Los errores del Vaticano

La opinión de…..

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Brittmarie Janson Pérez


He seguido el escándalo de los sacerdotes que abusan sexualmente de menores desde 1993 cuando en el estado de New Mexico se descubrió que los curas que sufrían de esa enfermedad, luego de ser tratados en un centro llamado Servants of the Paraclete, eran enviados sin advertencia a pueblos vecinos donde repetían sus crímenes.   Inclusive, el arzobispo Roberto Sánchez, partícipe del encubrimiento de tales sacerdotes, renunció al descubrirse que siendo arzobispo se había aprovechado de tres inocentes doncellas.

El segundo escándalo ocurrió casi 10 años después. Comenzó con denuncias en Estados Unidos que rápidamente encontraron eco en 12 países, inclusive Panamá.   Respondiendo a la pobre defensa de la Iglesia por parte del arzobispo José Dimas Cedeño, escribí un artículo titulado “La Iglesia no se sabe confesar” (El Panamá América 3 de abril 2002). Dije que la Iglesia había cometido varios errores tratando de proteger la reputación de la institución.   El primero fue ocultar el abuso sexual perpetrado por sacerdotes enfermos imponiendo silencio a las víctimas. El segundo fue trasladar a los sacerdotes enfermos a otras parroquias bajo circunstancias que les permitían seguir abusando de la juventud que confiaba en ellos.   El tercer error lo cometían los prelados que trataban de desviar la responsabilidad que le incumbía a la Iglesia.

El tercer escándalo surgió en febrero de este año en Alemania. Alrededor de 20 ex alumnos de un prestigioso colegio jesuita de Berlín denunciaron que habían sido abusados sexualmente por dos sacerdotes de esa institución en la décadas de 1970 y 1980. Poco después, el director del colegio admitió que el abuso había sido “sistemático” (http://www.spiegel.de/international/germany/0,1518,675331,00.html).   Desde entonces, víctimas de ese crimen en Alemania, Brasil, Canadá, Estados Unidos, Holanda, Italia, Kenya, Malta, México y Noruega han expuesto a los medios de comunicación los horrores que sufrieron.

No hay complot contra la Iglesia.   Sucede que, con cada escándalo, más se descubre la maldad fríamente encubierta.   Y las absurdas excusas de los voceros de la Iglesia no hacen sino evocar otro oleaje de comentarios indignados.

El problema radica en la estructura y mentalidad del Vaticano.   Por una parte, la curia –arrogante y aislada de un mundo que desprecia– ha actuado con lentitud medieval en los juicios de sacerdotes inculpados.   Por otra parte, para proteger a la Iglesia del escándalo o por amistad personal, prelados poderosos han cometido errores imperdonables.   Por ejemplo, Juan Pablo II trajo a Roma y protegió a un encubridor conocido, el cardenal Bernard Law, así como protegió y alabó a su amigo Marcel Maciel, el pervertido fundador de los Legionarios de Cristo.   Al cura pederasta canadiense Bernard Prince, lo honró con el puesto de secretario general de Propaganda Fides, otorgándole el título de monseñor a pesar de los graves cargos que pesaban en su contra.

Pero hay una buena nueva.   El papa Ratzinger emitió el 12 de abril nuevas medidas sobre denuncias de sacerdotes acusados ante las autoridades civiles, especificando que en casos graves él mismo podrá removerlos del sacerdocio (http://www.vatican.va/resources/resources_guide-CDF-procedures_en.html).

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Este artículo se publicó el  20  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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