Balance del año legislativo

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La opinión del Empresario….

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RAFAEL CARLES

La actividad de la Asamblea Nacional suele medirse por la cantidad y trascendencia de las leyes tratadas, la calidad de los debates legislativos y el grado en que los representantes del pueblo han receptado las inquietudes ciudadanas y reflejado los temas principales de interés público.

En los tres aspectos, el balance que deja el período de sesiones ordinarias que acaba de concluir es pobre y deslucido. Los setenta y un diputados han actuado más como órganos refrendatorios de las iniciativas y proyectos enviados por el Órgano Ejecutivo, que como Órgano Legislativo con iniciativa propia. Contribuye a ello la mayoría relativa con la que cuenta el Gobierno, pero también la fragmentación y la difusa visibilidad de la oposición.

Solo en algunos casos muy esporádicos la Asamblea Nacional hizo eco de problemas acuciantes, prohijando y acelerando el tratamiento de proyectos, pero nunca hubo verdaderos debates ni posturas valientes en torno a temas del acontecer nacional. El “ madrugonazo ” del pasado jueves 24 para la ratificación de los magistrados, demuestra el circo que han instalado, donde supuestamente se debe crear leyes y dar ejemplo de decencia.

El Órgano Legislativo se ha acostumbrado a que el Ejecutivo lo convoque para sesiones extraordinarias, mellando así la iniciativa y capacidad de los diputados de entender los problemas de la comunidad. En un pasado, la Asamblea Nacional sesionaba solo tres meses del año, del 1 de octubre al 31 de diciembre, y el resto del tiempo los honorables diputados se encargaban de gestionar proyectos y trabajar en sus respectivas provincias. Pero hoy día, al ritmo que marchan estos hijos de la patria, no alcanzan a atender ninguna de sus responsabilidades.

Y por lo visto, como de costumbre, el 2010 tiene todo el aspecto de que será otro año de lo mismo. Es lamentable que, dada su alta importancia dentro de las estructuras del Estado, los diputados registren una baja productividad, lo cual contribuye para que cada vez pierdan aún más su prestigio y motiva a los ciudadanos a sentir repudio y desencanto por ellos. Las encuestas los sitúan de último en la categoría de credibilidad y solo los privados de libertad podrían marcar peor.

Los panameños sufrimos por más de dos décadas de la crisis más triste, catastrófica y memorable de los últimos cien años. Triste por innecesaria, catastrófica por sus consecuencias y memorable porque la estabilidad institucional, la paz social y la seguridad personal fueron violadas.   En 1989, una serie de circunstancias proveyeron una red de contención y terminó la era de la dictadura, y luego el presidente Guillermo Endara se encargó de estabilizar el país y consolidar la gobernabilidad. La economía se recuperó en un entorno internacional extraordinariamente favorable, lo cual permitió el cumplimiento de algunas promesas.

Pero, a pesar de que en la nueva era democrática la economía ha crecido, la inversión ha aumentado y el empleo se ha estabilizado, y se han creado mecanismos para financiar miles de millones de dólares para infraestructuras y construcciones, aún la actitud de los políticos, principalmente los legisladores y ahora los diputados, es la de colmar la paciencia de los ciudadanos que los eligieron.

Aunque el país ha encontrado una fórmula milagrosa para consolidar la economía y recobrar la credibilidad ante los ojos del mundo, aún falta mucho por lograr la legitimización de sus instituciones y gestionar una transformación de su clase política.

Las causas profundas por el bajo rendimiento de los diputados tiene que ver con el grave deterioro de la institución que representan, con el desinterés por la responsabilidad, con el desprecio por la decencia, con la excesiva compulsión por echar mano a la Cosa Pública, con la colonización del Estado, con la corrupción rampante, con la mediocridad que incentiva el “ juegavivo ” y que lleva a los más influyentes a ocupar espacios y aprovecharse de los mismos para su propio beneficio.

El negociado con los autos exonerados, la construcción de recámaras secretas dentro del recinto legislativo y la ausencia reiterada a reuniones plenarias son ejemplos de que no hacen nada por quedar bien. Incluso, estando en sesiones extraordinarias, chatean por celular, juegan sudoku y llenan crucigramas.

Desafortunadamente, esta realidad es funcional a una clase política que resulta colectivamente inoperante, que desea a toda costa conservar sus foros y privilegios, y que ha aprendido que la inmunidad astutamente administrada (con contratos para “ los amigos ”, partidas “ circuitales ” sin contraprestación y obras sociales para “ distraer a la opinión pública ” de su vagancia) constituye una fuente inagotable de poder.

¿Podrá el gobierno del presidente Martinelli romper con este círculo perverso de fiesta y crisis que caracteriza a Panamá?   ¿O habrá que esperar una nueva camada de locos para que una nueva y vigorosa fuerza se organice y asuma la responsabilidad histórica de realizar la inevitable transformación?

Quien se proponga seriamente realizar la indispensable tarea de cambiar la forma de pensar y trabajar de los diputados de la Asamblea Nacional deberá dejar de aferrarse a las estructuras pasadas, promover la consulta directa con el pueblo y enmendar el daño causado por años de ineficacia y desaciertos. Igualmente, deberá emprender las reformas necesarias para que nuestras instituciones, nuestros magistrados y jueces, nuestros maestros, nuestros policías, nuestros médicos, nuestros políticos y nuestros ciudadanos comiencen a funcionar de acuerdo a su potencial y no a las circunstancias oprobiosas toleradas por una dirigencia más aferrada a sus privilegios que a un proyecto nacional serio y progresista.

El principal desafío que tienen los diputados en la actualidad es destrabarse del nudo que ellos mismos se han amarrado por ineficientes e incapaces, quitarse la máscara inmerecida de personas honorables e iniciar un proceso de cambios profundos que los pongan finalmente a la altura que el cargo merece.

Ambicionamos que el año 2010 nos permita ver la luz de un proyecto de desarrollo nacional en serio, que tenga como objetivo el terminar con el largo ciclo de disgustos y fracasos que padecemos por culpa de los diputados.

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Publicado en 29 de diciembre de 2009 en el diario La Estrella de Panamá a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

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