Violencia: Un estilo de vida

La opinión de…..

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RAMIRO VÁSQUEZ CH.

El asesinato de Javier Justiniani, por tratarse de una figura pública, ha revelado con gran dramatismo algo que ocurre a diario en los barrios populares.   La fuerza de la violencia social ha llegado para no irse nunca jamás.  Sus orígenes han sido ampliamente expuestos por el mundo académico y por las autoridades a las que les corresponde dar una explicación ciudadana.

Muy pocos sin embargo osan profundizar en sus orígenes. La sociedad ha modificado toda su cultura histórica construida a través de un entramado sicológico y de tradiciones.  La economía abierta de mercado y la globalización se hicieron acompañar de una ideología que las grandes publicitarias se encargaron de posesionar en el pensamiento y los sentimientos de todos los panameños y sobre todo de sus juventudes. El consumismo se convirtió en la referencia moral.

Hoy día somos un cuerpo social lleno de demandas por el respeto a sus derechos individuales, pero sin el menor sentido de responsabilidad frente a sus deberes colectivos. Hemos convertido las insatisfacciones —el deseo personal de tener más a cualquier precio y a la mayor brevedad— en la razón de ser de toda nuestra conducta, sueños y aspiraciones.

El sentido del Estado paternal y protector, aquel que, a través del voto cada cinco años, tú delegas todas las responsabilidades y el cual haces garante de cualquiera de tus demandas y que le exiges la solución de todos los males, ya no existe. Lo mató la incapacidad de la clase política y el agotamiento de su modelo.

No existe forma humana que nos saque de este caos y de esta ola de violencia sin que se modifique la actitud de la sociedad y de quienes dicen —cada cinco años— representarla.   Es mentira que ningún Gobierno puede abordar este tema en solitario, si no es a través de una convocatoria a toda la población y un compromiso de doble vía que supere esa práctica de que “ lo que no me afecta no es mi problema ”.

Sepan queridos compatriotas, que hoy podrá ser un problema enquistado en los recovecos de los barrios populares, allí en donde todavía cuesta sangre poner la paila,  pero que es una conducta que se irá extendiendo hacia toda la sociedad más pronto que temprano.

Ya no podemos decir que vamos a erradicar este mal social. A lo sumo podemos aventurarnos a lograr un compromiso para disminuirlo, pero para ello tendremos que hacer grandes esfuerzos, profundos sacrificios y respetar la voluntad política para concretarlos, aunque para ello tengamos que afectar a algunos para salvar a los más.

El Gobierno del presidente Martinelli debe asumir ese compromiso, ordenar las fuerzas, respetar los mandos, no escatimar esfuerzos y recursos y, sobre todo, liquidar esa pose represiva que cada día entusiasma más a los uniformados y a una oficialidad de espadas vírgenes, cuyo resultado es el incremento de la violencia.

Esa impotencia de los servicios de seguridad pública puede crear prácticas que, lejos de resolver el problema, terminen por atentar con los fundamentos de una democracia todavía frágil y naciente.

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Este artículo se publicó el 5 de mayo de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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