Cuotas de poder y la vida de otros

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La opinión del Comunicador Social…..
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ERNESTO A. HOLDER

A finales del otoño de 2006, el capitán de la aeronave anunció un cambio inesperado en las condiciones climáticas y que apenas una hora antes había comenzado la primera nevada sobre la ciudad Seattle. Advirtió que, por lo inesperado del suceso, el trasporte en tierra estaba siendo afectado y que cada pasajero debería prepararse para tomar las medidas apropiadas, porque los taxis y autobuses que servían las rutas desde y hacia el aeropuerto estaban dejando de funcionar por las peligrosas e inesperadas condiciones.

Ya fuera del aeródromo y con la intención de encontrar la mejor forma de trasladarme a mi hotel, comprendí que la situación era más dificultosa de lo que me imaginaba cuando el capitán hizo la advertencia. Entre el hambre, el cansancio (eran cerca de las 10 de la noche) y el caos que provocaba la situación, traté de entender el orden de las cosas.

De pronto se acercó un Van como de 15 pasajeros, el conductor me miró y dijo: “ ¡Downtown! ”. Varias personas y yo nos subimos. El conductor se encargó de las maletas y en medio de las transacciones usuales de precio, hotel, etc., una diminuta mujer afroamericana de unos 5 pies de estatura, arropada: guantes para el frío, quepis, una linterna y pito, se asomó al Van y gritó: “ Everybody out! ” (¡Se bajan todos!). Inmediatamente le increpó al conductor que tenía que seguir las reglas y que se diera cuenta de que habían personas esperando que en ese momento todos en el Van, el conductor y Yo, desconocíamos por lo rápido que se dieron los hechos.

Las ganas de salir prontamente se congelaron, cuando se fue haciendo notable la existencia de una interminable y sinuosa fila de personas que, a la falta de la variedad de alternativas de trasportación, (taxis, limusinas, autobuses,), se adhirieron a las reglas de la señora del pito para tener opción de acceder a lo que llegara primero; compartir los vehículos con otros pasajeros que iban en direcciones similares. Ah, y esperar su turno. Seis horas después, a las 4 de la madrugada pude llegar a mi hotel.

Con la misma autoridad con que nos bajó a todos del Van, desde mi lejano puesto en la fila, la diminuta mujer del quepis y el pito, ejerció con firmeza y determinación la cuota de poder que las circunstancias de esa noche le ofrecieron.   En la fila había gente común —como yo, que vamos y venimos todos los días en la lucha por la existencia.   Artistas, deportistas, estudiantes.   Pero también noté la presencia de personas adineradas, cuyas limusinas o chóferes no pudieron llegar a recogerlos, por el caos que reinó en la ciudad aquella noche.   Altos ejecutivos de quién sabe qué importantes empresas; gente muy bien acomodadas, acostumbrados a tomar decisiones y a mandar.   Entendimos en ese momento en dónde se concentraba el poder y quién lo ejercía con firmeza y determinación.

En ese doloroso frío se formaron pequeños grupos de tres, cuatro personas que charlaban para hacer más llevadera la espera (o en protesta solidaria). Nunca dejamos de intranquilizarnos cada vez que sonaba ese pito; cada vez que esa mujer recorría la fila para cerciorarse de que nadie se colaba; cada vez que un nuevo grupo de desorientados llegaban para darse cuenta de quién tenía la sartén por el mango.   Es natural que alguna gente se retirara, pero siempre había por lo menos 300 personas en la fila.

Un grupo me invitó a que pusiéramos 100 dólares cada uno para ofrecerle a un conductor de limusinas (que estacionado se tomaba una sopa caliente), para que nos llevaran al centro de la ciudad. Había conspiración y temor por se descubiertos por la mujer del pito, así que desistieron.

La vida nos ofrece de vez en cuando una cuota de poder, a algunos más que a otros, la historia está llena de ejemplos. En un mundo de circunstancias pasajeras, la vida también nos ofrece la oportunidad de decidir cómo queremos ejercer ese poder.   Es natural asumirla con determinación, o pasárselo a otro.   La determinación puede ser sutil, pragmática, tenaz o brutal. Las cuatro nos retratan tal como somos. Y cuando se trata del control de la vida de las personas, más nos vale hacer lo necesario para que no mueran en el frío o para que nuestro retrato no inspire el más profundo odio.

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Publicado en 28 de diciembre de 2009 en el diario La Estrella de Panamá a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

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