Familiaridad, distancia, Navidad

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La opinión del Profesor de Filosofía……

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Charlie Del Cid

Ya se fue la Navidad. ¿Qué rápido? Bueno para algunos almacenes la Navidad empezó en agosto. Por eso cuando pasó el 25, ya iban quitando todo, pues había que cambiar. La espera es tan bella. Cuando hay razones para esperar, la espera es hermosa. Sólo algunos han descubierto lo hermoso de la espera. Eso requiere preparación.

Estos días nos acercan al misterio de Dios. ¿Cómo es posible que Dios se haya hecho hombre?  Para los gnósticos de los siglos II y III de nuestro tiempo, era inconcebible que Dios hubiese tomado carne humana.

Se entiende, entonces, que entre sus creyentes haya visto la luz el Evangelio apócrifo de Judas. Llega un momento en el que uno se pregunta: ¿será verdad que se hizo hombre? ¿será verdad que nació en Belén?

Hace unos años, un amigo me hizo notar que la familiaridad es muy difícil entre jefe y subalternos. Los jefes están con los jefes: el pueblo con el pueblo. Algunos van en primera clase: el resto en clase económica. El jefe no debe y no puede hacerse tan familiar a los dirigidos; podrían faltarle el respeto; podrían desobedecerlo. Sobre todo si es un puesto en el que la autoridad es vital. Esto ocurre en todos los órdenes de la vida. Los padres debemos ser padres y no pacieros de nuestros hijos: es decir debemos tener la distancia para corregirlos y regañarlos cuando es necesario.

Ese fenómeno ha vuelto a mi mente en estos días con respecto a la Navidad. Dios se hizo tan familiar a nosotros que hasta podemos tutearlo. Es más podemos negarlo. En esta época nuestra renacen agnosticismo y ateísmos.  Se me venía a la mente que Dios se hizo tan cercano que podemos borrarlo de nuestra vida.   Hasta sus paisanos dudaban de él. Su propia familia llegó a pensar que estaba fuera de sí – loco -.

Por mi mente de filósofo hay momentos en que dudo de Dios. La duda no es mala: lo malo es quedarse en ella obcecadamente.  Es un misterio la existencia de Dios; sobre todo cuando es tan bueno que permite el mal. Hay cosas que sólo las ve el corazón diría El Principito. Seguro Saint Exupery había leído a Pascal. Este sabio francés fue el descubridor del cálculo diferencial, fue el inventor de la primera calculadora moderna. Era un hombre de oración.

Una noche tuvo una experiencia mística. Mientras su corazón y todo su ser experimentaba a Dios escribió algunas palabras entrecortadas en un papel: “gozo, lágrimas, felicidad, alegría…” No era un discurso coherente, pero era tan real para él, lo que había ocurrido, que guardo el papel por el resto de su vida en el bolsillo interno de su abrigo, para que siempre estuviera el recuerdo cerca de su corazón.

Dicen que encontraron el papel luego de su muerte. Tal vez por eso Ludwig Wittgenstein, uno de los filósofos más reconocidos del siglo XX haya dicho “de lo que no se puede hablar es mejor callar”, pero también “Dios existe, se muestra en lo místico”. El asunto es que se ha hecho tan familiar que podemos negarlo.

Ya decía el Maestro: “yo te bendigo, Padre, porque has manifestado estas cosas a la gente sencilla”.

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Publicado el 7 de enero de 2010 en el Diario El Panamá América, y el 8 de enero de 2010 en el Diario la Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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