Pederastia y antisemitismo

La opinión de…..

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Daniel R. Pichel

El enredo de la pederastia entre los sacerdotes católicos está creciendo más de lo que B16 y sus admiradores quisieran, especialmente cuando se sugiere que el pontífice pudo tener conocimiento de lo que estaba ocurriendo.

Este tema no es fácil tratarlo objetivamente, porque hay quienes consideran que nada de lo que digan o hagan en el Vaticano puede ser cuestionado. Y que, si se les critica es por “odio a Dios y/o a la Iglesia”. Por eso, durante las últimas semanas, he estado leyendo opiniones “de uno y otro bando” para tratar de sacar una conclusión. Intentaré escribirla tal cual lo entiendo, dejando claro que no pretendo cambiarle la opinión a nadie ni mucho menos.

Para comenzar, considero que alguien que abusa sexualmente de 200 niños sordos o que amenaza a sus víctimas para que guarden silencio, mientras abusa de ellas por años, no merece perdón ni misericordia alguna. Merece pudrirse en una cárcel como cualquier otro delincuente común. Pero, si el uniforme de quien comete la vejación es una sotana, parece que surgen otros elementos en la discusión.

No se debe culpar de la pedofilia a la Iglesia católica como organización, porque obviamente “está hecha por hombres imperfectos”. Por eso, si se sugiere olvidar el alias de cada quien e investigarlos como seres humanos comunes y corrientes, en general, todos están de acuerdo. Pero, al pedir que se investigue a uno de esos seres humanos imperfectos llamado Joseph Ratzinger, entonces ya no vale, porque hay de por medio “odio contra la Iglesia católica” (o contra el cristianismo).

La pedofilia en sí, puede ser producto de un trastorno mental o de simple sinvergüenzura. Si es una enfermedad, el pedófilo merece tratamiento, pero el encubridor merece un juicio. ¿O no? Aunque, lo verdaderamente complicado es determinar si la institución a la que pertenece el pedófilo lo defiende u oculta para evitar un escándalo. En ese sentido, leí la traducción al inglés del documento Crimine Solicitationis de 1962, donde dice: “debe tenerse más cuidado del habitual para que estos asuntos sean tratados con la máxima confidencialidad y que, una vez ejecutada la decisión, esto sea cubierto con permanente silencio (según instrucción del Santo Oficio, 20 de febrero de 1867, No. 14)”. Esta redacción no da mucho margen a otras interpretaciones y, si por eso no se denunciaron los abusos, las víctimas tienen el derecho a alegar que hubo encubrimiento.

En ese sentido, he escuchado explicaciones muy variadas. Me mandaron una muy original, escrita por el presidente del Catholic Vote Action que asevera que todo este asunto es una campaña mediática contra B16, financiada por (agárrense) Barack Obama, Nancy Pelosi y el lobby abortista de Washington, en represalia a que los católicos no apoyaron la reforma del sistema de salud de EU que solo busca financiar más y más abortos. Mientras tanto, llaman a Obama anticristiano y promusulmán.

Otros hablan una ofensiva “laicista” que intenta sacar a Dios de la vida de los ciudadanos, o hasta de un complot de grupos evangélicos para propiciar el éxodo de católicos hacia sus sectas.

Y de estas teorías de la conspiración, surgen opiniones como la del predicador Raniero Cantalamessa, equiparando “la campaña contra el Papa” con el antisemitismo. Que conste, yo creo que sí tienen elementos comunes. Me explico: tanto la “campaña anti–Benedicto” como el “antisemitismo” se sacan de contexto para defender lo indefendible. Así, como se dice que cuestionar el encubrimiento de curas pederastas es “odiar a Dios y a la Iglesia”, frecuentemente escuchamos como, criticar la creación de asentamientos israelíes en Jerusalén en medio de conversaciones de paz o decir simplemente “ese judío es un coimero”, son llamadas “opiniones antisemitas” como si fuera una apología del holocausto o una opinión contra todos los hebreos. Decir eso, es tan absurdo como pensar que criticar a Al Qaeda significa “odiar al islam”.

Otro argumento es que pedófilos hay en todos lados. Cierto. Hay maestros y médicos que aprovechan su posición de confianza para abusar de menores. Pero, en ningún momento, las asociaciones gremiales ni el ministerio correspondiente los han defendido. En sus reglas no se sugiere que esas conductas deben ocultarse para proteger al gremio de un escándalo. En esto, el problema con la Iglesia católica (de acuerdo con el profesor de psicología Peré Font de la Universidad de Lleida, España) es que, al autodesignarse como guía moral de la humanidad, estas acciones son mucho más cuestionadas por la sociedad en su conjunto.

En fin, al problema no se le ve solución a corto plazo. Se dice que citarán a Ratzinger a declarar en los tribunales sobre si trasladó de parroquias a pedófilos, de quienes se ponía en duda su posible curación. Si eso es cierto, jurídicamente pudiera considerarse que hubo encubrimiento del delito de pederastia. Mientras, sus abogados parecen decididos a alegar argumentos tan terrenales como que tiene inmunidad por ser jefe de Estado.

Mientras todo este entresijo de derecho civil, penal y canónigo sigue complicándose, yo le sugeriría a su santidad que, si sigue estando en el ojo de una tormenta que pudiera ser la peor desde la Reforma de Lutero, revise bien el té que se toma por las noches antes de dormir, no vaya a ser que, con su avanzada edad y su frágil estado de salud, le vaya a indigestar.

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Este artículo se publicó el  11  de abril de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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