Una lágrima por la Universidad de Panamá

La opinión de…..

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Amarilis A. Montero G.


Las intenciones reeleccionistas del actual rector de la Universidad de Panamá, Gustavo García de Paredes, han causado una avalancha de comentarios a nivel nacional.   Muchas personas ven en la reelección de Paredes un retroceso.   En cambio, quienes lo apoyan aseguran que está en “el camino correcto”.   Ya sea que se reelija o no, la universidad es la que llevará a cuestas las consecuencias de una decisión que puede marcar su vigencia o decadencia.

Si analizamos lo que representa la reelección del actual rector, podemos deducir que seguiremos con las mismas prácticas que tanto se han criticado hasta ahora. Se acusa a los altos mandos universitarios de utilizarla más como su botín político que como formadora de profesionales y centro de la intelectualidad nacional. Sin embargo, y en mi opinión, el problema no radica en la elección de un rector para dirigir a la Universidad.

Detrás de esta figura se encuentra una larga lista de personas involucradas en los campos docente, administrativo y de investigación. Estos grupos deben ser evaluados y analizados en su justa dimensión para determinar si contribuyen, efectivamente, al prestigio de la universidad. Cambiar a un rector (o mantener al actual) no va a determinar que la universidad progrese y vaya al paso de los rápidos cambios que estamos viviendo. Se necesita de una reingeniería drástica en todos los niveles.

De nada sirve que se elija a un nuevo rector si éste continúa con las prácticas de siempre. Para nadie es secreto, dentro de la Universidad de Panamá, que las influencias, los amiguismos y los favores son más poderosos que el conocimiento y la calidad profesional del recurso humano que ahí labora. Es más importante estar “bien conectado” que estar bien preparado. Y de estas conexiones se aprovechan hasta los estudiantes que buscan cómo pasar de un semestre a otro sin mucho esfuerzo, gracias a la ayuda de grupos político–estudiantiles o influyentes “padrinos”. Si este panorama se cambiara por uno en donde la calidad educativa se impusiera, no tendríamos que lamentarnos de las deficiencias (o carencias) formativas que ahora padecemos.

Qué distinto sería si los estudiantes universitarios sintieran que van a tomar sus cursos en aulas de clases bien acondicionadas, con sus profesores a tiempo, preparados y debidamente designados; si los planes de estudio estuvieran acorde con las necesidades del país para que los estudiantes sintieran que de verdad están aprendiendo y tuviesen la esperanza de tener un mejor futuro; y si no se cancelaran las clases por las protestas estudiantiles que sólo atrasan el normal desarrollo de un semestre. Todo esto sería posible si no se mezclara la política con la educación.

El futuro rector de la Universidad de Panamá tiene por delante la titánica tarea de levantar el prestigio de la institución. Desde los dineros mal invertidos hasta la designación de un funcionario o docente sin preparación repercutirán en el producto final: un egresado de baja calidad, que no puede enfrentar a la competencia extranjera y a las exigencias de los mercados.

Dejemos a un lado la idea de la dirigencia y enfoquémonos en el conjunto que hace a la Universidad de Panamá. Es inútil pensar en quién puede ser rector si los cambios no se presentan desde los puestos más bajos. Las malas prácticas son difíciles de erradicar, pero cuando se logran los resultados son alentadores. Si se antepone el bien general al bien particular todos nos beneficiamos.

Veamos los intentos reeleccionistas del actual rector más allá de lo que se percibe como una prolongación del continuismo, y preguntemos: ¿Qué beneficio traería esta reelección? ¿Se verá la Universidad de Panamá condenada a permanecer en el oscurantismo intelectual? Si este es su destino, ya podemos empezar a llorar por el futuro de la Universidad de Panamá.

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Este artículo se publicó el  29  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

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