La Humanidad miró hacia la ONU

La opinión del Embajador, Representante Permanente de Panamá ante la ONU…..

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PABLO A. THALASSINÓS

Quisiera que reconozcamos ciertos hechos importantes. 108 millones de personas dormirán sin hambre esta noche. 40% de los niños alrededor del mundo serán vacunados. Se plantarán mil millones de árboles alrededor del mundo. En los últimos 30 años, 300 millones de personas de escasos recursos superaron la pobreza extrema. La educación primaria universal alcanzó un nivel de 88% en los países en desarrollo. Serán asistidos 34 millones de refugiados que huyen de la peste, la guerra y la persecución. Cientos de miles de personas sacrifican sus vidas para lograr la paz y la seguridad en los territorios más peligrosos de este planeta.

Esto es lo que la Organización de las Naciones Unidas diariamente hace, y más. Aquel que cuestione la relevancia de este vínculo tan trascendental de acción y diálogo multilateral, simplemente no conoce, no reconoce, ni comprende —sea por ignorancia, miopía o tendencias insulares— la base dinámica del orden mundial. Por eso, con la colaboración de mi consejero político, Alberto Alemán, decidimos plasmar aquí una labor a veces no considerada.

El inestimable valor de esta Organización es que es el nexo principal donde se sostiene la constante comunicación de la comunidad internacional.  Sin esta comunicación sería imposible mejorar el mundo al paso acelerado que hemos presenciado desde la Segunda Guerra Mundial. Sin esta diplomacia sería muy difícil definir una agenda para resolver los desafíos globales. ¿Qué otro recurso nos queda para monitorear, promover, proteger y desarrollar los derechos humanos que constituyen los elementos universales de nuestras comunidades?  Tomamos por concedido los bienes de la civilización moderna, pero solo hasta el punto que la Naturaleza, tan misteriosa y caprichosa, desata sobre nosotros un desastre inefable.

Haití estuvo muy cercana a su meta de equilibrar sus monumentales problemas socioeconómicos, gracias al espíritu inexhaustible del pueblo haitiano, y la desprendida y noble labor de los miembros de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití (MINUSTAH).   Sin embargo, en el más precario momento imaginable, el Haití emergente sufrió la terrible tragedia que todos conocemos. Entre las 150,000 almas que fallecieron tan bruscamente, perdimos al jefe de la MINUSTAH, el Honorable Hédi Annabi, los señores da Costa y Coates, y el resto de los miembros del personal de la Misión, cada uno héroes de nuestros días.

Debemos reconocer y admirar la labor del secretario general de la ONU, el Honorable Ban Ki-moon, en reacción a esta desdicha. Su liderazgo ha sido firme, decidido, rápido y sobretodo instrumental en recabar la crítica ayuda humanitaria. Este hombre de pródiga energía logró que en escasas horas los países, organizaciones y agencias del mundo canalizaran sus esfuerzos a través del sistema de la ONU, para establecer los mecanismos necesarios para las operaciones de rescate, alivio y reconstrucción. Esta crisis ha resaltado su magnánima clase, y su gestión en estos días oscuros ha sido absolutamente inspirante.

Igualmente, es necesario comendar la generosidad de nuestro presidente, Ricardo Martinelli, y del canciller, Juan Carlos Varela.   Ambos han dominado esta situación de manera ejemplar. Con pulso firme y liderazgo virtuoso han demostrado la efectividad de nuestro gobierno para tomar medidas extraordinarias en tiempos extraordinarios.   La valentía de nuestro equipo de rescate del Sinaproc y del sacrificado equipo médico, liderado por el Dr. Pachar y otros, que hoy trabajan en Puerto Príncipe, ha elevado el estatus de Panamá ante el mundo.  Por ellos, se justifica nuestro orgullo.

Estamos franqueando el umbral hacia una globalización sin precedente histórico y caminando hacia una realidad que borra las fronteras imaginarias que hoy nos separan. El 12 de enero del 2010 marca un día cuando las diferencias mezquinas se echaron al margen para darle espacio a la unidad del espíritu humano.   De la ruina y la triste memoria de esta catástrofe se pone de relieve la irrefragable importancia de la ONU, que es más relevante que nunca. Lo más importante para los embajadores de esta augusta Organización, es unificar sus corazones y que sigan adelante, paso a paso, a través de la cooperación, para el logro de la verdadera paz y el bienestar mundial.

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Publicado el 4 de febrero de 2010 en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al  autor, todo el crédito que les corresponde.

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