Sobre títulos y grados académicos

La opinión del Ingeniero y Asesor Ambiental….

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EDUARDO A. ESQUIVEL RÍOS

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su más reciente edición:  “Doctor”. 1) Persona que se ha recibido en el último y preeminente grado académico que confiere una universidad u otro establecimiento autorizado para ello… 4) En el lenguaje usual: médico, aunque no tenga el grado académico de doctor.

El uso y la costumbre en algunos países ha llevado a identificar o confundir el médico con el doctor, y de hecho algunas universidades, entre ellas las panameñas, dan el título de “ Doctor en Medicina ”, aunque este no sea el grado académico correspondiente, porque para obtener el Doctorado o “ PHD ”, después de la Licenciatura, hay que estudiar la maestría primero y después el Doctorado.

Es claro que en el caso de los médicos, “ Doctor ” es un título, no un grado académico.

De hecho, muchas universidades, especialmente en Europa, dan el título de Licenciado en Medicina, lo que es lo correcto.

Tradicionalmente el Doctorado se obtenía con dos propósitos: la docencia o la investigación.

En las universidades de más prestigio la Tesis de Doctorado debía contener un aporte nuevo a las ciencias y se ha dado el caso de investigaciones para esta tesis que duran décadas.

A propósito, hace unos años, en un país vecino, se discutía en el Senado una Ley que tenía que ver con los títulos universitarios, y la Comisión de Especialistas presentó su informe recomendando que a los graduados de Medicina se les diera el título de “ Licenciados en Medicina ”.

Esto causó indignación y una conmoción entre el gremio médico y hasta una amenaza de huelga. Finalmente se acordó pedir una asesora a la UNESCO en este sentido, que envió a un Especialista en Epistemología y Ética Médica de la Universidad de Madrid, quien explicó con detalles que el título y grado correspondiente era el de Licenciado, aunque esto no impedía que los médicos usaran el título de Doctor, que era un tratamiento de respeto. También aclaró que la Especialización Médica no correspondía, ni cercanamente, a la Maestría Académica, porque era una especialización practica.

Nada impide, de la misma manera, que una universidad dé el título que bien le parezca, aunque el grado académico sea el de Licenciatura. El mismo caso de los Médicos se aplica a los Veterinarios y los Odontólogos y afines, cuyo título y grado académico es de Licenciatura sin duda alguna.

Realmente no veo de qué avergonzarse o incomodarse por tener un grado universitario de Licenciado, al final no es el título, sino el trabajo honesto y dedicado lo que hace a un buen profesional.

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Publicado el 2 de marzo de 2010 en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

La supervisión de la educación

La opinión de….

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Paulino Romero C.

Con motivo del inicio del nuevo periodo escolar 2010, y en razón de nuestro permanente compromiso con la educación panameña, nos vemos obligados a hacer algunos señalamientos conforme a las deficiencias que aún persisten en nuestro sistema educativo. Aunque son muchas, nos referiremos solo a la notable falta de un sistema nacional de supervisión científicamente organizado, con personal debidamente capacitado para acometer las funciones correspondientes a un buen servicio de supervisión en las escuelas oficiales y particulares de la República.

A mediados de la década de los años 60 del siglo pasado, siendo muy joven, llegamos a ejercer en el Ministerio de Educación las funciones de supervisor nacional de Educación. Ello nos impelió a recorrer toda la geografía del país, visitando escuelas de educación primaria y secundaria (tanto oficiales como particulares).

La experiencia derivada de aquellas prácticas de supervisión docente nos proporciona cierta autoridad para meditar y reflexionar sobre la importancia de la supervisión de la educación en Panamá.

Sin duda, la falta de este servicio ha agravado el problema de la calidad de la educación en las escuelas oficiales y particulares de la República, aunque en las particulares la enseñanza es relativamente mejor.

