‘Es que a mí no me importa’

La opinión de…..

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Daniel R Pichel

Se supone que la vida se simplifica con la tecnología, aunque imponga cambios que nos esclavizan.    Lo peor, es la necesidad de “inmediatez” que ha generado la comunicación digital. No sé cómo hacíamos para sobrevivir esperando llegar a un lugar donde nos prestaran el teléfono para hacer una llamada. O cuando se escribía una carta y se enviaba por correo regular esperando una respuesta que podía demorar meses (si es que llegaba). Y, si queríamos llamar larga distancia, era toda una aventura. Una operadora “ponía” la llamada y nos conectaba minutos después con tan pésima calidad de comunicación que obligaba a pegar unos gritos que se escuchaban en Europa sin necesidad de teléfono.

Pero, entre los celulares, las redes sociales y el correo electrónico, el ser humano nunca estuvo más interconectado que hoy. Y lo peor es que, gracias a la miniaturización, existen esos endemoniados dispositivos llamados smartphones (o teléfonos inteligentes) en sus versiones blackberry, iPhone, rocker, walkman, etc., que tienen tal cantidad de funciones, que se requiere un postgrado en ingeniería para dominarlos.

Si bien estas tecnologías “acercan a quienes están lejos”, no es menos cierto que también “alejan a quienes están cerca”. Ya no nos sorprende una tierna parejita caminando uno junto al otro, mientras ambos tienen el celular pegado a la oreja (espero que no hablando entre ellos) o tecleando diminutos botoncitos para mandar mensajes de texto (o chats) a algún interlocutor que posiblemente se encuentra situado diametralmente en el planeta y que, como por arte de magia, lo recibirá en unos pocos segundos. (Dice mi madre que durante la inquisición, por cosas menores que estas, quemaban gente en la hoguera). Este ejercicio de comunicación “en silencio” puede durar muchísimos minutos, evitando todo tipo de interacción entre individuos adyacentes.

Como estos cacharros están aquí para quedarse, se hace imprescindible un “manual de etiqueta de comunicación digital en el siglo XXI” que nos indique qué debemos hacer y qué no.   Pero, hay esperanza. Hace unos días leí en una revista de golf, “lo correcto e incorrecto del uso del celular durante una ronda”. Resulta que jamás debe utilizarse mientras se juega (¿aguantaremos cuatro horas sin interactuar con el checherito?) y mucho menos permitir que suene mientras alguien ejecuta un stroke. Imaginen a Tiger Woods a punto de dar el putt definitivo del Masters y que, en ese momento, algún espectador reciba una llamada impertinente con el ringtone caribeño “mami, que será lo que quiere el negroooo”. Pues para el top ten de YouTube.

Aunque para mí, lo peor de todo es la manera como se habla por celular en cualquier lugar, sin importar el prójimo. Tengo un colega que, mientras trabajaba en un aeropuerto en su laptop, junto a él se sentó un tipo que discutía airadamente por su celular. Como mi amigo es un tipo estándar, la gritadera le impedía concentrarse, de lo cual, obviamente, ni se enteraba su airado vecino. En ese instante, y sin mediar palabra, mi frustrado colega buscó un video de una ópera en su disco duro y procedió a darle play y subir el volumen al máximo que permitía la computadora.    Su disgustado vecino, lo mira y le increpa “esa música no me deja hablar”, a lo que mi amigo contesta “disculpe, sus gritos no me dejaban oír mi ópera”. El intruso gritón, puso cara de “este tipo está loco” y se mudó de puesto a seguir gritando junto a otro prójimo que no tenía ninguna culpa de su ira.

Pero, hace un mes viví en carne propia la necesidad de tener un manual de conducta celular. Subía en el elevador de mi consultorio cuando entraron dos señoras entre 20 ó 30 años, cada una con la oreja pegada a su respectivo blackberry (ambos con cubiertas sospechosamente combinadas con la ropa). Una, muy vestidita de diseñador, tenía una conversación sobre la cartera que había comprado el día anterior. Hacía una descripción sumamente detallada (tristemente no estaba hablando de su nueva ropa interior, lo cual reconozco hubiera sido mucho más estimulante).

“Tiene dos hebillitas en el frente debajo del logo, una correa removible para colgarla en el hombro, una tirita para las llaves, un bolsillito para el wallet y otro para el blackberry (no tengo idea para qué lo querrá si supongo siempre lo tiene en la mano o en la oreja, pues ahora resulta ser un “accesorio” imprescindible). Rápidamente, noté que la descripción correspondía a la cartera que traía colgada en la pata delantera.

Pensé decirle: ¿por qué no le tomas una foto con la camarita, se la mandas por BBM y dejas de gastar dinero en hablar alelazones? La segunda pasajera sí tenía una conversación mucho más relevante con su madre. Decía algo como: Sí mamá, estoy con la práctica en el médico trayendo a Robertito. Hoy tiene fiebrecita y vomitó dos veces como amarillo. Pero lo que me preocupa es la diarrea que es muy rara, hace muy aguado, como verde con moco y huele muy mal (¿que esperaría, que oliera a kiwi?) … Aunque a los médicos pocas cosas nos asustan, se imaginarán la cara de asco de los demás compañeros de viaje de la preocupada mamá.

Espero que Robertito se haya recuperado de su problema intestinal, y su madre aprenda algún día que, a quienes compartimos el elevador con ella, francamente no nos importan en absoluto los estímulos sensoriales que producía la enfermedad digestiva de su hijo…

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Este artículo se publicó el  9  de mayo de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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