Educación, difícil acceso y responsabilidad

La opinión de…

Jorge Luis Macías Fonseca

La educación como parte del compuesto social tiene un importante rol. Es a través de ella que se sientan las bases del desarrollo, puesto que no lo puede haber sin la participación eficiente del recurso humano provisto de conocimiento. Y es que el compromiso de la educación con la sociedad es tremendamente serio.

Su responsabilidad va más allá de la simple transmisión de información para convertirse en un referente vital que direccione además el tipo de corporación social a la que aspiramos. Pero importa sobremanera que la educación y sus actores tengan la conciencia de su importancia, por cuanto que se fortalecería su presencia en la sociedad y se excluirían los factores adversos que buscan ponerla al servicio de intereses ajenos a su naturaleza y a su función primordial.

La educación en función de un apostolado ha sido desmovilizada para darle espacio a una educación con finalidades sesgadas. A una educación eminentemente politiquera, sin siquiera tener claridad hacia dónde la conducen y hacia dónde llegará. Si los gobiernos han tenido la capacidad de acomodarla a su visión, los gremios con la repartición de la comunidad docente en minúsculas partículas, cada cual con su propia agenda, que por cierto no es la del logro de una educación óptima, no se ha tenido la suficiencia de la reivindicación del sistema, sino lo crematístico como razón fundamental.

Ahora resulta que los educadores de áreas de difícil acceso plantean la suspensión de labores en virtud de aspiraciones, que si bien son legítimas, no por ellas deben afectar a quienes necesitan de sus enseñanzas y de sus luces. En el ayer el educador panameño, con sus propios recursos, y con los peligros latentes, se empinó por encima de las adversidades para-como ser abnegado- interiorizar en las tiernas y vírgenes mentes el conocimiento. No hubo montañas, vientos huracanados, caminos empedrados y difíciles, mares embravecidos, ríos innavegables que pudieran detener el paso del maestro, que además con la conciencia del caso, sabía de la importancia de erradicar la ignorancia para hacer un país libre.

Cuando a finales de la década del 60 y principio del 70 del siglo pasado, en razón del programa impulsado por el gobierno “octubrino”, de llevar un maestro a lo más recóndito del país, y que por ello tuvimos que abandonar las aulas en donde cursábamos el último año de magisterio, sentimos que incursionábamos en un mundo en donde nuestra participación, como la de los que se alejaron de sus casas y de sus familias era la de un héroe que sin más armas que la del alfabeto iba a desatar las cadenas de la ignorancia.

Hoy, hay a quienes no les importan las miradas inocentes y piadosas de los que le piden inteligencias. Prefieren el juego de la politiquería, pues en el fondo lo que hay son posiciones políticas, que por lo mismo, no pueden responder a los intereses de los pobres que necesitan educación.

Es decir, su propia gente. Apuestan a dirigencias insustanciales y a consignas manoseadas que han contribuido a la crisis que hoy experimenta la educación nacional.

El resultado está a la vista y los responsables también.

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Este artículo se publicó el 4 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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