‘Id, también, vosotros a mi viña’

CAMPAÑA ARQUIDIOCESANA   La opinión de…

Carlos A. Voloj Pereira

El mensaje más relevante de Juan Pablo II, entre tantos inspiradores pensamientos que sembró en su arduo y fértil camino por los senderos de su misión como vicario de Cristo, ha sido el que los panameños hemos exaltado como consigna conductora de nuestra misión católica en nuestro país, cual es: ¡Cristiano, la iglesia eres tú!

Hoy, más que en el pasado esta consigna cobra un significado corpulento porque se ha fundido en la convicción de los panameños, el espíritu formidable de un Papa que, a lo largo de todo su apostolado fue la imagen y mensajero mismo de Cristo, (cuando nos repite sus palabras: “Id también vosotros a mi viña” (Mt. 20,4).

El encuentro personal de Juan Pablo II con nuestro señor Jesucristo ha servido durante todos estos años para recordarnos que somos trabajadores de la viña del señor y que no debemos permanecer indiferentes ni ociosos ante el llamado que cada día se hace más necesario e inevitable en el fortalecimiento y continuidad de la fe cristiana y sus valores.

En el Concilio de Nicea (323 D.C.), la Iglesia católica comenzó a diseñar su estructura administrativa, ejecutiva y de evangelización masiva. Eran tiempos en los que los señores feudales, los mercaderes, los industriales y los fabricantes, resolvieron apoyar la obra de la Iglesia porque esta significaba el aglutinamiento de los hombres en torno a una religión común para todos. La Iglesia debía desarrollar una labor de entronización de la fe y sus valores. Sin embargo, en esos tiempos la Iglesia contaba con abundantes recursos provenientes de gobernantes, de creyentes comunes y corrientes que no olvidaban que hay que rendir honores y deberes a un supremo ser que te lo da todo. Ninguno objetaba que había que dar a Dios los que era de Dios y al César lo que era del César. Los hombres pagaban sus impuestos y también el diezmo que sabían que correspondía a los representantes de Dios que velaban por la salud de sus almas y el bienestar de los cuerpos.

Hoy, en el inicio del siglo XXI, la labor de la Iglesia es gigantesca. Se han multiplicado los fieles, más de mil millones. Algunos que pertenecieron a la Iglesia se han alejado; otros están confundidos y otros no conocen siquiera la palabra de Dios.

El mayor mérito de la Iglesia es haberle otorgado al ser humano el conocimiento de la existencia de un Dios todo amor, misericordia y esperanza.   La Iglesia católica es el baluarte de la salvación y de la fe, y por ella el hombre tiene un faro de luz en su destino y unas coordenadas –de dónde vengo, para qué estoy y adónde voy– que dan sentido a su existencia. El hombre no puede reducirse a una simple realidad material; posee un espíritu que le abre a la trascendencia y le conecta con Dios mismo, y en Dios por ello tiene su destino final.

Trabajar por esa paz de la que gozan los hombres de buena voluntad en este planeta demanda medios y recursos materiales para hacerla efectiva. La Iglesia ha trabajado tesonera y constantemente en la persecución de esa meta evangelizadora y humanizadora. Pero las necesidades, tanto materiales como espirituales, crecen; muchos creyentes carecen de una formación luminosa del significado e implicaciones de su fe; aumentan los desposeídos y marginados que reclaman solidaridad; se acrecienta la degradación de valores; abundan las enfermedades del cuerpo, pero también de las almas.

Para ese hospital integral de la salud se creó, en Panamá, hace 35 años, la Campaña Arquidiocesana con su maravillosa alcancía y la Fundación Pro–Fe, que cumplió en abril pasado sus primeros 10 años de feliz y provechosa existencia.   Instituciones estas de la Iglesia dirigidas por laicos comprometidos quienes se han propuesto recoger de la buena voluntad del católico istmeño y de su amor y respeto al prójimo, un aporte de sus bienes. Antiguamente fue normativa de la Iglesia el “diezmo”: aporte de cada familia católica proporcional a sus recursos. Hoy se pide un aporte voluntario.

¿Queremos que quede en evidencia que no es sincero nuestro fervor cristiano y nuestro deseo de trabajar por la Iglesia si nos quedáramos ociosos mirando cómo se construye y se destruye la obra de los hombres de buena voluntad?   Son los sacerdotes, religiosos y los laicos quienes conformamos el cuerpo de la Iglesia que, como labriegos en el campo, produciremos los frutos que alimentarán el alma cristiana.

¡Vosotros seréis mis brazos! Vosotros seréis los que labrarán la tierra. Sacerdotes y religiosas son un brazo y los laicos somos el otro. Así queda enfáticamente declarado en la Exhortación Apostólica Pots-Sinodal Christifedeles Laici acerca de la vocación y misión de los laicos en el mundo. Recojamos en este momento el mensaje que como un legado nos ha dejado el santo padre Juan Pablo II: “¡Laicos del orbe, vosotros seréis mis brazos!”.

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Este artículo se publicó el 18 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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