Peligros y engaños en hospitales

La opinión de….

Xavier Sáez–Llorens

Todo paciente que acude a un hospital aspira a ser diagnosticado y tratado de forma correcta para sanar rápidamente su dolencia. Desafortunadamente, no siempre es así. Con mayor frecuencia de lo que los médicos quisiéramos, ocurren errores, iatrogenias, negligencias, infecciones y hasta engaños sobre terapias no probadas. Dejando de lado las causas propiciadas por deficiencias administrativas y por las vulnerabilidades propias de cada individuo, nosotros los galenos somos los mayores responsables del desenlace final.

Las adversidades ocurren en instituciones públicas y privadas. Para evitar errores, comunes a todos los seres humanos, se necesita contar con personal sanitario motivado, descansado y sin sobrecarga laboral. Cada yerro debe promover la toma de acciones correctivas inmediatas para evadir su repetición. Las iatrogenias son eventos indeseables inherentes a fármacos o procedimientos. Aunque estas reacciones son inevitables e impredecibles, se pueden disminuir absteniéndose del uso innecesario de medicamentos, verificando las dosis administradas, ejecutando actividades de farmacovigilancia y empleando guías claras para métodos invasores de diagnóstico y tratamiento. Las negligencias deben ser contundentemente sancionadas.

Ciertamente, dudo que exista un médico que quiera deliberadamente hacerle daño a un enfermo. No obstante, el dolo se produce por laxitud en el cumplimiento de protocolos estandarizados de manejo, retraso en la atención, actuación con el mínimo esfuerzo posible, falta de actualización académica y pobre identificación del profesional con su institución.

Lamentablemente, también, existen médicos que atienden a los pacientes privados mucho mejor que a los humildes, vergonzosa dicotomía que incrementa la posibilidad de error, iatrogenia y descuido. Cada hospital debe contar con un tribunal de ética para evaluar casos potenciales de negligencia y aplicar las puniciones correspondientes.

Las infecciones adquiridas en el hospital ocurren en todos los nosocomios del mundo, particularmente en áreas de cuidados intensivos y en sujetos portadores de alguna inmunosupresión. Estas se pueden reducir considerablemente mediante el control continuo por un comité especializado de prevención, el reforzamiento de maniobras higiénicas (particularmente el lavado rutinario de manos) y la habilitación de cubículos de aislamiento para evitar la propagación de gérmenes. La escasez de personal, el restringido espacio físico y el hacinamiento de pacientes o familiares contribuyen a incrementar estas infecciones. Todas las estrategias preventivas requieren un substancial apoyo monetario, cada vez más elevado en los tiempos que transitamos, pero siempre resultan más baratas a la larga. Nuestros hospitales públicos cuentan con presupuestos exiguos, muy por debajo de las necesidades óptimas modernas.

En centros privados los peligros son menores por cuatro razones básicas. Todo error puede ser sujeto de demanda por parte de pacientes más educados, adinerados y rodeados de abogados prestos a querellar; el paciente al pagar exige un trato personalizado y expedito; el médico no desea perder clientela; y hay competencia por usuarios entre múltiples clínicas.

Por tanto, todas las instalaciones cuentan con áreas espaciosas de internación y aislamiento, suficiente personal, poca aglomeración de gente y equipos de última generación, con mantenimiento protector rutinario. No obstante, los engaños sobre tratamientos no probados tienden a proliferar con frecuencia. Allí se promocionan falsas panaceas como cámaras hiperbáricas, flujos de ozono, medicaciones antienvejecimiento y numerosas terapias alternativas de controvertida eficacia y seguridad. Nadie fiscaliza lo que hace el médico en la intimidad con su paciente.

Con el auge del turismo médico, los charlatanes se aprovechan para vender técnicas novedosas y “curas pioneras”, aprovechando que éstas no han sido autorizadas en países desarrollados.

La moda actual es la administración de células madre de médula ósea o cordón umbilical para un repertorio de indicaciones. Hasta la fecha, sin embargo, su beneficio ha sido únicamente demostrado para algunas formas de leucemias y linfomas. Las células troncales de otros orígenes o para otras condiciones (lesiones medulares, autismo, esclerosis múltiple, parálisis cerebral infantil, etc.) están aún en el plano experimental y se evalúan estrictamente en ensayos de investigación, aprobados por comités ético-científicos con base en normas consensuadas internacionalmente. La esperanza es que estas opciones puedan, eventualmente, ser utilizadas como tratamientos establecidos. Todavía, empero, no hay plena garantía de su inocuidad. Existen temores sobre la posibilidad de desarrollo de tumores, infecciones por virus residentes en dichas células, alteraciones inmunológicas contraproducentes u otras reacciones regenerativas inesperadas.

Pese a todo lo comentado, ya existe en Panamá un Instituto de Células Troncales (Stem Cell Institute), con un laboratorio en la Ciudad del Saber y en supuesta conexión con clínicas privadas locales (http://www.cellmedicine.com/locations.asp).

Esta empresa fue expulsada recientemente de Costa Rica por orden de la ministra de Salud (comunicación directa). Ellos ofrecen esperanza a pacientes con enfermedades discapacitantes, individuos desesperados por probar lo que sea sin importar riesgos o precios excesivos.

Estos chamanes de alta tecnología (no muy diferentes a los hierberos radiales) se instalan en naciones subdesarrolladas con regulaciones flexibles y se aprovechan del agobio de los enfermos para hacer negocio rentable.

El Minsa debe exigir a todas las instalaciones sanitarias del país una fiscalización estrecha de las rutinas clínica–quirúrgicas, el fiel cumplimiento de los protocolos de atención y la sanción ejemplar para todo acto negligente o fraudulento que genere peligros y engaños a la población.   El médico, por su parte, debe procurar que el remedio no sea peor que la enfermedad.   El paciente, público o privado, quedará siempre satisfecho.   Yo más.

<>

Este artículo se publico el 27 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: