Sancho de la Mancha y Don Quijote de la Panza

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La opinión del Economista

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FRANCISCO  BUSTAMANTE

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En mis clases de español con Elisa Zetner, Instituto Nacional, acostumbrábamos a leer semanalmente 5 capítulos de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote. En una clase nos preguntaron qué día de la semana llegó el Ingenioso Hidalgo a la venta. Nos miramos a la cara, y alguien, tímidamente, dijo que el libro no lo decía. La profesora nos aclaró que no lo expresaba claramente, pero sí por otros medios. Pensando, un compañero levantó la mano, y dio la respuesta correcta.  Fue un viernes. Y la explicación es que el día que llegó el Quijote, le sirvieron de cena el menú de los viernes. Simple verdad? Bueno, eso se llama enseñar a pensar, no a repetir librescamente lo que leíste. Y esa era la diferencia que hacía del Instituto de entonces, una escuela distinta.

Pero esa no es la historia que te quiero contar. Quiero compartirte que ese tipo de enseñanza me motivó a leer. Tanto, que por mi cuenta leí la segunda parte del libro, así como muchos otros más. Del Quijote aprendí algo notable, para mis escasos 15 años que tenía en la época. Hoy cuando cuadruplico esa edad (no como las tarjetas de teléfono que te cuadruplican…el costo de los minutos quedando al final en lo mismo), todavía me trae recuerdos entrañables, como diría mi amigo Rafael Millán, hispano – catalán de tuerca y tornillo.

Aprendí que una cosa es la percepción, y otra es la realidad. Hasta donde lo que vemos es lo que existe? Obviamente nuestras visiones están condicionadas por la super estructura de pensamientos, ideas, conocimientos, valores, y deformaciones mentales y espirituales que tengamos. Así, donde el Quijote, con su mente obnubilada por las tupidas lecturas caballerescas, tal vez por una crisis de medianía de edad (andropausia le dirían ahora),  o por una ansia irrefrenable de darle sentido a una vida que veía extinguirse, distinguía gigantes, donde había molinos, caballeros donde había rufianes, bellas damas, que para otros eran apenas zafias mujeres,  etc.  Y su alter ego, Sancho? Este, dentro de su rusticidad, limitado desarrollo intelectual, no tenía capacidad para interpretar. Era tan simple y llano como las nubes, las colinas, los rebaños de ovejas o las naturales funciones fisiológicas del cuerpo. Pero aquí ocurre, como con los alquimistas, una transmutación, no del plomo en oro, sino de la mente y el espíritu.

Mientras el Quijote, a golpes, caídas, maltratos desciende de las montañas de su mundo irreal y de ensueños, y acercándose al final de su vida empieza a ver hacia atrás, sin falsos oropeles lo que había sido su vida,  recobra la cordura, si es que existe tal estado de mente.

Entretanto, Sancho, el fiel escudero, empieza a soñar. A pensar que hay un mundo que va más allá de la percepción cruda y simple de lo que siendo evidente, no necesariamente es el Todo. Con quien me quedo? Creo que con Sancho de la Mancha, que aprendió a soñar, que empezó a creer en cosas posibles, aunque no evidentes. Por eso, todavía voy a votar, y me atrevo a escribir, a creer que merece la pena luchar por lo que se cree. Los invito mis amigos, a imitar a Sancho de la Mancha.

Enviado a Panaletras el 11/27/2009 a las 07:27 a.m.  para su publicación por el autor a quien damos todo el crédito que le corresponde.

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