Los países de América Latina y el Caribe, entre ellos Panamá, conscientes de las elevadas deficiencias de sus sistemas escolares, parecen preocupados fundamentalmente de atender al desarrollo cuantitativo de la educación en sus distintos niveles: más alumnos, más escuelas, más maestros y profesores, etc. En cambio, la calidad de la enseñanza, desde su orientación, contenidos, evaluación, hasta la formación y perfeccionamiento de los docentes son aspectos que no importan en igual grado. Los estudios y encuestas más recientes a nivel nacional e internacional sobre la calidad de la educación en Panamá, así lo demuestran.

En momentos en que en Panamá la comunidad nacional exige que se realicen esfuerzos por hacer el recuento y diagnosticar el estado de nuestra educación, con vistas a realizar una cruzada de la educación nacional (que nosotros llamamos una planificación o planeamiento integral de la educación), incluyendo la redefinición de su estructura y funcionamiento, conviene recordar y plantear la necesidad de organizar seriamente un servicio de Supervisión Nacional.

Gracias al desarrollo científico de la educación y al desarrollo democrático de la administración, la supervisión nada tiene que ver con el concepto puramente fiscalizador, antidemocrático y personalista que la profesión heredara de campos ajenos a ella. Hoy se la concibe, en primer término, como un principio inherente a la buena administración, sin la acción del cual no es posible el funcionamiento ordenado de la acción educativa en torno a ciertos fines.

Por eso, conviene destacar las características más importantes de este moderno concepto de supervisión. En primer término, su sentido democrático, expresado tanto en sus fines como en la generación de los planes, la organización y manejo de ellos como en los variados contactos humanos que se promueven dentro o fuera de las escuelas.

Con responsabilidad oficial o no, el supervisor es un elemento que promueve la comunicación entre individuos, y entre grupos de muy diverso tipo, tamaño y propósitos. Esta función de relación humana en torno a los problemas inmediatos de la tarea educativa es lo que de manera más directa torna las labores de supervisión, uno de los mejores medios de perfeccionamiento de los maestros y profesores.

Dentro de las variadas técnicas que han de poner en acción, conviene destacar las técnicas de medición y evaluación, a las que se debe recurrir en toda la gama de sus posibilidades, funciones y momentos, incluso en la autovaloración y enjuiciamiento de la función misma por parte de los niveles superiores del sistema.

Por último, aunque la supervisión de la educación no se circunscribe únicamente al control, la fiscalización y la simple inspección de los servicios, no puede, en la medida de lo necesario, estar exenta de estos requerimientos, toda vez que el Estado moderno orienta y controla la formación de los ciudadanos a través de la educación que imparte.

Aunque apenas hemos esbozado aquí el moderno concepto de supervisión, parece necesario, por la realidad crítica por la que atraviesa la educación nacional, insistir en la urgencia de la mejor organización de su servicio dentro de la educación panameña.

Con respecto al magisterio y el profesorado, pensamos que quienes ejerzan los mismos deben poseer la formación profesional básica, un innegable anhelo de perfeccionamiento y las experiencias que permitan dar a este servicio (la supervisión de la educación) el manejo democrático, científico, diversificado y operante que el desarrollo de la educación panameña reclama.

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Publicado el 2 de marzo de 2010  en el Diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Y ahora que pague el pueblo

La opinión delIngeniero y Analista Político….

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MARIO A. ROGNONI

Durante los últimos días y por las próximas semanas los medios de comunicación tendrán la presencia de innumerables funcionarios explicando a la ciudadanía las bondades de la nueva reforma fiscal. Vender lo bueno de aumentar impuestos es como vender las bondades de la muerte. Nadie quiere pagar más impuestos, menos en un país donde la norma es el despilfarro, viajes excesivos de funcionarios, sobrepoblación de empleados estatales y excesiva burocracia.

