Violencia en TV y propuestas de paz

La opinión de…..

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Mirla Maldonado

La mosca en el vaso de leche resultan los noticieros de violencia, en medio de los clamores de paz.

Desde que el ser humano llegó a la Luna en 1969, a bordo de la cápsula Apolo 11, su aporte a la ciencia y a la tecnología supera las expectativas de esta época moderna, con avances en comunicaciones, robótica e ingeniería genética.

Este destino que mueve a los pueblos en su proceso de cambio en los inicios de este siglo está empañado con imágenes de conflictos, drama y desastres que aparecen en los medios televisivos.

El grotesco tratamiento de la información es una constante que se repite en los noticieros televisivos, en donde se presenta la violencia en forma cruda y real. Los medios de comunicación deben resguardar la salud pública y mental de sus ciudadanos, ser mediadores de conflictos y no promotores de la violencia en sus distintas manifestaciones.

La imagen como portadora de carga despierta un estímulo. La situación se agrava cuando estas imágenes, mensajes e informaciones son el referente de niños y jóvenes que copian los modelos aprendidos en la televisión.

El Diccionario del Nuevo Humanismo define la violencia en la ideología como la implantación de criterios oficiales, la prohibición del libre pensamiento, la subordinación de los medios de comunicación, la manipulación de la opinión pública, la propaganda de conceptos de trasfondo violento y discriminador que resultan cómodos a la élite gobernante, etc.

En la política es el dominio de uno o varios partidos, el poder del jefe, el totalitarismo, la exclusión de los ciudadanos en la toma de decisiones, la guerra, la revolución, la lucha armada por el poder, etc; en la religión es el sometimiento de los intereses del individuo a los requerimientos clericales, el control severo del pensamiento, la prohibición de otras creencias y la persecución de herejes; en la familia es la explotación de la mujer, el dictado sobre los hijos, etc; en la enseñanza es el autoritarismo de los maestros, los castigos corporales, la prohibición de programas libres de enseñanza, etc; en el ejército es el “voluntarismo” de jefes, la obediencia irreflexiva de los soldados, los castigos, etc; en la cultura son las censuras, la exclusión de corrientes innovadoras, la prohibición para editar obras, los dictados de la burocracia.

Mientras abordemos el problema de la violencia como un hecho aislado, con ribetes propagandísticos (show mediático), seguiremos viviendo en un mundo de terror e inquietud. Desafortunadamente se han presentado propuestas violentas para acabar con la violencia.

El recrudecimiento de las penas, las políticas de criminalidad y encarcelamiento no solucionarán el problema, porque la enfermedad no está en la sábana (crimen organizado, narcotráfico, delincuencia), sino en nuestros valores que presentan sus paradigmas en medios televisivos.

Esta propuesta xenofobia, en parte, hace suponer que la violencia es importada, crea un cerco e impide las posibilidades de crecimiento, en un mundo multipolar y convergente de la realidad mundial.

A través del castigo físico, las películas violentas y los programas televisivos, se enseña que la agresión física es normal. ¿Dónde quedan las buenas noticias? ¿Dónde están los actos no violentos que los seres humanos generan? ¿Será que no les conviene que la gente se imagine un futuro sin violencia?

Después alarmados se preguntan ¿Cómo es que llegamos a estos niveles de violencia? cuando la metodología de los grandes centros de poder, es la violencia. Y si la televisión está tan preocupada por la violencia ¿Por qué la alimenta?

Es simplemente un comercial de la paz que llevo donde el carnicero, la billetera, el estilista, aunque los aplausos sean para el bandolerismo semántico y los mercaderes de la palabra… y emulando al gran profeta del Líbano: Khalil Gibrán. ¡Bendito! ¡Bendito! los ladrones que me robaron las máscaras, porque fue así que enloquecí, y en mi locura encontré la paz, en un anuncio televisivo.

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Este artículo se publicó el 28 de mayo de 2010 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

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