Volver al estado de inocencia

La opinión, el consejo  y el ” Mensaje al Corazón”  que nos comparte  Monseñor …

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Rómulo Emiliani, cmf.

Lo que le voy a proponer parece iluso, algo ingenuo y pronto a fracasar, pero es lo que nos pide el Evangelio.

A Cristo lo hemos convertido en un Salvador sin incidencia en nuestro comportamiento y que solo merece devociones piadosas y ritos casi mágicos, o en un Dios avalador de guerras para rescatar lugares santos, quemar herejes en hogueras o fundamentar revoluciones marxistoides e ideologías clasistas, racistas o políticas.

Templos para negros y para blancos, escuelas para católicos o protestantes, un Dios para los ricos y otro para los pobres, o un Dios que avala a los cristianos cuando luchan contra musulmanes, o un Cristo que está solo con los pobres condenando a los que tienen dinero. Un Dios “hecho a nuestra medida”.

Pero Cristo Jesús vino a salvarnos del infierno eterno y también del de esta vida. Seguir su camino es volver a un estado de gracia, donde hay que ser como niños con la ingenuidad lúcida y alegre de ellos, no juzgar ni condenar a nadie, procurar sacar la “viga de nuestro ojo” para luego intentar sacar la paja del otro. “Poner la otra mejilla” o no devolver el golpe recibido, dar el manto si te quitan la túnica, perdonar setenta veces siete o no guardar rencor ni llevar el recuerdo de la ofensa.

“No resistirse al mal” que significa no acudir a la violencia personal para solucionar lo que es irremediable: que el “trigo y la cizaña” crecerán juntos y que solo al final se hará la separación de “los peces buenos y de los malos”, de los que “dieron de comer, de beber y de vestir” al necesitado y del egoísta, que solo pensó en sí mismo.

Seguir a Cristo significa tomar la cruz de la abnegación y vender todos los bienes y entregarlos a los pobres. En esto la renuncia total efectiva como han hecho en la historia cientos de miles de religiosos de órdenes y congregaciones o el despego afectivo, administrando con responsabilidad lo que se tiene “prestado” por Dios para que sirva a muchos, sin considerar nada como propio y compartiéndolo todo con los demás.

“Rico” en el Evangelio es el que se apega a lo que tiene como si fuera un dios y será más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que se salve aquél.   Y el apego puede ser a millones de dólares como a un pedacito de tierra.   El rico Epulón no se condenó por tener bienes, sino por no compartir su “mesa” con los pobres Lázaros.

Bendecir a los que nos maldicen, orar por los que nos persiguen, callar cuando nos atacan y aceptar ser “llevados como corderos al matadero” cuando haya que dar hasta la vida por el Reino.    Abrir los brazos en la cruz y dejarse clavar por las tinieblas y dar la vida por amor.

“Amar a los enemigos” como si fueran nuestros hermanos y ser fieles al Padre Dios y decir siempre la verdad. Tener la actitud del “Buen Samaritano”, disponible siempre al próximo que aparece por nuestro camino y dar lo que tengamos al momento para su recuperación y “ponerlo en nuestra cabalgadura” para ayudarlo a sanarse.

Estar siempre “en camino de conversión” porque el Reino está cerca y hacer como Jesús, profetizar denunciando la hipocresía y la corrupción. No hacer alianzas con los poderes de este mundo convirtiéndose en un cómplice de la explotación y exclusión del pobre. Tener la suficiente fe como para “mover montañas” y buscar siempre vivir en “comunidad”. Estar “en camino”, itinerantes, sin estar apegados a lugares, personas ni cargos.

Amar la naturaleza, defenderla y confiar totalmente en la “providencia divina” que viste hermosamente a los lirios del campo y da de comer a los pájaros del cielo. Tener siempre la prioridad de construir el Reino de Dios en el mundo, que significa poner a Dios en primer lugar, promover la justicia y la solidaridad, la fraternidad y la igualdad de oportunidades, la participación en el bien común y la defensa de los oprimidos, sabiendo que lo demás viene por añadidura.

Seguir a Jesús significa tener siempre presente al Padre y orar comunicando nuestra aceptación de su voluntad, nuestro deseo de que venga el Reino de Dios, de tener el pan de cada día, o sea erradicar la ambición y perdonar para que nos perdone. Pedir la fuerza para resistir la tentación del maligno y saber que Dios es padre de todos.

Seguir a Jesús es algo más que rezar y tener estampitas de Él para que “nos proteja”, o pronunciar su nombre para pedir favores. Seguir a Jesús es darlo todo a Dios, sabiendo que con Él seremos felices e invencibles, amén.

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Este artículo se publicó en dos entregas así:  el  31  de julio de 2010 y  y el 7  de agosto de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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