Mal de muchos, consuelo de bobos

La opinión de…..

Carmen Quintero Russo

Nuevamente, como todos los años, ha empezado la temporada de lluvias y consecuentemente el calvario de muchas personas en la ciudad de Panamá.   Esta situación ha empeorado con las nuevas construcciones que aumentan el caudal de las alcantarillas o las tapan según su conveniencia.   Ante eso las autoridades, ¡bien gracias! y ¿usted? O, como decía Trespatines, “la casa pierde y se ríe”.

Los pocos moradores de Vía Brasil hemos sido afectados por inundaciones por más de 60 años.   No fue sino hasta a mediados de la década de 1970 que Omar Torrijos se preocupó por buscar una solución y se canalizó el río Matasnillo.   Eso trajo bienestar y seguridad para muchas familias de Vista Hermosa, Carrasquilla y San Francisco, pero ya en la década de 1980 se olvidaron, como es costumbre, de su mantenimiento y empezaron nuevamente las zozobras de invierno.

Hemos vuelto a convertirnos en zona de peligro por las crecientes del Matasnillo cada día más incontrolable, quizás en venganza por el rapto de su cauce en manos de inversionistas y constructores irrespetuosos de la naturaleza.

El retorno a casa, en días de lluvia, se convierte en una estresante ordalía llena de peligros. Como vimos en la última inundación, algunos conductores estuvieron a punto de ahogarse en el otrora tranquilo y seguro barrio de San Francisco, hoy invadido de multifamiliares de altos ingresos.

El área ha sido devastada, se han cortado árboles, tumbado casas y tapado desagües, todo con tal de construir y vender sin mirar atrás y sin asumir responsabilidad por lo que sucederá después.   Sus moradores han perdido la paz, sus propiedades se han deteriorado y desvalorizado, todo porque a unos cuantos les importa más su negocio y su ganancia que el bienestar de la comunidad, fuente de su riqueza.

Si bien la ciudad de Panamá se ha convertido en una urbe moderna, todo queda en apariencia, ya que la calidad de vida de sus moradores se ha deteriorado tanto física como moralmente.   El temor a inundarse a perder sus enseres y hasta la casa cada vez que llueve genera desasosiego e incertidumbre y esto a nadie se le retribuye.

Una nueva brecha de desigualdad se ha generado, esta vez de corte transversal, dividiendo a la población entre víctimas y no víctimas de las inundaciones, sin distingo de pobreza o riqueza.  Ante lo cual nadie asume responsabilidad ni las autoridades encargadas hacen esfuerzo alguno para hacer cumplir normas y leyes.

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Este artículo se publicó el  31 de mayo de 2010 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

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