La niña que mora en el Club de Yates

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La opinión del abogado…..
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ROLANDO  ANGUIZOLA

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El Club de Yates y Pesca de Panamá, no es un ente jurídico, es la unión de 680 familias, que por estatuto no realizan actividades de lucro.

Sin embargo, desde inicios del proyecto Cinta Costera, construido encima del club, los socios hemos recibido granizadas de críticas que han tenido el efecto de provocar nuestra demonización.

Mucha gente nos aborrece, ignorando el sacrificio de una organización que aceptó la destrucción de sus bienes patrimoniales en beneficio de Ciudad de Panamá.

De tanto ver figuritas repetidas, hemos aprendido a identificar la lista corta de los adversarios y detractores, nombres que frecuentemente se repiten y por simple asociación deductiva permiten ver en la penumbra, retratos hablados de gente ambiciosa, sin mayores escrúpulos para traicionar a sus allegados de ayer (o del presente) y que no hacen diferencia entre destruir al competidor que estorba o perseguir un club, que no posee caja registradora.

Para las sombras, el nuevo relleno del club sobre el que están nuestras lanchas, arracimadas a la intemperie, en sabias manos (de ellos), puede ser transformado en utilidad de cientos de millones de dólares como el (sic) anfiteatro, un centro comercial exclusivo en el mejor estilo de Bayside y refugio para yates o veleros extranjeros en beneficio de la alta clase internacional, etc.

Para las familias del club, el fondo de mar que de manera precaria ocupamos en el presente, solamente es una estación que facilita la operación de nuestras embarcaciones y las actividades deportivas, sociales y altruistas a las que nos hemos dedicado por más de cincuenta años.

Al pastel envenenado que hoy día es el club, los “ tycoons ” (apelativo que les encanta), le han bautizado con el nombre clave “ La Niña ”, sueñan que es una hija en proceso de adopción, que ansían agregar a la prole de sus muchos negociados.

La Niña también es el nombre de la última “ nao ” del Gran Almirante, una carabela rebelde, con velas cuadradas y sin rizos, que por lo difícil de obligarla con golpes de timón, al navegar necesitaba un piloto muy avezado en las artes marineras.

La Niña nuestra también es rebelde, difícil de conquistar, porque cumplió 53 años enfrentando mares tormentosos y con esa edad tiene suficiente experiencia para no caer en manos de cualquier capitán de industria que le haga caritas.

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Publicado el 29  de noviembre de 2009 en el diario La Estrella de Panamá, a  quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.

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