Completando la dificultad de la tarea de justificar los nuevos impuestos está la campaña equivocada que ha iniciado el gobierno en su promoción. Primero hay que entender que el pueblo espera soluciones, está cansado de promesas. Las tres tareas principales prometidas están hasta ahora sin lograrse, mejorar el transporte, bajar la canasta básica, mejorar la seguridad ciudadana. El gobierno se jacta de logros en intento, más no en ejecución: los 100 a los 70 arrojan ya un retraso en los pagos, la energía eléctrica no bajó, la solución de Curundú está en inicio de ejecución, su primer empleo no cuajó, los millonarios que entraron limpios siguen libres.

El doctor Mario Galindo tenía, no sé si aún, un letrero en su oficina que rezaba: “ Dice San Andrés que el que tiene cara de tonto lo es ”. Estoy por creer que los actuales funcionarios de gobierno nos han visto cara de tontos, al menos al oír sus alegatos a favor de las reformas. Nos sostienen sin desparpajo que gracias a lo que recogerán con los aumentos, se mantendrá el subsidio de gas de cocinas, se podrá mantener los intereses preferenciales, se mantiene el subsidio en la energía eléctrica y todo eso suma no sé cuantos millones. Lo que no dicen es que SIN esos aumentos, con los gobiernos anteriores ya tenía el pueblo el subsidio de gas, electricidad y de intereses preferenciales. O sea, los nuevos impuestos no serán para eso.

Luego está la argumentación de la mejor distribución de riqueza. Con el cuento que el que más gaste más pagará, asumen que los ricos pagarán más. Proporciones guardadas, el aumentos a los gastos del pobre serán mucho mayor que los incrementos a los ricos. Una verdadera reforma hubiese sido no aumentar impuestos de ITBMS ni impuestos que afecten a la clase media, pero aumentar en justicias a bancos, aseguradoras, inmobiliarias, empresas en Zona Libre de Colón, petroleras y a esas empresas y actividades que han generado millones en utilidades pagando muy poco en aporte al Fisco. No hay que ser un experto economista para saber dónde y cómo se han generado millones en utilidades en nuestro país, actividades que al final pagaban impuestos muy por debajo a lo que pagarían en otros países.

La actual reforma sigue el patrón de siempre: hecha por defensores de las clases económicas más poderosas y buscando afectar lo mínimo a la gran empresa. Quizás es hora de que en lugar de encarecer la vida de las clases media y baja, afectemos las grandes utilidades de las empresas. Aceptar el pueblo un alza de 5% a 7% del ITBMS, cuando el impuesto de utilidades de la Zona Libre es ridículo, los bancos ganan decenas de millones de balboas y pagan muy por debajo a las demás empresas, millones se han ganado especuladores con la energía eléctrica, gasolina y tantas otras actividades con muy poco aporte al Estado. El pueblo jamás la aprobaría en un referéndum, quizás finalmente los diputados actúen en su defensa.

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Publicado el 2 de marzo de 2010 en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

El respiro de la justicia

La opinión de….

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Paco Gómez Nadal


El sistema de la democracia occidental es imperfecto, como todos, pero hay que reconocerle algunos respiros que permiten a los ciudadanos dormir un poco más tranquilos.

La división de poderes es uno de esos “inventos” que en papel funciona bien y que en la realidad casi nunca funciona.

Ya es difícil recordar una Asamblea Nacional o Parlamento que haya hecho temblar al jefe del Ejecutivo con los votos de los diputados del partido de este. Eso debería ocurrir, ya que en teoría son órganos autónomos e independientes.

Sin embargo, las fórmulas que modifican los resultados electorales puros para provocar mayorías fuertes y dizque dar estabilidad política a los países han acabado con la credibilidad de los diputados, meros apéndices sin voz –y con el voto castrado– del presidente y del partido de turno.

Sin embargo, la justicia es el respiro de la democracia. Es posible que eso se deba a que normalmente los miembros de este poder del Estado no son políticos y no sienten obediencia al sistema de pleitesías que practican los miembros de los partidos.

