El saldo de los flujos migratorios

La opinión de….

Johnny Sáurez Sandí 

En las últimas décadas, se ha acelerado un viejo fenómeno, tan viejo como la aparición misma de los seres humanos sobre la tierra; estamos hablando aquí de las migraciones humanas.

Esta aceleración de los desplazamientos humanos se ha acentuado como consecuencia de la globalización de los mercados, de la concentración de la riqueza del mundo en ciertas áreas y quizá también a falta de competitividad de aquellas economías en perenne desarrollo (dígase subdesarrolladas), incapaces de crear fuentes de empleo suficientes en calidad y en número para sus nacionales.

El abismo que ha surgido entre los países del norte rico y el sur pobre es cada día más grande, el poderoso imán de los difundidos por doquier sueños americanos o europeos, arrastra a grandes masas de población en busca de pan y mejores días, no importando si en el proceso se utilizan vías legales e ilegales.

El hambre y las falencias (de todo) son más poderosas que vayas o muros de contención como los instalados al sur de Estados Unidos, los que rodean los territorios españoles de Ceuta o Melilla, o las patrullas fuertemente armadas vigilantes de las fronteras de los países poderosos.

Las guerras y conflictos sociales internos en nuestro continente, las guerras modernas entre países como las que se desataron en el Golfo Pérsico, justificadas o no; los cataclismos naturales, como el caso de Haití; las hambrunas en el Cuerno de África, los genocidios en África Central, fueron o son hoy detonantes idóneos para provocar explosiones migratorias descontroladas hacia otras regiones de los mismos países o allende las fronteras.

Estos desplazamientos de personas hacia otros países, no solo hacia los más ricos, traen consigo un ramillete de desgracias humanas como es el desarraigo cultural, la incomprensión e intolerancia de los habitantes del Estado “receptor”, la desintegración de las familias de los migrantes y como una consecuencia trágica más producto de las migraciones laborales, en los últimos años se ha comprobado que cada vez hay en el mundo muchos más niños sin un padre o una madre que se haga responsable de su cuido, educación y manutención.

El abandono de los hijos y la desintegración del núcleo familiar son parte del precio que los países pobres, “exportadores” de mano de obra barata, poco calificada y muchas veces muy calificada, tienen que pagar por las tan preciadas remesas que vienen a ser hoy día un componente elemental de las maltrechas economías nacionales y familiares de los países emergentes y algunos fallidos.

Todo esta situación trae a colación un tema fundamental en los tiempos actuales y es la defensa de los derechos humanos, lo que llamaría el derecho a los derechos humanos fundamentales del migrante, el derecho a ser tratado con dignidad, no como un delincuente; el derecho a los mínimos que puede brindar la sociedad a la que se incorpora como son la educación, la vivienda, la salud y la educación.

Pero, desafortunadamente los Estados ricos no se contentan con establecer barreras materiales de contención de los, a menudo, indeseables migrantes; no les basta instalar tecnologías de punta en sus perímetros fronterizos o colocar “Rambos” fuertemente armados; han optado más bien por la creación de legislaciones que satanizan y convierten en delincuentes de la noche a la mañana a braceros, albañiles o empleadas domésticas, a los que solo se les ofrece cárcel o deportación.

El problema de las emigraciones, como problema humano que es, es asunto de todos, Si se trata de migraciones laborales, los países pobres deben asumir su cuota de responsabilidad y no endosar sus problemas al vecino o al más acaudalado. La migración en general, la emigración de cualquier tipo es un problema al que el mundo y sus organizaciones universales tienen que buscarle remedio y si el remedio está lejos, por lo menos hay que ordenarla para intentar encontrar un equilibrio que favorezca a todos.

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Este artículo se publico el 26 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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