Belleza en el caos

La opinión del Periodista y Docente Universitario….

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MODESTO A. TUÑÓN F.

El panorama que la tierra haitiana suscitó en el novelista Alejo Carpentier cuando escribió El reino de este mundo, le hizo decir en el prólogo que “… lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la libertad…”.

Luis Alcalá Del Olmo, fotógrafo español del diario Primera Hora , al parecer encontró en esa isla caribeña mucha de esa belleza y la plasmó con su lente.   Ahora, unas cincuenta de esas imágenes se exhiben en la galería Arteconsult, (Panamá)  en la muestra “ Haití, los espíritus de la tierra ”, dedicada a la religiosidad, la magia y el misticismo de los haitianos.

Pero la exposición también presenta una segunda parte, un documental fotográfico de las primeras 48 horas posteriores al terremoto que sacudió a ese país en enero de este año.

Este fotógrafo español siguió durante cuatro años a los peregrinos penitentes en seis sitios específicos de Haití, Erzulie Freda, Ogoun Ferraillé, Ganthier, Baron Samedi, Souvenance y Ra-Rá, diferentes acercamientos místicos que llenan el espíritu del creyente a partir de la devoción transformada en cánticos, rezos, baños de agua o de lodo.

El trabajo fotográfico de Del Olmo no es una recreación plástica del espíritu que anima a esta gente en sus manifestaciones culturales; es más que eso, hay una cierta complicidad en la captación de los niveles místicos que alcanzan los peregrinos en cada uno de los lugares; un estudio que descansa en una matriz antropológica.

Mujeres que se bañan en el lodo, pero que a la vez se contorsionan al ritmo de sus creencias, o quienes llevan los santos en procesión, o un rostro lleno del ocre color del barro, pero que engulle un puñado de un arroz blanco que contrasta en su textura con el rostro, con la tierra húmeda, con la expresión de esta cara llena de ansia del alimento material o espiritual.

En algunas ocasiones el sincretismo en las imágenes es el referente que permite al fotógrafo jugar con los colores, las sombras, la expresión y adquirir una nueva dimensión. Como en la fotografía del hombre coronado con una enredadera de una especie de vid y las hojas que se desparraman, parecieran mostrarnos a un Cristo negro con su corona de espinas.

Otras fotos registran el movimiento gracias a los contrastes lumínicos que Del Olmo aprovecha. Uno de esos casos es la gente que se baña en una cascada y uno pareciera escuchar los lamentos, gritos y el torrente de agua que discurre y lava las conciencias. Por otro lado una dama que coloca una vela ante la imagen de un santo o una chica que juguetea con un gallo.

El misticismo que persigue el lente del fotógrafo no es improvisada. Según cuenta, su experiencia tuvo origen en Filipinas, luego con igual orientación en Etiopía. Le atrajo la religión afroantillana y buscó una forma de enlazar su sentido místico con África y en Haití encontró esa relación.

Fueron cuatro años de seguir a la gente y sus creencias, esperar los momentos propicios, a pesar de las contrariedades climáticas y las condiciones de los lugares; el polvo, la lluvia, los colores de la naturaleza y sobre todo eso, las posibilidades de capturar la esencia de esta vida volcada hacia las divinidades. Además, según manifestó, requería de mucha paciencia en las actividades, porque no sabía a qué hora salían los espíritus.

En toda la exposición hay solamente dos fotografías con modelos que posan. Es una pareja de sacerdotes (hombre y mujer), que aparecen en sus templos rústicos y caseros. La foto de él lo presenta como una persona común, lleno de sus instrumentos de trabajo, un plato con una cabeza cadavérica con cabellos rubios. En la imagen de ella, se muestra a una señora vestida con un pollerón, descalza y su equipo a un lado.

El ambiente que rodea a estos sacerdotes es una muestra del sincretismo en la religiosidad de esta sociedad. Velas, tumbas, santos reproducidos en las cartulinas, puros, cruces, diablos, sogas, ropa vieja… todo es útil para llamar a los espíritus que pueblan estas tierras; y dejan, como expresa Carpentier “… que lo maravilloso fluya libremente de una realidad estrictamente seguida en todos sus detalles ”.

Frente a esto, aparece la otra muestra, el testimonio periodístico del impacto del terremoto. Son imágenes que pasan en una presentación sin fin y que permiten apreciar en cualquier orden el caos, la destrucción y la muerte en la capital Puerto Príncipe. El cemento aplastó a miles y dejó en ellos la huella grisácea del fenómeno; encerró a la gente, la planta y a los animales para hacer disminuir el hálito de vida en esa urbe.

No obstante, hay una de las últimas escenas que conmueve; en el suelo, una grieta del terremoto y sobre ella unos niños que juegan y marcan con sus saltos, el reto de la vida sobre al desgracia, de la esperanza sobre el gesto inalterable de la muerte y que nos invitan a celebrar la vida como constante. De allí que el personaje de la novela de Carpentier llegue a la conclusión de que “ la grandeza del hombre está en querer mejorar lo que es …”.

Por eso, concluye el novelista y considero que también Del Olmo al recrear la realidad de Haití, que no hay una belleza o grandeza por conquistar en otro lugar y que lleno de plagas, miseria, el hombre solo alcanza su máxima grandeza en el reino de este mundo. Por eso los espíritus de Haití sacan a relucir esta expresión o búsqueda de la otra cara de los valores, mágicos, místicos que transforman a estos hombres y mujeres de esa tierra.

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Publicado el 24 de febrero de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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