Los varios aspectos de la codicia

La opinión de…

Carlos Eduardo Galán Ponce

Este pecado capital no es un producto de las actuales generaciones ni exclusivo de parte alguna del universo. Nació con la humanidad. Solo que hoy, las políticas de globalización, de la desmesurada promoción al consumismo, unidas a la sumisión vergonzosa de gobiernos moralmente vulnerables han exacerbado el culto al dios dinero.

Con la venia de gobernantes carentes de todo nacionalismo, los poderosos intereses de países más grandes y desarrollados les han caído “en pandilla” a los más pequeños.   Con todas las ventajas.

El dinero que para ellos es una bicoca, para cualquiera de nosotros es una fortuna, y encima los encargados de proteger nuestro patrimonio lo salen a mercadear.

Comprar el territorio nacional a trozos, a precios irrisorios para la capacidad económica de estos nuevos conquistadores, ha puesto “nuestra tierra”, la tierra que nos vio nacer, fuera del alcance de la inmensa mayoría de los nacionales.

Y se van regando por todo el país. Apoderándose de playas, islas, montañas, haciendas ganaderas, áreas comerciales.   De todo. Y allí es donde se inicia la concentración de fortunas y la verdadera inflación. Porque del valor de la tierra depende directamente el costo de todo.

De los alimentos, de las viviendas, de los arrendamientos de los locales para todas las actividades de ventas de bienes y servicios, de los servicios médicos.   Bueno, ni el transporte aéreo se salva, pues no puede permanecer por siempre en el aire.   Las tierras que antes eran de todos, ahora han quedado solo al alcance de extranjeros y algunos grupos minúsculos locales.

Sobre el famoso “desarrollo”, la mayoría se pregunta a quién le ha llegado.   Porque lo que sí ha traído es una mayor concentración de fortunas a manos de unos pocos. Antes lo normal era que los personajes más adinerados se encontraran en los países con grandes economías.   Lo cual es muy lógico, hay más gente a quien sacarle.

Pero parece que este pequeño país ya no solo produce campeones en deportes, sino que ya contamos con individuos codeándose con los “más ricos y famosos”.    Que en un país como México, con su índice de pobreza y violencia, alguien se pueda jactar de ser el hombre más rico del mundo, es una vergüenza. Y no menos vergüenza es que en un pequeño país como el nuestro, con su grado de pobreza extrema, comiencen a surgir personajes a esos niveles.

Ese afán insaciable de mayores riquezas ha llegado a los extremos de derribar las más elementales barreras morales. Un supermercado local promociona la presencia de un cliente “en cueros”, parado frente a una cajera que lo admira “muerta de la risa”.   Una televisora local promueve grupos de niñas de escuela, a contorsionarse al grito de “muévelo”.   Y no el cerebro. No imagino de qué intelectuales es la idea de este “extraordinario” aporte a la cultura y las buenas costumbres. Ir de compras “pelao” y “moverlo” en la escuela.

Pero mientras esto ocurre aquí, en Viena un coro de 400 niñas escolares canta a los acordes de música de violines, y el alcalde de Medellín, con la formación de coros similares en las escuelas, ha logrado disminuir la violencia en su ciudad. Y luego nos quejamos de las causas de la violencia y la “patanería” de los jóvenes. O de encontrar a niñas menores de edad, uniformadas, en actitudes impropias en los buses o en discotecas a pleno día.

Todo el cuento lo justifican con lo de “generar empleos”. Pero resulta que en Canadá, un país a extremo ordenado, el 60% de los puestos de trabajo tiene lugar en empresas que poseen menos de nueve empleados.   La libre empresa es la mejor opción para una paz social y lograr un razonable nivel económico para la mayoría de los habitantes de un país. Tampoco hay nada malo en que el éxito vaya aparejado a una bien merecida fortuna. Y los frenos a la concentración excesiva de bienes son prácticamente imposibles.

Esto se viene intentando en Estados Unidos desde la presidencia de Teodoro Roosevelt con resultados poco claros. Los únicos frenos que existen son morales. Y un poquito de sentido común que debe indicarle a aquellos que más tienen, que son precisamente ellos los que más tienen que perder si cundiera el caos. Quizá por eso es que se ha reunido, precisamente en ese país, un grupo de los más ricos, para regalar la mitad de sus fortunas para propósitos sociales. Igual viven con la otra mitad.

A cualquier individuo, que vivió con ese apego enfermizo a los bienes materiales, le llega el momento, aunque sea a un paso de su tumba, en que se ha de preguntar ¿para qué hice tanto? Haber afectado a tanta gente. Haberse “comido” a tantos desdichados. Haber participado sin ningún remordimiento en la destrucción del planeta, solo para tener más. Y finalmente, quedarle prohibido saborear un buen filete. Los mariscos les son veneno.

Nada de sal ni de buenos vinos (ni tampoco de los malos). A conformarse con ingerir a diario verduras sosas y sopas aguadas, cubierto con una cobija hasta el cuello para calmar el frío permanente. Y los que te rodean. Esperando tu partida para escudriñar en tu testamento. Y si no dejaste alguno, o no repartiste a gusto de los que esperan en fila, a liarse a golpes para deleite de los abogados.

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Este artículo se publicó el 27 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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