Los sí y los no en materia de seguridad

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La opinión del Abogado y Ex Sub Director de la PTJ…..

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Javier Chérigo Hurtado
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No intento erigirme en profeta del caos ni de la calamidad, pero denominémosle pecado, falta, delito común, pandillerismo, crimen organizado, terrorismo, como queramos, tiene que ver con seres humanos. Aceptando nuestra naturaleza, debemos orientar la seguridad hacia el desarrollo de modelos, métodos, sistemas, procedimientos y protocolos que disminuyan el riesgo de convertirnos en víctimas; además de prevenir, desanimar, persuadir e investigar y descubrir a los que, al margen de la ley, cometen hechos criminales, enviándoles el mensaje de que el crimen paga, pero con la privación de sus derechos fundamentales, por lo que serán aprehendidos antes o después de cometerlos.

Los especialistas asocian la criminalidad con variadas causas, prefiriendo catalogarla como de índole social, relacionándola con la pobreza o la falta de educación. No debemos sentarnos a esperar una revolución social que garantice al ciento por ciento una redistribución equitativa de las riquezas y niveles de estudios universitarios a la población, pensando que súbitamente desaparecerán los delitos.

La experiencia me enseñó que la criminalidad, fundamentalmente, se trata de una “precondición” que alienta a las personas a ejecutar cualquier acción criminal, sin que esta disposición la motive la pobreza o la falta de escolaridad; por el contrario, en cualquier nivel social la estimularía la certeza que se tiene de lograr el cometido sin ser atrapado, en especial si la recompensa es dinero.   Se arriesgan a pesar de la posibilidad de que pueden ser detenidos, aun así lo asimilan muy bien.  El punto en que nos aventajan los delincuentes es que analizan los errores de las autoridades; por ello, la ciudadanía no percibe avances en materia de seguridad pública, ya que intuye que no se trata de disminución en los índices de delitos cometidos, ni siquiera de treguas, sino que los criminales evalúan la situación.

Los transgresores, al estudiar las fallas en la estrategia de los organismos de seguridad, replantean su modus operandi, asumen riesgos y reemprenden sus actos ilícitos.   Los efectos negativos son que la comunidad estimará como inútiles los esfuerzos y sopesará la posible ausencia de liderazgo y creatividad.   La política criminal y los planes de seguridad pública, para que sean eficientes, deben ser constantemente modificados sin que ello implique reformas burocráticas.

Quizás un error sostenido es la manera en que asimilamos la experiencia y la ayuda externa, estas deben permitirnos entender:   ¿Qué llevó a nuestros socios internacionales a modificar sus políticas y estrategias?   ¿Cómo dieron forma a su modelo de seguridad pública vigente?   ¿Cuánto tiempo les tomó lograrlo? ¿Cuáles fueron las causas, limitaciones y los compromisos? ¿Quiénes intervinieron? ¿Por qué funcionó esta táctica o no? ¿Dónde pusieron mayor énfasis?    Previamente, debemos reflexionar sobre nuestra coyuntura para interpretar y aprovechar las similitudes, no copiarlo sin discernir lo útil y factible de lo ideal.

He observado similitudes en materia de seguridad pública entre la administración anterior y la actual y, aunque bien intencionadas, quizás están aplicadas en condiciones inapropiadas.   Por ejemplo, la forma en que se efectúan las tácticas de persuasión, sin programas que promuevan educación ciudadana y de los agentes del orden; así, aquellas no funcionarán adecuadamente en la prevención o persecución de los delitos.

Se invirtieron millones de dólares en un sistema de videovigilancia,  han comprado vehículos, equipos y armas, todo esto puede observarse en las esquinas de las calles más transitadas; lo mismo ocurre con los vehículos policiales estacionados a la vista, con sus luces encendidas y dos policías desaprovechados, como si se trataran de modelos y avisos móviles publicitarios, que nos invitan a percibir que la simple presencia policial persuadirá a los delincuentes de no cometer actos criminales, aun cuando sabemos que variaron su modalidad y efectúan asaltos y homicidios en motos, huyendo con facilidad a pocos metros de una cámara o puesto de vigilancia.

Para mitigar la impunidad, debemos retornar la autonomía en la investigación de delitos, distinguiéndola por su especialidad de la prevención policial,  no ignorando que la fusión de ambas incidió en el aumento de la criminalidad; debemos promover el servicio público comprometido, no defender las malas acciones ni esconderlas; debemos seleccionar y capacitar al funcionario, no desechar a quienes tienen más experiencia; debemos intervenir y cooperar en esfuerzos internacionales, no menospreciar nuestro liderazgo, creatividad y experiencia; debemos derogar o modificar las normas constitucionales y legales, si es que realmente no compatibilizan con políticas criminales y modelos de seguridad pública progresistas, no debemos dejar de cumplir y hacer cumplir la Constitución y la ley so pretexto de ser obsoletas; debemos asimilar que la criminalidad es una condición propia del humano y no debemos tolerarla; debemos desarrollar programas con 20 o más años de compromiso perdurable, bajo los principios de liderazgo, creatividad y constancia, y no hacer esfuerzos inútiles, quizás mal aprendidos, que no favorecen la prevención del delito ni disminuyen la impunidad.

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Publicado el  10 de diciembre de 2009 en el diario LA PRENSA, a  quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

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