Hablemos de cortesía

La opinión de….

Alfredo Spiegel Calviño

Cierta personalidad subió a un transporte público y quedó extrañado de la exquisita cortesía que demostró tener el conductor del vehículo. Y su asombro fue todavía mayor, cuando vio que todos los pasajeros se comportaban de la misma manera. Queriendo conocer el motivo que lo impulsaba a ser tan atento, se dirigió al hombre y le dijo: “Dispense mi curiosidad, pero me gustaría saber la causa por la cual usted emplea maneras tan gentiles con el público”.

El conductor contestó: “Pues, verá usted, hace unos cinco años leí en un periódico que alguien había legado una fortuna a un extraño por el único hecho de ser cortés.   Desde entonces comencé a tratar a los pasajeros de la mejor forma posible. Y lo curioso es que ello me produce tanta satisfacción que ya no me importa heredar o no una fortuna”.

El Diccionario de la Real Academia define cortesía como “demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene una persona a otra”.

¡Qué gusto da cuando llegas a la puerta de un local comercial, escolar o de las oficinas públicas y, por el solo hecho de ser adulto, los jóvenes, los estudiantes, las personas ceden el paso amablemente! Es una expresión de civilización, de respeto.

¿Es tan difícil regalar una sonrisa, una palabra amable, un mínimo de buenas maneras? ¿Sabes lo mal que nos sentimos cuando somos atendidos de mala forma? ¿Nunca han estado del otro lado?   El que juega vivo, el que se cuela, el que le quita el estacionamiento o el que tira por el suelo papeles y latas vacías denota, a los ojos de todos, indignidad.   No deja de ser un pobre hombre.

Las señales de buena educación, tales como saludar al acceder a un establecimiento, dejar salir antes de entrar, sujetar la puerta al que va detrás de nosotros, despedirse al salir, pedir las cosas por favor y agradecerlas, ceder el asiento a las personas mayores o con impedimentos físicos, no masticar chicle mientras se habla, etc., denotan respeto a los demás, cortesía y buenos modales.

Recuerdo las clases de urbanidad y buenas costumbres que recibíamos en la escuela; además, a las jóvenes les enseñaban “manualidades y educación para el hogar”. Hoy, tengo entendido, estas materias han desaparecido del currículum escolar, pero la educación no solo se da en la escuela, se educa en el hogar.

Las buenas maneras hablan de la formación que hemos recibido en nuestros hogares y, muchas veces, quedará claro que tristemente no hacemos honor a la que recibimos de nuestros padres. No se puede generalizar, pero el irrespeto y las palabras gruesas que han ingresado en el léxico de la juventud dejan mucho que desear. ¿Qué decir del chatear y hablar por celular en la mesa, el cine, en una reunión o iglesia?

Como dijo un educador: “Hasta los progresos de la ciencia conspiran para suprimir los últimos vestigios de la urbanidad, pensemos en los altoparlantes actuales que deberían más bien llamarse ‘altoaullantes’. ¿No es todo esto una demostración de que la vulgaridad ha entrado a formar parte de las costumbres actuales?”. Definitivamente la vida era más sencilla sin celular.

Podemos aplicar, también, normas de cortesía en los automovilistas. Con muchísima frecuencia, al cambiar a la luz roja, vemos como algunos conductores se la “roban”, otros no se detienen antes de la raya blanca, impidiendo totalmente el cruce de peatones. En otros países, aun sin la luz roja, los vehículos se detienen para que el transeúnte cruce la calle a salvo. Y “ojo” si vas detrás de un taxi, pueden parar en media calle o avenida, en cualquier momento y sin ningún aviso, para bajar o recoger pasajeros, amén de los gritos, insultos, bocinazos, gestos vulgares entre conductores y/o peatones, la distracción cuando manejan al hablar por celular, etc. Innumerable sería la lista de faltas de cortesía en el manejo.

Y es que hay que entender que estas faltas de cortesía pueden tener graves consecuencias, porque tener un vehículo es como poseer un arma letal. Es un arma con la cual podemos quitarle la vida a cualquiera. Las leyes existen, si llegas a atropellar a una persona eso se considera un atentado a la vida que, fácilmente, te puede costar un par de años en la cárcel. Pero aquí, generalmente, no le pasa nada al conductor imprudente, pero al peatón imprudente, le puede costar la vida.

En 1956 el papa Pío XII exhortaba así a los automovilistas: “No olvidéis respetar a los usuarios de la carretera, observar la cortesía y la lealtad con los otros pilotos y peatones, y mostrarles vuestro carácter servicial. Gloriaos de saber dominar la impaciencia, con frecuencia muy natural, sacrificando a veces un poco de vuestro sentido del honor, para hacer triunfar esa gentileza que es signo de verdadera caridad. Así no solo podréis evitar accidentes desagradables, sino que contribuiréis a hacer del automóvil un instrumento incluso más útil para vosotros y para los demás, y capaz de ofreceros un placer de más alto nivel”.

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Este artículo se publico el 28 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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