La conciencia civilista

La opinión de….

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Carlos Guevara Mann

Ricardo Martinelli ganó la más reciente elección presidencial tras recibir 952 mil 333 votos, el 60% de los sufragios emitidos. Obtuvo la proporción más alta del voto popular en 20 años, desde que Guillermo Endara recibió, en 1989, no menos del 71% de la votación para Presidente de la República.

Quienes apoyaron a Martinelli lo hicieron por sencillos y elementales motivos. En primera instancia, para castigar al PRD por su rapiña insaciable. En segundo lugar, para prevenir el ascenso de Balbina Herrera al poder y lo que –se temía– pudiese ocurrir si ella alcanzaba la Presidencia.

Conocidas son las vinculaciones de Herrera –una de las figuras más rechazadas de la política panameña– con la dictadura militar, especialmente con Noriega, de quien era íntima colaboradora. Por eso, la elección de Martinelli constituyó un repudio al militarismo y sus manifestaciones aún vigentes o –visto desde otra perspectiva– un voto por el afianzamiento del civilismo.

Civilismo no solo quiere decir subordinación de los militares a la autoridad civil debidamente constituida. Significa, además, el rechazo de técnicas, estrategias y actitudes militares en las áreas que competen exclusivamente a los civiles, como lo son –en el Estado democrático– la educación, la salud, la economía, la administración de justicia, la cultura, el deporte, la seguridad ciudadana y todas las demás, con excepción de las guerras internacionales (en que Panamá ni quiere ni debe tener participación).

Civilismo equivale a respeto por la voluntad popular, la libertad y los derechos humanos. Implica una separación de poderes que proteja esas libertades y derechos, el acatamiento de la ley y un sistema judicial eficiente y transparente.

Diez meses han transcurrido desde la toma de posesión del presidente Martinelli, lo que representa una sexta parte de su mandato. En esos 10 meses no hemos visto afianzarse los postulados del civilismo por los que la mayoría de los panameños votó en mayo de 2009.

Por el contrario, hemos sido testigos de la continuación y acentuación de algunas tendencias militaristas. En algunos sectores influyentes prevalece la equivocada idea de que encomendar la seguridad pública a un equipo de militares es la mejor manera de resolver la inseguridad ciudadana.

Grave y peligroso error. Lo único que los militares panameños le han dado al país es inseguridad y corrupción. Las dos décadas durante las cuales ejercieron directamente el poder fueron las más inseguras de nuestra historia republicana.

En aquella época, el monopolio del crimen ejercido por los dictadores redundó en menores niveles de delincuencia común. Sin embargo, el terrorismo de Estado, presente a todo lo largo de la dictadura, sometió a la ciudadanía a un régimen de terror y socavó por completo la seguridad jurídica y el estado de derecho.

El militarismo no es un modelo adecuado para un Estado democrático. El militarismo no resuelve la inseguridad pública, sobre todo si contra los militares a quienes se encomienda la seguridad ciudadana existen señalamientos graves, de resonancia internacional.

En el desempeño de los militares que ejercen funciones de naturaleza civil tenemos una prueba fehaciente de lo que se afirma. Diez meses es un período demasiado corto para conseguir resultados trascendentales, pero con base en las promesas de campaña lo menos que se esperaba, tras la llegada del nuevo gobierno, era una depuración exhaustiva de los organismos de seguridad y una detención en el aumento de la criminalidad.

Estadísticas e informaciones divulgadas por los medios, sin embargo, sugieren que en la Fuerza Pública siguen proliferando la corrupción y la incompetencia y que los niveles de delincuencia continúan creciendo bajo la dirección militar de los organismos de seguridad. El presidente Martinelli debe reparar en esto y recordar que los sufragios que recibió fueron votos de rechazo al militarismo.

Los partidarios del civilismo, a su vez, deben organizarse para recuperar la conciencia civilista, pero nunca en contubernio con personajes de la dictadura. Es ridículo y contraproducente que compartan escenarios con quienes jamás han tenido la más mínima consideración por la democracia y los derechos humanos.

En la recuperación del civilismo, el Presidente y los sectores civilistas no deben escatimar esfuerzos. Su fracaso en esa tarea aumentará la frustración popular y acercará al país a los desenlaces extremistas que ya se vislumbran en el horizonte.

Este artículo se publicó el  31 de marzo  de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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