empresa donde, tres años atrás, habíamos comprado el carro.   La operación, para corregir los daños en el rostro de Alejandro, duró casi 13 horas. Fueron momentos de mucha angustia.

Cuando los dolores y sufrimientos tocan nuestra puerta, hacemos un alto y comenzamos a rememorar los que otros han pasado. Solo las peripecias, los tormentos, azotes y muerte de quien murió por nosotros, nos dan aliento para seguir adelante.  ¡Cuán frágil es la vida!   En un segundo se nos escapa el aire, trastocamos nuestras vidas;  las de los demás y ponemos en aprietos a otros.

Hoy, Alejandro tiene la marca del dolor en su cara, pero la más grande la lleva en su corazón. Hemos sorteado, hasta la fecha, todas las secuelas que deja un accidente de esta naturaleza. Cuando se iba a enfrentar a la justicia le dije, ‘hijo, los jueces te pueden condenar, multar, encarcelar, etc.’. ‘Mira papá, no me importa lo que determinen las autoridades, nada de lo que digan o hagan hará resucitar a mi hermano y amigo’,  expresó.

Nunca encontraré palabras de consolación y agradecimiento que llenen el vacío y calmen el dolor de los padres que perdieron a su hijo. La madre sacó fuerzas de donde no existen para sobrellevar el peso. Cuando salíamos de la fiscalía, donde inicialmente se ventiló el caso, me tocó llevarla a la terminal de Albrook. Cuando pasamos frente al Santuario Nacional, ella empezó a llorar. ‘¿Qué pasa, doña Tila?’, ‘Mire señor, acabo de declarar que no vamos a demandar a Alejandro y ahora que he pasado frente a la iglesia, he derramado lágrimas de alegría; sé que si hubiera hecho lo contrario, jamás me lo perdonaría el espíritu de mi hijo’.

Hoy, me encuentro escribiendo un libro que llevará el mismo título de este artículo. Gracias a los que nos acompañaron en esos momentos de angustia.

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Artículo publicado el 30 de agosto de 2010 en el diario La Estrella de Panamá a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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