Carta en el Día de los Abuelos

La opinión del Arzobispo Metropolitano de Panamá…

Mons. José Domingo Ulloa Mendieta

El día 26 de julio, con motivo de la fiesta de San Joaquín y Santa Ana, abuelos del Niño Jesús, se viene celebrando el “Día de los abuelos”.   Los invito, a que este día, hijos y nietos, realicemos un esfuerzo de cercanía hacia ellos y celebremos de la mejor forma posible esta fiesta, tal y como nuestros abuelos se merecen.

Esta fiesta de gratitud humana es una ocasión propicia para que los abuelos puedan volver a sentirse verdaderos protagonistas. Es una fiesta de agradecimiento, un acto de amor, una acción de gracias, respetuosa y alegre, para hacerles arrancar a nuestros abuelos su mejor sonrisa y la chispa de viveza en sus ojos fatigados por la vejez.

Gracias a nuestros abuelos vinieron a la vida nuestros padres y hoy nosotros vivimos en este siglo XXI. La figura de los abuelos es realmente una figura singular en la familia: es la prolongación de la propia existencia en la vida y en la historia. Es la viva voz que resuena en todos los hogares durante siglos.

Acércate a ellos y verás los ojos de los abuelos, que aunque cansados por el peso de la vida, miran con un amor especial la figura y presencia de los nietos; los nietos al besar y abrazar con un tierno e inmenso cariño a los abuelos les están expresando que quieren vivir juntos siempre; los latidos del corazón de los abuelos son los mismos latidos del corazón de los nietos; los abuelos merecen la expresión más delicada, fina, gentil y cariñosa de los nietos. Los nietos y los abuelos unidos en ese amor recíproco son auténticos mensajeros de esperanza, alegría, amor y paz.

Acerquémonos a los abuelos, con ellos podemos sentir mucho más de lo que podamos imaginar: ellos son ricos en sabiduría, maestros de la vida y testigos admirables. Ellos son un factor integrador de la vida familiar; ellos, con sola su presencia, sostienen y fortalecen un clima de afectividad, cariño y comprensión; y con su equilibrio emocional permiten obtener la madurez en la formación de los nietos.

Dice el libro del Levítico: “Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano” (Lv. 19,32). Honrar a los abuelos supone acercarse a ellos, acogerlos con cariño, asistirlos en sus necesidades y valorar sus cualidades.

Hoy en muchos ambientes se tienden a considerar a los abuelos como personas ya “acabadas”, con los que ya no se cuenta para nada. Es preciso recordar que es propio de una civilización plenamente humana y cristiana respetar, amar y valorar a los abuelos, ya que ellos sienten, a pesar del debilitamiento progresivo de sus fuerzas, ser parte viva de la familia y de la sociedad.   Los exhorto a todos y, sobre todo, a los jóvenes a que se acerquen a sus abuelos, de ellos van a recibir mucho más de lo que ustedes pueden pensar.

Este es un día que nace del amor cristiano y de la gratitud humana.   Elogiar a los abuelos es tributar un cariño particular por las personas más queridas de nuestra infancia.

Los exhorto a poner ilusión y cariño en la celebración de esta fiesta; rindamos un tierno homenaje a estos hombres y mujeres que juegan un papel tan importante en nuestras vidas, sobre todo en esta época en la que nos ha tocado vivir y en la que todos estamos de acuerdo que la familia es la base y el fundamento de nuestra sociedad. Decía en este sentido el Papa Juan Pablo II: “Es importante que se conserve, o se restablezca donde se haya perdido, un pacto entre generaciones, de modo que los padres ancianos, llegados al término de su camino, puedan encontrar en sus hijos y nietos la acogida y la solidaridad que ellos le dieron cuando nacieron” (Juan Pablo II, Evangelium vitae”).

Gracias abuelos por esa sabiduría acumulada con el paso de los años y que no se aprende en los laboratorios sino en la vida. Sabiduría que nos ayuda a relativizar las cosas superficiales, y a la larga estériles, y a ir a lo esencial (cf. Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae, 1995).

Ustedes, queridos abuelos, nos ayudan a descubrir que las cosas importantes para ser felices son pocas y, aunque es inevitable que cada uno recorramos nuestro camino, aprendiendo de errores, ustedes siempre están ahí para acoger y comprender, para dar aliento y, cómo no, para decirnos qué es lo más fácil y lo mejor. Gracias, mil gracias, queridos abuelos, y sigan adelante con vuestra valiosa misión hasta que Dios los invite a su casa para siempre.

Felicito de corazón a todos aquellos que tienen la dicha de ser abuelos y les deseo que este día sea inolvidable para todos ustedes.

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Este artículo se publicó el  26  de julio de 2010 en el diario  El Panamá América,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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