¿Cuál progreso?

La opinión del Empresario…

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John A. Bennett Novey

La mayor obra de gobierno es aquella que desarrolla al hombre y a su entorno; pero, desafortunadamente, a través del tiempo nos hemos sumido en gobiernos que ven el progreso en términos de obras materiales y no humanas.

A los efectos que señalo presento algunos ejemplos que denotan esta terrible situación, que si no logramos superarla tirará al traste cualquier otro supuesto avance que se puede lograr, ya que no será sostenible.

El progreso implica el perfeccionamiento de lo moral, que sería la verdadera distribución de riqueza a la cual tantos aluden, ya que no existe mayor riqueza que la del alma. Bien lo señala Benegas Lynch en su libro, Fundamentos de Análisis Económico, cuando dice que “si el hombre pierde su brújula, es decir, desconoce el criterio moral que debe servirle de guía, el propio progreso material se le vuelve en contra”.

Y en seguida Lynch usa el ejemplo de la tecnología de informática que utilizan algunos Estados no para aligerar la carga “burrocrática” y fiscal del ciudadano sino para satisfacer el insaciable apetito de controlar al prójimo.

¿En qué hemos logrado diferenciarnos del hombre de antaño? Definitivamente que en lo tecnológico, pero en lo moral quizás andamos peor que hace cientos de años; sumidos en un materialismo relativista que nos aplasta y amenaza con sumir al mundo entero en una crisis jamás vista.

Lynch también nos recuerda el respeto al prójimo, que no debemos imponerle gustos y preferencias y de combatir el complejo de “zar”. Cuando el ser humano no se siente artífice de su propio destino se siente desamparado y angustiado.

La verdadera educación, esa que no se imparte en nuestros centros de embrutecimiento, está en el desarrollo de una capacidad crítica que nos permita autonomía en nuestras vidas. Y vuelvo a citar a Lynch cuando señala que “así, el hombre, paulatinamente, va transformándose en un pigmeo espiritual incapaz de enfrentarse a sí mismo para evitar el vértigo que le produce su vacío interior que va aumentando a medida que abandona su propia dirección, para acatar las reglamentaciones que desde afuera le impone la ingeniería social”.

A través del tiempo hemos ido perdiendo el control de nuestras vidas al delegarlo a tristes políticos; y bien lo señala Goethe al decir que “nadie está más condenado a la esclavitud que aquel que falsamente cree que es libre”.

Nuestra sociedad camina por sendas de permisividad, situación que se aprecia con facilidad por todos lados.  No hace falta conocer los laberintos del devorador monstruo estatal, ya que lo podemos ver todos los días en sitios como el “Urinal Norte” que antes conocíamos como Corredor Norte. En un hermoso país que ya no podemos ver porque lo tapa un triste tapiz de horribles anuncios comerciales y así. La cultura no solo se lleva por dentro sino que también debemos verla.

Debemos estar atentos en reconocer líderes ensimismados en construir pirámides a sus egos que en la obra de enaltecer al hombre y mujer de la calle. De crear un sentido de amor por la aventura de libertad que constituye en campo fértil para el auténtico desarrollo y no un ambiente en donde le tenemos tal pánico a la autodeterminación del pueblo que preferimos construir infranqueables barreras.

Pareciera que estamos más preocupados por lograr un buen índice de inversión, sin ver que las inversiones sin base moral sólida se pierden en muy poco tiempo.

Todo ese juega vivo que a diario vivimos en las calles, en nuestras relaciones con el Gobierno, y aun con nuestros vecinos, anula el anhelado desarrollo. Si nuestros líderes verdaderamente quieren cumplir con el mandato que les fue entregado en las urnas, necesitan hacer mucho más que obras civiles; tal como la obra de la justicia que como todos sabemos está en mora.

Y hasta en cosas que tristes gobiernos han descuidado al punto que ya la mayoría se resigna a que el conductor vivo se pase toda la fila de ciudadanos respetuosos; frente a una supuesta Autoridad de Tránsito que no tiene la posibilidad de poner en práctica sus programas porque dependen de policías que no responden ante su jerarquía.

En nuestras calles el desordenado es rey; entre otras cosas, porque se identifica mejor con el policía coimero que el ciudadano probo que no está dispuesto a semejante corrupción.

Todas estas y más son las obras humanas que están pendientes y constituyen el mayor reto administrativo del momento. No es nada fácil deshacer el daño de tantas administraciones de desidia, pero es imperativo. No podremos disfrutar un progreso material que vaya desasociado del espiritual. Esta es la mayor obra del gobierno de turno; pero más aún, es el gran reto que tenemos por delante los ciudadanos a título individual y colectivo.

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Este artículo se publico el 5 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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