Las prioridades de los faraones

La opinión de…

Javier Barrios D. 

Los grandes monumentos históricos, como las pirámides egipcias, mayas y de Teotihuacán y las Siete Maravillas del Mundo (¡son más!) tuvieron un móvil religioso y/o satisfacían el ego y el interés de sus gestores por inmortalizarse.

Costosísimas debieron ser, construidas por súbditos, esclavos u obreros, mientras sus familias y el resto de los de abajo, seguramente enfrentaban grandes necesidades. Es una “epidemia” antiquísima, universal e invencible, que ha contagiado a mandatarios, organizaciones privadas, eclesiásticas, etc.

Recientemente tuve la oportunidad de conocer la catedral más grande del mundo, St. John The Divine (Nueva York) y la verdad que es para quedarse mudo de lo impresionante de su tamaño y arquitectura gótica.

Las hay espectaculares en Europa, como Notre Dame y la mismísima Capilla Sixtina; el templo Taj Mahal en la India; en Latinoamérica, aunque más modestas, etc; claro indicio de que los religiosos (sin distingo de credo) siempre han considerado que la casa de Dios no puede ser una pocilga… ¡como si a él le importara!    Las “pirámides” modernas las construyen los inversionistas privados, como el Empire State, las (ex) torres gemelas, la torre Burj Khalifa (Dubai), las torres Petronas (Malasia), etc., en una clara competencia para ver quién llega primero al cielo.   Ni los gobiernos escapan a estas excentricidades.

En nuestro terruño, proporciones guardadas, ocurre algo parecido: Mi “paisa”, el Dr. Porras, fue muy criticado por su elefante blanco (el hospital Santo Tomás), que pronto se quedó chico; los militares no construyeron obras de tanto renombre, ¡pues no les preocupaba las próximas elecciones!   Endara de a malas pudo ordenar parcialmente la casa o la cosa pública; el Toro, ya en el ocaso de su mandato, culminó los corredores, ganándole la champaña a los contratistas;   Mireya inauguró el Puente Centenario, cuando todavía era peatonal, y Martín, ya abandonando el solio, cortó la cinta de su cinta costera.

Aunque estas obras hayan estado plenamente justificadas, algunos pecaron escogiendo opciones caprichosamente y/o con contrataciones amañadas, construyéndolas a tambor batiente y con una ineficiente supervisión, sin ocultar el vivo interés de inmortalizarse y de conseguir votos para el ungido de la próxima contienda que, por lo visto, no fueron suficientes, pues siempre perdieron. Las inmobiliarias, por su parte, compiten levantando rascacielos.

Nuestro nuevo “faraón”, con fondos públicos “sagrados”, con las finanzas saneadas que le dejó Martín y con su reforma “saca plata”, se ha propuesto romper todos los récords.   En efecto, para opacar “la gloria” del miura, que lo tuvo “amarradito” en el corral y se le escabulló, en momentos en que las necesidades prioritarias sobran y la moda es privatizar, decidió arbitrariamente gastarse mil milloncitos de balboas estatizando autopistas viejas, que solo requieren una renegociación de los contratos y ampliarlas.

Destinará mil 500 millones de balboas para el Metro, que no es, ni técnica ni financiera ni socialmente, sino caprichosamente, la opción más viable.   Construirá su “pirámide” financiera (¡70 pisos para oficinas públicas en Ave. Balboa!) que será, como dicen los colombianos, la machera, pues no habrá otra igual de alta en Latinoamérica (¿por cuánto tiempo?) y ¿producirá su propia luz o la reflejará?   Yo, ni amarrado la subiría, no vaya a ser que estando por allá arriba se dañen los ascensores (¡nada raro en edificios públicos!) o, dada su brillantez, un piloto novato aproximándose a Tocumen se estrelle con ella, sea porque lo encandile o poniendo “revoch” violentamente al confundirla con el Sol o la Luna, o la echen abajo en respuesta a las fanfarronadas de Mr. 99 contra los terroristas, las FARC y los narcotraficantes.

El mejor monumento que podrían dejarnos nuestros próximos mandatarios es olvidarse de sus íconos y de las próximas elecciones y, en un compromiso de Estado, cada uno agregar una parte o un miembro (proporcional a su contribución a la reducción del mal) en la construcción de una estatua, que consistiría en un niño de cuatro años, con el vientre desproporcionado, esquelético, ojos alicaídos, tez amarillenta, etc.

Concluida la obra, tendría el siguiente epitafio: “Aquí yacen los restos de quien en vida se llamó, la desnutrición infantil en Panamá, madre de todos los males”. Paralelamente se levantarían otras estatuas en alusión a la corrupción, a la administración de justicia, etc.

Soñar no cuesta nada, porque mientras Ud. lee este artículo (¡gracias!) un sacerdote bendice la inauguración de un rascacielos en Punta Pacífica o diseña con sus feligreses un majestuoso templo en esta ciudad, el Sr Presidente firma una contratación directa, un funcionario se embolsa miles de verdes del erario público y la ex procuradora se apresta a pagar su pena… un niño ngäbe buglé muere de hambre.

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Este artículo se publicó el 21 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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