Verdades que duelen

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La opinión de….

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Carlos Guevara Mann

El viernes 18 de diciembre se llevó a cabo un homenaje póstumo al patriota civilista y panameñista, Gonzalo Menéndez Franco, a 10 años de su defunción.

Tras el evento religioso, en la Iglesia de Guadalupe, tuvo lugar un coloquio en el cual copartidarios y amigos, junto a su distinguida familia, relataron algunas anécdotas de la vida del Dr. Menéndez Franco, caracterizada por el apego a la legalidad y el sacrificio en pro de los valores democráticos y cívicos.

Dos días más tarde conmemoramos 20 años de la invasión a Panamá, que desalojó del poder a un régimen despótico, el cual a lo largo de cuatro lustros de dictadura estuvo liderado por sujetos que le hicieron enorme daño al país y a las libertades ciudadanas.

En la historia nacional, Torrijos, Paredes, Noriega y sus adláteres, quienes ejercieron el mando absoluto en el país durante ese oscuro período, representan exactamente lo contrario de lo que simbolizan la lucha y la trayectoria de ciudadanos probos y verticales como Gonzalo Menéndez Franco, quien por su lealtad al sistema democrático y a los principios civilistas, sufrió –junto con su esposa e hijos– la persecución, el encarcelamiento y el exilio.

Es, por tanto, motivo de dolor que el Panamá “democrático” de hoy valore más a los dictadores militares y sus amanuenses civiloides que a quienes entregaron su vida por promover la justicia, la democracia y la libertad.

En el Panamá contemporáneo no hay un solo monumento público a la memoria del Dr. Menéndez Franco, como tampoco los hay en recuerdo de otros adalides de la democracia, el civilismo, el nacionalismo y la justicia social, como Carlos Iván Zúñiga, Guillermo Endara Galimany, Leopoldo Aragón, Floyd Britton, Héctor Gallego y tantos otros.

Numerosas obras públicas, sin embargo, celebran las ejecutorias tiránicas de Omar Torrijos; el más insólito de todos es el Hospital de Especialidades Pediátricas de la Caja de Seguro Social, en Las Sabanas, que lleva el nombre del sátrapa, un individuo cuyos crímenes de lesa humanidad dejaron decenas de niñas y niños en la orfandad y el sufrimiento. Paredes, a su vez, ejerce funciones públicas en uno de los despachos del poder ejecutivo, como si proscribir la libertad de expresión otorgase idoneidad para trabajar en el gobierno.

Noriega está convenientemente instalado en una prisión estadounidense, gozando de comodidades superiores a las que disfruta la mayoría de los panameños. Mientras tanto, los numerosos crímenes que cometió en Panamá permanecen impunes y sus intereses se mantienen bien resguardados por la red de complicidades que armó la dictadura y ningún gobierno “democrático” se ha atrevido a desarticular.

Peor todavía es lo que ocurre en el ramo de la enseñanza de los temas relativos a la dictadura y la invasión.   El 20 de diciembre de 2009, en El Panamá América, el escritor Rafael Montes Gómez fue el más reciente denunciante de la mala calidad y “la sarta de mentiras” –beneficiosas para el militarismo, por supuesto– que contienen los textos empleados para “enseñar” a los estudiantes la historia reciente.

Mucha culpa por la falta de conciencia y conocimientos de lo que ocurrió en el país a lo largo de dos décadas de dictadura militar la tienen algunos medios de comunicación, quienes en el cumplimiento de las inconfesables agendas de sus propietarios han dado protagonismo a sujetos que deberían estar tras las rejas.

Tal cual lo comentó, en la ya mencionada edición de El Panamá América, el Dr. Juan Carlos Ansín, en días pasados hemos visto cómo han organizado “paneles” de “expertos” sobre política e historia, que han incluido a estafadores, traficantes, violadores y asesinos.

Con la excusa de buscar una supuesta “reconciliación”, sin que los implicados en tanta barbarie hayan siquiera emitido una expresión de arrepentimiento, lo que pretenden estos medios es anular la responsabilidad de sus “panelistas” con el atropello y la brutalidad.

Ahora ninguno de ellos hizo nada malo, ninguno mató, torturó, persiguió, reprimió, robó ni traficó, ninguno conocía a Noriega, todos seguían “órdenes superiores”. Así pretenden igualarlos, en la opinión pública, a valientes ciudadanos como Gonzalo Menéndez Franco, cuya vida fue un combate permanente contra una mafia mentirosa promotora de las peores conductas.

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Publicado el  23 de diciembre de 2009 en el diario LA PRENSA, a  quien  damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

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