Buscando fantasmas en la infancia

La opinión de….

RAFAEL  CARLES  

Si se midieran las expectativas que una sociedad tiene acerca de su futuro por el proyecto que sostiene para la generación siguiente, se haría evidente que los niños de esta época, en su mayoría, no son receptores de ninguna esperanza, sino solo de una propuesta de supervivencia que da cuenta del desaliento y la fatiga histórica que empapa a los adultos a cuyo cuidado se encuentran.

Que aprendan lo más rápido posible la mayor cantidad de cosas, que hablen lo menos posible, que no irrumpan con ideas descabelladas y que se sometan a un régimen de vida que implica una jornada de ocho horas de trabajo efectivo, más la labor extra a ser realizada en la casa parece ser el modelo de vida cotidiana con el cual se desplazan por la ciudad arrastrando mochilas repletas de libros, cuyas afirmaciones dejarán de ser eficaces en gran medida cuando pasen de la escolaridad primaria a la secundaria, porque el conjunto de conocimientos técnico—científicos ha acelerado su carácter perecedero y se renueva cada cinco años.

El taylorismo educativo no admite fracasos ni tolera demoras; ninguna distracción es posible. Si un niño no termina su tarea; si habla demasiado con los demás; si por alguna razón que se desconoce tiene dificultades para vincularse con el resto de sus compañeros; si no presta atención por un período prolongado de tiempo; si se mueve demasiado, ahí está la medicación lista para resolver la falla genética de esta unidad que, con sus dificultades, da cuenta de que algo ha venido mal de fábrica.

Algo que debe ser modificado para lograr un encaje adecuado en este hormiguero en el que no caben zánganos ni espacio para quienes no ocupen su cabeza, constante y eficientemente, en las tareas propuestas.

Pero el pensamiento de un ser humano puede estar habitado por muchas más cosas que las que se aceptan, y su psiquismo más desorganizado de lo que se sospecha. Hemos visto en estos años niños medicados a partir de un diagnóstico poco riguroso que culminó en la afirmación de un supuesto ADD (Attention deficit disorder, o trastorno de la atención, como se lo llama vulgarmente), cuya dificultad para concentrarse era efecto de padecimientos importantes de todo tipo, desde cuadros de angustia pasajeros producidos por preocupaciones actuales hasta traumatismos severos, llegando, en el extremo, a cuadros de desorganización psíquica de consecuencias graves para el futuro de su evolución.

La medicación, en estos casos, lo único que hizo fue disimular el síntoma, calmar los efectos, permitiendo que la perturbación productora del cuadro siguiera su camino desencadenando consecuencias de mayor calibre de la adolescencia.

Quienes conozcan la bibliografía pertinente sabrán, como lo indica incluso el Manual de Diagnóstico de la Sociedad Norteamericana de Psiquiatría, en el cual se basa el diagnóstico, que no existen pruebas de laboratorio que certifiquen el carácter biológico de la multiplicidad de síntomas que incluye el ADD y que la medicación es siempre sintomática y no curativa, lo cual da cuenta de que estamos ante un cuadro no explicado, cuya causalidad permanece no resuelta.

Pero más allá de estas cuestiones de carácter específico del campo médico, lo que observamos es a una verdadera caza de fantasmas en el campo práctico de la infancia. Una farmacologización completa, cuyo alcance se muestra descarnadamente cuando una población entera de niños se ve presuntamente sedada en aras de mantenerlos tranquilos —inmovilizados—, o cuando padres y docentes, acosados por la realidad, dejando de lado convicciones y experiencia acumulada, por cansancio o debilidad, devienen cómplices de este verdadero silenciamiento del malestar que se oculta tras el empleo masivo de modificadores bioquímicos.

Si el maltrato físico ha cedido como modo represivo en la infancia, la medicación no puede ser el relevo sofisticado que maniate toda manifestación de la diferencia. No olvidemos que, después de todo, la vejación más terrible que padecieron los disidentes soviéticos en el archipiélago Gulag no consistió en los castigos corporales sino en su aislamiento y psiquiatrización, una forma de descalificar la razón cuando ésta no coincide con la del ‘establishment’ de turno.

En el caso de los niños, más que de la condena biológica se trata de buscar el modo de reconocimiento de las singularidades y sufrimientos en juego, estando atento a los síntomas sociales que hacen retornar periódicamente la ilusión de automatización exitosa, con la cual la postergación de la felicidad y la alegría deviene sofocamiento de toda posibilidad creativa.

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Este artículo fue publicado el  20 de julio de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que al autor o autora, todo el crédito que les corresponde.

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