Esto no ocurre en todos lados, por supuesto. Nadie va a juzgar en Cuba a Raúl Castro o a sus esbirros del aparato penitenciario por dejar morir –por decirlo con suavidad– amarrado a un camastro al activista y disidente Orlando Zapata Tamayo. A Berlusconi lo están dejando limpio en el caso al declarar prescrito el hecho de haber recibido cerca de un millón de dólares del primer ministro italiano por declarar a su favor. Tampoco veremos en un tribunal estadounidense a George W. Bush o a sus secuaces por mentir para guerrear, mandar a la muerte a miles de soldados de su país y matar a cientos de miles de civiles de otros (habría que pedir su extradición).

Pero hay respiros, sorpresas, como la decisión de la Corte Constitucional de Colombia de cortar las ansias reeleccionistas de Álvaro Uribe. Las primeras reacciones de analistas y de políticos fue calificar el fallo de la Corte como oxígeno para la democracia colombiana, donde el control de los poderes por parte del presidente era casi total. Le quedó una brecha y la democracia tiene la mala costumbre de colarse por ella.

Nadie es imprescindible y menos un presidente que acumula casos de corrupción, de ajusticiamiento de jóvenes de barrios pobres para mostrarlos como guerrilleros, de relaciones dudosas con personajes de la calaña de David Murcia (uno de los financiadores de la campaña de recogida de firmas a favor de la segunda reelección), de invadir terceros países… como para llenar varios tomos. A Uribe se le ha querido presentar como la reencarnación del Divino Niño y ni él ni nadie puede serlo. Todos somos humanos y cuando se llega al poder el ego y la tentación de tener todas las soluciones aparecen casi de forma natural.

Pero ese no es el caso que me ocupa. Lo que quiero señalar es la importancia de la justicia independiente. El procurador general de Colombia, ficha personal de Uribe, ha hecho el ridículo al empeñarse en mantener que se puede violar la ley si es para respetar la “voluntad del pueblo” (en realidad de un 12% del pueblo).

En Panamá (nunca pensé que llegaría a afirmar esto) estamos peor que en Colombia en el Órgano Judicial. Tenemos un procurador temporal que recibe llamadas directas de Presidencia, una procuradora separada de su cargo al que probablemente no le dejarán volver, una Corte con magistrados en un buen porcentaje comprometidos con el partido en el gobierno y un presidente que quiere ser como Uribe, pero que no ha mostrado pruebas de tener la inteligencia y sagacidad de aquel.

No podemos olvidar la crisis de la justicia porque haya salido de las primeras planas de los diarios. Tuvimos dos semanas de infarto, con declaraciones, manifestaciones y demás. Ya nadie habla de ello. Martinelli no debe sentir ni el eco porque cuando no está enfermo está viajando (ahora va a salvar a Puerto Armuelles en Qatar): todo un dueño de empresa que para eso tiene su gerente general Demetrio, que se puede encargar de la minucia de gobernar a este país.

Necesitamos el respiro de la justicia y el aire está contaminado. Esperar a tiempos peores no parece buena técnica.

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Publicado el 2 de marzo de 2010  en el Diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Carnaval: ¡De abajo hacia arriba!

La opinión de……

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Juan Manuel Castulovich

Para la sorpresa de nadie, los pomposamente llamados “carnavales del centenario”, fueron otra pantomima. Unos días antes no había ruta cierta; el gobierno aumentaba la confusión, primero lavándose las manos para después meterlas todas; mientras una seudo “junta de carnaval” remaba en un bote lleno de agujeros. Resultado: otra farsa de la farsa; otra nueva y mayor frustración.

Igual que en los desastres anteriores, las recriminaciones escalan en virulencia, se repiten los propósitos de enmienda y las promesas de celebraciones deslumbrantes para el siguiente año. Esta vez, lo único positivo para registrar es que el sainete costó 200,000, bastante lejos de los 4 ó 5 millones, y las “cuentas del gran capitán”, de las aventuras carnavaleras del gobierno de “la patria nueva”.

