Vuelven a acarrearle a Cristóbal

La opinión de…

Guillermo Sánchez Borbón


Cada día trae su sobresalto. Sin ir más lejos: días atrás a un periodista radial se le ocurrió entrevistar a unos estudiantes de secundaria de ya no recuerdo qué colegio ni sobre qué tema.   Pero las respuestas me sumieron en un insondable océano de cavilaciones. A uno de los alumnos le hicieron una pregunta. Respondió, muy indignado:

“La escuela anda muy mal. Hay que reformarla a fondo”. -¿Por ejemplo? -Por ejemplo, ¿a qué viene eso de que Cristóbal Colón descubrió América? Eso a nadie, absolutamente a nadie, le interesa, ni tiene la menor importancia.   Además, ¿quién era el tal Colón?   Ninguno de mis profesores ha podido decirnos quién era. Ni siquiera saben quién fue su madre, si es que tuvo madre. Al llegar a este punto apagué el televisor y me sumí entonces en el insondable océano de cavilaciones.

Y de recuerdos. Si yo hubiera tenido profesores tan sabios como los que sin duda elevarán al cielo el talento natural del protagonista de esta edificante historia, otro gallo me hubiera cantado, todavía estaría cantándome. Por ejemplo, de haber seguido el ilustrado criterio de nuestro estudiante, hoy sería yo médico. No sabría una palabra de anatomía o de fisiología, pero, de acuerdo con el protagonista de mi historia, estas materias no tienen absolutamente nada que ver con la Medicina.

Un buen médico operaría al tacto, o con los ojos cerrados (¿por qué tiene que averiguar dónde exactamente queda el páncreas o el intestino delgado antes de trufar a un cristiano?   Basta que se sepa de memoria el Padrenuestro, para poder encomendarle a Dios el alma de su paciente antes de hacerlo picadillo).   La risa jocunda de Hipócrates acompañaría al doctor durante toda la operación. Es posible que alguien crea que exagero, en cuyo caso le ruego pasar mañana a primera hora por mi clínica para que compruebe personalmente lo corto que me he quedado.

Teología en el Seminario

Cuando yo estaba en el segundo año de la escuela secundaria, a uno de los profesores se le ocurrió ponernos como tarea que cada uno escribiera un refrán y luego lo leyera en voz alta para edificación de sus compañeros de clase.  Todos abrumamos al profesor a punto de lugares comunes. Hasta que le llegó el turno a uno de los mejores alumnos de la clase.

Cuando todos esperábamos que se saliera con un “A Dios rogando y con el mazo dando” o cualquier otro tranquilizador lugar común, el muchacho, que por lo visto tenía una moralmente sospechosa tendencia a la originalidad, recitó: “el hombre propone, Dios dispone y el diablo lo descompone”.   Sus condiscípulos celebramos ruidosamente el dicharacho.

Nadie estaba preparado para la reacción del profesor. Se puso furioso, histérico y condenó al réprobo a castigos terribles, que a la sazón me parecieron excesivos.   Otro alumno, un auténtico genio, relató después todo el incidente en latín, idioma que dominaba como si fuera su lengua natal (así me lo reconoció -tres o cuatro años más tarde- el sacerdote que nos enseñaba –o trataba infructuosamente de enseñarnos- latín a quienes no teníamos ni un ápice de genios. El caso es que, quien sí lo era, tenía acceso a un bolígrafo, que le permitió difundir todo el incidente a un público mayor, sin que lo arredrara el hecho de que ninguno de sus condiscípulos entendió su obra maestra).

La vida -escribió Borges-, tiene una inquietante tendencia a repetirse. El incidente (medio olvidado) volvió a mi memoria cuando años atrás me saltó a los ojos, desde las páginas de la revista Time, un breve artículo en latín. No entendí una palabra. Busqué la traducción en la página siguiente.

No estaba en ninguna parte. Me imagino la grita que habrán armado los lectores –que no tenían el sentido del humor de la revista- porque en la próxima entrega del semanario venía una traducción del hermético artículo. Era un bochinche colegial. Relataba la horripilante historia de que muchos alumnos habían faltado tal día a clase para no hacer el examen con que los había amenazado su profesor de latín. Yo habría hecho lo mismo (que los alumnos, no que el profesor).

<>

Este artículo se publicó el 4 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: