Criminalidad ‘versus’ desarrollo infantil temprano

La opinión de…..

IMPLICACIONES

Rolando Mendoza Ibarra

Recientemente tuve la oportunidad de participar en un importante foro de conferencias, realizado en la ciudad de Panamá, con motivo de la reunión de ministros del Sistema de Integración Social Centroamericano sobre Desarrollo Infantil Temprano (DIT).

En el marco de tales conferencias, pude comprender con meridiana claridad mi ignorancia crasa sobre las implicaciones sociales de largo plazo que tiene el no atender integralmente y desde edades tempranas a los niños y niñas y, sobre todo, que dicha atención, denominada desarrollo infantil temprano (DIT), está constituida por un conjunto de elementos que nutren al cerebro de los infantes en los primeros cinco años de sus vidas.

Y esto es así, porque los niños y niñas en las edades de cero (antes de cumplir un año) y cinco años, nutren su cerebro no solo de comida, sino también de una buena atención de su salud, pero sobre todo del amor y el afecto de sus padres y familiares, lo cual se acompaña de lo que conocemos como estimulación temprana; algo de lo cual algunos recibimos en la educación preescolar o jardín de la infancia.

Muchos estudios, sustentados en datos y observaciones experimentales, revelan la gran diferencia entre una persona adulta que recibió adecuado desarrollo infantil tempranamente y, aquella que no la tuvo. La primera, en la mayoría de los casos, denota un dominio no solo de su razonamiento sino de los impulsos violentos hacia los semejantes que en un momento determinado pudieran agredirlo verbalmente, lo cual es sinónimo de tolerancia. La segunda, es más susceptible a las provocaciones y observa algunas limitaciones para razonar sosegadamente.

Pero las causas de la ausencia de un desarrollo infantil temprano en centenas de miles de niñas y niños panameños, está relacionado por un conjunto de factores sociales y culturales.

Por un lado la pobreza en que viven miles de familias, caracterizadas por bajos niveles educacionales y, consecuentemente, por los bajos ingresos percibidos en sus actividades productivas. Pero por otro, influyen los elementos culturales de ese amplio conjunto de familias pobres, inmersas en un complejo entorno de fragmentación social, donde la desintegración y la violencia intradoméstica figuran como uno de los determinantes de la violencia en la sociedad.

Entre muchas de las familias pobres, sean estas urbanas, rurales o indígenas, una parte importante de los escasos ingresos recibidos son utilizados en el consumo de alcohol, principalmente; sacrificando con ello a los miembros más vulnerables de la familia como son los niños, a lo cual le siguen las mujeres. Ello es un hecho real, visto por las propias autoridades con programas como Red de Oportunidades y otros, cuyos recursos que debieran fortalecer el desarrollo infantil y de la familia en la compra de alimento, atención a la salud y estimulación temprana; son desviados para otros fines.

La realidad social que viven las familias de clase media, por ejemplo, es totalmente diferente, en virtud de que este segmento de población le otorga una gran prioridad a la alimentación y educación de sus hijos, al margen de las excepciones. Son los hijos de la clase media los que en su gran mayoría no se les dificulta el aprendizaje y registran los porcentajes más bajos de repitencia y deserción escolar, así como menores conductas delictivas.

Los hijos del pueblo, social y culturalmente pobre, son los que muestran las mayores deficiencias en el aprendizaje y un gran desamor por la educación, los cuales finalmente no aprenden ningún oficio digno que les brinde oportunidades de una mejor calidad de vida.

Al final del corto camino desaprovechado por ellos e inentendido por los padres, nos encontramos con un conglomerado de adolescentes y jóvenes que no concluyeron sus estudios, muchos de los cuales pasan a formar parte de aquel grupo de “jóvenes en riesgo social”; es decir, de aquellos que están al borde de cometer actos delictivos, en tanto que otros pasan a formar parte del desafortunado segmento que ya entró en conflicto con la ley.

Bajo esta premisa y comprensión, el desarrollo infantil temprano (DIT), debe constituirse en una política y estrategia de Estado, como la mejor forma de prevenir, en forma efectiva y a mediano plazo, la violencia y la criminalidad que actualmente asola las calles de nuestras ciudades y barrios.

Es por ello que valoramos positivamente los pasos que está dando el Gobierno Nacional, en el sentido de haber creado mediante decreto ejecutivo el Consejo Asesor para la Atención de la Primera Infancia, lo cual constituye una iniciativa que debe fortalecerse con recursos y la participación de todos: el Gobierno y la sociedad civil organizada.

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Este artículo se publicó el 17   de mayo de 2010 en el diario La Prensa, La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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