Como también era de esperar, han comenzado a aparecer “las varitas mágicas” que prometen devolver a los carnavales capitalinos “se perdido esplendor”. Por un lado, la Autoridad de Turismo, que el final terminó mangoneando el pasado carnaval, al ser la encargada de “repartir el subsidio”, insiste en “retener el control”; por otro, la apabullada “junta de espontáneos” pretende prolongar su protagonismo y anuncia “un carnaval privado y autónomo”; y finalmente, algunos representantes de corregimientos del distrito capital vuelven a invocar un “derecho natural” a organizar la fiesta, pero con fondos oficiales “manejados por ellos”.

El error esencial, cometido año tras año, es empeñarse en hacer carnavales de arriba hacia abajo y no de abajo hacia arriba, como debiera ser. En lugar de pomposas juntas o de autoridades que pretenden controlarlo todo, especialmente el dinero, y que terminan marginando al pueblo de la que debe ser “su fiesta”, hay que darle a éste el protagonismo. Bastaría que un año antes, se apruebe un fondo de un millón de balboas (dos permitirían mayores incentivos), aportado a partes iguales por el gobierno central y el municipio capitalino, destinado a premiar las mejores comparsas, los mejores carros alegóricos, los mejores arreglos musicales, los mejores disfraces y a las reinas de los diferentes barrios. Si con antelación de un año se anuncian los premios y éstos son motivadores, desde las entrañas de los barrios renacerá el espíritu del carnaval.

La reina del carnaval debe escogerse a la media noche del segundo día, tomando en cuenta las presentaciones y el despliegue de alegría que hayan aportado durante el sábado y el domingo. La triunfadora presidiría, entonces, y con apoyo oficial, los días lunes y martes.

En el interior del país, y Las Tablas es el mejor ejemplo, el carnaval nace del pueblo, calle abajo y calle arriba, comienzan a organizarse, apenas enterrada la sardina, para el año siguiente. En la capital debería estimularse una sana competencia entre los barrios para volver a encontrar las raíces de auténtica fiesta popular que debe ser el carnaval.

Un buen carnaval en la principal ciudad del país, es un magnífico gancho para el turismo y permite que muchas personas humildes obtengan ingresos ganados honradamente. En una actividad de esa naturaleza, las autoridades deben ser estimuladoras y cooperar en temas como la seguridad y la salubridad, pero no pretender ser administradores de la alegría. Esa nace del pueblo; solo se requiere encausarla adecuadamente.

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Publicado el 2 de marzo de 2010  en el Diario  El Panamá América, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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Los grandes ñames

La opinión de….

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Guillermo Sánchez Borbón


En una sentencia feliz (que en otro tiempo se hizo famosa), escribió Lord Acton: “El poder siempre corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente: todos los grandes hombres son malos”.

Se le quedó esto en el tintero “y los pequeños que buscan (y generalmente alcanzan) el poder, también”.

A lo que yo agregaría la sentencia de Cannety (un sefardita búlgaro de genio, Premio Nobel de literatura para más señas): “Solo los locos buscan el poder. Y el poder, por su misma naturaleza maligna, solo va a parar a manos de los locos”.

Los dos hombres sabían bien de lo que hablaban. No hace falta mencionar ejemplos, porque el discreto lector los conoce mejor que yo. Baste con recordar dos: Stalin, Hitler.

Pero vengamos a los locos de nuestra América. Un dictador de Paraguay en el siglo XIX, descubrió que todos los grandes males de su país se debían a la educación y, ni corto ni perezoso, ordenó cerrar todas las escuelas. Era tal el miedo (injustificado) que le tenían sus gobernados, que muchos quemaron todos los libros que tenían en su poder.

