El Hombre Agua y El Hombre Espejo

La opinión del Abogado…..

Punto de Vista

Arnulfo Arias O.

Al ver el impacto de una piedra en un estanque, apreciamos una de las cualidades regenerativas y milagrosas del agua. Se precipita hacia el mar por encima de lomos de piedra dura y filosa; choca contra enormes acantilados; cae precipitada en medio de torrentes violentos; se ve arrastrada por la garra invisible de la gravedad… Sin embargo, a pesar de todo ese peregrinaje violento, sigue ilesa, se mantiene unida luego de ser cortada; se calma nuevamente luego de una caída; se reúne después de ser dispersa.

Cuando una roca cae en una superficie acuosa, se le recibe, se le hace espacio; el agua parece abrir generosamente su seno para recibir el golpe de la pesada carga. Luego del impacto, genera ondas que buscan dispersar esa energía errática, la traducen, le dan forma y la expresan. El agua no repele el ataque, no se sacude tratando de eludirlo, lo acepta, lo recibe, le da cabida y luego, lo olvida totalmente, con otros ataques frustrados que yacen en el fondo como naufragios de una lucha en la que siempre fueron vencidos.

El espejo, como vidrio comprimido en una masa compacta y lustrosa, luce intacto, fino, decoroso y arrogante; nada arruga el ceño de un espejo; parece siempre impasible, inalterado, digno discípulo del estoicismo más férreo. Recoge el suave aleteo de la de luz y la sombra; nada guarda dentro de sí; nada almacena tras su plateada superficie; el aire pincelado se refleja fugazmente en él y luego se va. Sólo se alimenta de imágenes y ensueños, consciente de que se empaña con el frío, se tiñe con el calor y se quiebra con el sonido.

Sí. La impecable superficie del espejo no será siempre así; guardará todas las heridas que el tiempo y el uso le puedan propinar. Pareciera no tener capacidad de olvido. Nada reparará un espejo roto, nada volverá a unir una grieta en su superficie. Será como aquel rostro marcado por la edad. El espejo refleja el presente, pero vive atormentado, a veces, por las huellas de un pasado que nunca puede borrar.

En nosotros viven naturalezas que son afines al agua y al espejo. Así, el hombre espejo evitará a toda costa el sufrimiento mediante un mecanismo de fuga, se esconderá y protegerá de todo posible impacto y, de ser impactado, no tendrá la capacidad regenerativa de sanar sus golpes. El hombre espejo vivirá la vida con miedo, reflejando una fortaleza que no es suya y hará suyas también las ideas ajenas, como reflejos de un ingenio que no nació de él; dirá a las personas lo que quieren oír, carecerá de toda originalidad e intentará procurarse de un marco que lo distinga, cuando en esencia no puede cambiar. Se quedará estático, rígido e inmutable, sin la virtud de amoldarse a nada, ni de abrazar una pasión en la vida por su fragilidad. Irá por la vida evitando y eludiendo todo tipo de situaciones que lo pongan en peligro.

El hombre agua, sin embargo, se precipitará en medio de la marcha continua en lo que considere su camino, vivirá su vida sin querer volver atrás, no intentará resquebrajarse ante la adversidad, la abrazará, la acogerá y seguirá adelante luego de hermanarse con ella, ahogándola pacientemente para poder superarla. El hombre agua renace cada día, no lucha sólo, sabe que su destino lo ayuda, sabe que estancarse en su recorrido es morir para siempre; de ahí su incapacidad para detenerse a rumiar en las desgracias que podrían empozarlo.

Tal vez, la próxima vez que nos impacte la preocupación, el infortunio, la depresión y toda aquella horda de circunstancias que vienen atadas como una piedra al cordón umbilical de la existencia, debamos recordar que por obra de la propia naturaleza sostenemos una vida embrionaria que se inicia con un 97% de ese compuesto líquido llamado agua y que a lo largo de todas nuestras vidas vendremos a ser agua en casi un 70%; el resto de nosotros, es sólo cristalización de materia. Tal vez es hora de que comencemos por adoptar algunas de las cualidades de ese líquido milagroso que no se deja vencer por el dolor ni el sufrimiento, sino que los acoge y acepta como simples impactos que, al caer sobre su superficie elástica, se pueden dispersar.

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Este artículo se publicó el 5 de mayo de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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