La educación de ayer

La opinión del fotógrafo profesional…..

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ARISTIDES HERRERA B

En 1941, cuando ingresé al primer grado de la escuela República de Cuba, ubicada en el Centro Manuel Amador Guerrero, contaba con ciertos adelantos didácticos gracias a mi madre, quien era una educadora empírica con experiencia en los campos santeños. Pero yo carecía de un real amor por el aprendizaje, era un soñador y no atendía las clases de mis maestros.

Somos tres hermanos, siendo yo el encargado de las adquisiciones del hogar cuando niños. Acostumbré a sisar un real del dinero del desayuno para comprar el periódico matutino. Me aficioné a los crucigramas elaborados por Homero Alfaro, pero con el tiempo, ya en la secundaria, lo desdeñé para dedicarme a confeccionar mis propios acertijos esperando ser algún día el creador de los pasatiempos de La Estrella de Panamá.

Recuerdo, como si fuera ayer, un momento en que cursando el segundo año del Nido de Águilas, la profesora de matemáticas me sorprendió haciendo uno de mis pasatiempos en vez de poner atención a la lección por ella impartida. La aritmética no era mi preferida.

Sentía un gran entusiasmo por el dibujo y el idioma castellano. Me dediqué a vender mapas multicolores, afiches y todo aquello concerniente al arte de las líneas y las sombras, además de comercializar páginas de tareas de vocabulario puestas por mis profesores de lingüística. Gracias a Dios tuve magníficos guías de la lengua cervantina, entre ellos: Berta Cabezas de Domínguez, Ángela Herazo, Raquel de Filós, Isabel Illueca y Miguel Mejía Dutary.

La inolvidable autora de mis días soñaba verme vestido de sacerdote, pero al darse cuenta de mi gran admiración por las chicas optó por inculcarme el estudio de las ciencias, ansiando que yo fuera médico u cosa parecida. Lástima que su muerte a temprana edad le impidió ver cumplido tal deseo.

Su desaparición me obligó a separarme de mis estudios, porque fue padre y madre para mí. Anduve por el mundo sin rumbo fijo, sin ideas definidas. Me ocupé de mensajero bancario, lavé carros, hice de barbero, sastre, empleado de supermercados, además de practicar en laboratorios fotográficos y ejercer la buhonería. Por éste oficio paré dos veces en la cárcel. Tengo récord policivo por trabajar, y tiene un lugar especial en mi oficina.

Con los años me dediqué a la fotografía por completo. Al principio vendía fotos a La Decana, también a particulares y clubes cívicos, logrando figurar entre los mejores de la profesión. Eran tantas las imágenes proporcionadas por mí al rotativo que originaban cheques jugosos, por esta razón ingresé a su planilla, porque buscaban abaratar los costos de mis servicios. Esto trajo el beneficio del Seguro Social; aunque disminuyó mis honorarios.

Pero mi papel de asalariado permitió poner en práctica lo aprendido con mis antiguos instructores del idioma. Incursioné en la crónica deportiva, redacté cuentos, editoriales, poesías, noticias de toda índole. Estaba en mi elemento: Las letras. Vivía la pasión de mi vida, practicando las enseñanzas de mis añorados profesores.

Solo llegué al quinto año del Instituto Nacional; aunque la educación recibida no tiene parangón con la de hoy, donde hay oportunidades tecnológicas, despreciadas muchas veces por la juventud irresponsable. Por eso muchos dicen: La educación de antes era mejor.

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Publicado el 21 de febrero de 2010 en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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