Cuando murió el tenebroso tirano, nadie se atrevía a enterrarlo (“¿y si no estaba muerto nada?, como reza una vieja canción popular cubana). Y empezó a podrirse, y ninguno de sus paniaguados se atrevía a hacer lo que mandan la higiene y las buenas costumbres. Hasta que un hombre extraordinario, que no le tenia miedo ni a los vivos ni a los muertos, lo enterró y se quedó en el poder. Incipit un hombre de genio militar, cuyo gobierno, por causas diferentes, fue desastroso para el desventurado país.

Y ya en nuestros días: decir que el presidente Chávez, de Venezuela, es un hombre cuerdo, sería una exageración. Los ejemplos abundan: una vez un periodista europeo fue a entrevistarlo. Chávez lo recibió en una sala. En el sitio elegido para el diálogo había tres asientos. El periodista, entonces, le preguntó si asistiría otra persona a la conversación. Respuesta de Chávez: –Sí, cómo no; la otra silla es para Simón Bolívar.

Tiempo después de esta conversación, Chávez fundó el Partido Comunista Bolivariano que es, por donde se lea, un horrible oxímoron. Bolívar era conservador. Mi padre, que también lo era, por primera y última vez en su vida me dio un bofetón porque yo osé recitar en casa unos versos idiotas que me había enseñado un condiscípulo en la escuela primaria:

“Simón Bolívar nació en caracas, /en un potrero lleno de vacas/ unas muy gordas, otras muy flacas/ y todas llenas de garrapatas”. Para mi padre, como para todos sus correligionarios, Bolívar era sagrado…

… Pero bueno, Chávez es Chávez. Con motivo del apocalíptico terremoto de Haití, acusó a Estados Unidos de haberlo provocado deliberadamente, por pura maldad. Y todos recordamos el rapapolvos del rey de España (“¿Por qué no te callas!”).

Chávez es un buscapleitos, como lo prueba la grosería de que hizo víctima al presidente de Colombia. Un día de estos el presidente vitalicio de Venezuela va a encontrar la horma de sus zapatos.

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Publicado el 2 de marzo de 2010  en el Diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Martinelli se cuadra, el país espera

La opinión de….

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RAFAEL CARLES

Sin haber llegado a su primer año de mandato, el Presidente de la República, Ricardo Martinelli, ha cruzado la raya. El acoso a los medios estuvo de más. Actitudes como esta, pueden innecesariamente generar temor y fomentar una idea equivocada, que sin duda no es su intención. La pelea política, por dura que sea, nunca debe atentar contra las libertades públicas ni mucho menos transgredir los derechos universales.

Y cada día el combate se pone más parejo. En su afán por seguir pista de su desempeño, el presidente lleva dos termómetros que no abandona nunca. Uno, sus propios sensores que le han permitido hasta ahora, en la inmediatez, acumular ante la mirada pública más aciertos que errores. Y el otro, las encuestas de opinión pública que acostumbra repasar con intensidad y pasión. Y en este sentido, el sentimiento colectivo registra reacciones bien distintas. Por un lado, existe un clamor amplio detrás de que el presidente haga los cambios que prometió durante la campaña; y también existe un rechazo tajante a la prepotencia en los estilos de actuar y caminar de su Gobierno.

Y hay además otros síntomas. La queja casi unánime de los sectores empresarios y de las capas pensantes del país de que el presidente Martinelli quiere acaparar los tres poderes del Estado y tener un peso clave en la dirección que adopte la administración de justicia. Como él muy bien lo sabe, este país no es el de los años 70 ni mucho menos el de los 80; aquí no debe haber ninguna fuerza de choque oficial ni persecuciones de ningún tipo. Lo cierto es que para que aquellos episodios no vuelvan a suceder nunca más, el Ejecutivo debe calibrar mejor el volumen de sus discursos.

El presidente ha demostrado una capacidad evidente de maniobra. Con frecuencia salta de un tema a otro, aun sin redondearlo, con ritmo de vértigo. Va y viene de viajes, irrumpe en reuniones, convoca gabinetes, inaugura ferias, corta cintas, da discursos y atiende graduaciones. Ciertamente no oculta su entusiasmo por el Metro de Chicago y Lisboa, y fantasea en convertir al país en un destino primer mundista.

Igualmente, el presidente intuye y tiende a demarcar siempre el terreno entre amigos y adversarios. Con claridad y sin tapujos, prefiere quitarle dramatismo a los temas que le alteran su carácter. Para no apartarse de su lema “ los loco somos más ”, le resulta fácil endilgar una cuota de responsabilidad a la prensa. Aquella presunción de que las telenovelas impactan en el aumento del crimen y la inseguridad explica el tono inflamado y las invocaciones de que todos tienen su propia cuota de responsabilidad. Aclara también cómo él mismo se colocó de bandera de la nueva cruzada para despotricar contra los abusos de los que entran limpios y salen millonarios.

El presidente no parece comulgar con la idea de que un apaciguamiento vendría bien para calmar los ánimos y dar oxígeno a la oposición. No solamente sucumbiría ante ese fárrago de pretensiones, sino que actuaría exactamente contrario a su propia voluntad y naturaleza.

También desacredita, ante el vaticinio de los entendidos, el efecto político de que su alianza con el Partido Arnulfista haya expirado. Además de su desilusión, quizá distorsionaría la percepción de lealtad que hasta ahora ha construido y le ha dado buenos dividendos. No hay duda de que Martinelli, bien o mal, es un hombre de palabra y que su dinámica para el manejo del poder dentro de su círculo íntimo no gira en torno a congraciarse con sus simpatizantes sino, más bien, a lograr compromiso y exigir resultado.

A pesar de sus ataques de campaña contra los viajes faraónicos y de sus duras críticas a las cumbres, porque allí no se hacía nada, el presidente ahora asegura que sus visitas al extranjero son necesarias y provechosas, y que lo ayudan a hacer contactos. Lo cierto es que sus trece giras en siete meses de gestión entremezclan deberes de Estado con motivos particulares, y en muchas ocasiones no se sabe con exactitud dónde termina el viaje personal del mandatario y dónde empieza el oficial. Independientemente de eso, como representante de todos los panameños, el presidente debe elevarse a las circunstancias y ripostar ante las adversidades, y no dejarse intimidar por las encuestas y actuar en base a lo que verdaderamente necesita el país. De lo contrario, caería en el ciclo improductivo de las reacciones, típico de la inercia política tradicional, que sin duda lleva siempre a los gobernantes hacia una mediocre gestión institucional.

Incluso, el propio presidente no parece dispuesto a darse un paréntesis para disfrutar del sosiego o permitirle un asentamiento a la insaciable realidad nacional. Donde menos espera, se levanta un fantasma que debe enfrentar. Recientemente aparecieron documentos que señalan a su director de la Policía Nacional sobre supuestos secuestros de civiles durante la invasión de Estados Unidos en 1989, convirtiéndose de inmediato en la comidilla entre políticos y periodistas. No se ha aplacado aún el manto de que los maestros van a la huelga, cuando los usuarios se ponen en pie de guerra contra las nuevas reformas a la Caja del Seguro Social. Igualmente, los consumidores no olvidan la tan cacareada rebaja de la canasta básica, y cada día el dossier que prepara la oposición contra el alcalde Vallarino por sus constantes metidas de pata pesa más que su peso muerto.

Por lo visto, al presidente le conviene jugar seguro, y en lo último que debiera inmiscuirse es en planear una reelección. Las reformas electorales o constitucionales, o el propio tema de la constituyente, deben abordarse con total transparencia e independencia. A él le resulta difícil ver los toros desde la barrera, pero si lo logra estaría dejando para la posteridad su principal legado, de que durante su mandato se haya cocido la tela que protegerá a la patria por los años venideros.

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Publicado el 2 de marzo de 2010 en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.