Reconocimiento y valores de conveniencia

La opinión de….

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Ricardo Salcedo
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Reconocimiento y valores de conveniencia

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Ha causado perplejidad la noticia de que, en principio, el Gobierno de Estados Unidos (EU) está considerando seguir el ejemplo de otros y no reconocer los resultados de las elecciones que se celebrarán en Honduras el próximo noviembre.

Con semejante posición el gobierno de esa gran nación, que tantas veces pero en otras circunstancias ha expresado su apoyo al querer de las mayorías –siempre que éstas no tiranicen a las minorías– descarta por adelantado que los resultados de tales comicios sean legítimos, aunque correspondan a la voluntad de esas mayorías, libremente expresada y escrupulosamente contabilizada.

Tal actitud contrasta con la asumida con Panamá cuando anteriores gobiernos aceptaban la aparente transferencia de presidencias, de un títere a otro, con procedimientos antidemocráticos, durante la dictadura policial–militar de 20 años iniciada en 1969, después de una junta militar en 1968, que ellos mismos se encargaron de desmantelar cuando ya no les convenía más.

En ese entonces condonaban –aunque algunos senadores dizque ignoraban la existencia de una dictadura de varios años– hasta los fraudes electorales que ocasionaron que a un presidente así entronizado le llamaran “fraudito”.  Luego, cuando a éste lo defenestraron, al querer actuar como mandatario creyendo que podría detentar algún poder, voltearon la cara y “cambio y fuera”.

Esa siempre ha sido la aplicación de la política “realista” de algunos de sus gobiernos, conjuntamente con la de la tesis de que en las relaciones internacionales  EU trata con países y no con gobiernos. Pero, en realidad, eso es relativo y ocasional, no siendo otra cosa que los ropajes que las grandes potencias y bloques políticos usan cuando les conviene, porque, según otra teoría cínica: “los países no defienden principios, solo intereses”.

¿Acaso la persecución de intereses es, o deba ser, la justificación para que se desconozcan los resultados de una votación por más libre, limpia y legítima que pueda ser? ¿Es que para los que los impugnan no tienen importancia esos valores? Si las elecciones aún no se han celebrado ¿cómo pueden asumir que no cuentan con el aval de una amplia mayoría respetable del pueblo hondureño –los verdaderos dueños de su país– que incluye a los estamentos sociales, políticos, judiciales y religiosos? ¿Se ha verificado tal situación?

De lo que se trata no es si un gobierno que celebra elecciones para ser reemplazado por quien legítimamente gane es o no legal, sino de si el ganador triunfa en buena lid con todas las garantías para todos los contendores dentro de las leyes… y que la victoria le sea reconocida.   Por lo que lo procedente sería gestionar la presencia de observadores internacionales para vigilar votaciones y escrutinios.

En Panamá, meses antes del final de la dictadura milico–policial mencionada,  el dictador de turno repudió los resultados de las elecciones presidenciales y las anuló porque a pesar de todas las intimidaciones, atropellos y coacciones resultaron holgadamente favorables a la candidatura civilista opositora a la del PRD de la dictadura.

El país se tuvo que aguantar solo el abuso porque ni la OEA ni los países europeos que ahora pertenecen a la Unión Europea hicieron nada ni suspendieron el reconocimiento de aquel régimen dictatorial, para condenarlo, descarrilarlo, aislarlo y asfixiarlo. Algunos ni seruborizaron y continuaron colaborando con la dictadura.

No por omisión, como en Panamá, sino por acción los falsos demócratas que encabezan el apoyo a un destituido aspirante a dictadorzuelo en Honduras –quien quería reelegirse sucesivamente como sus mentores con manipuladas votaciones en ficción de democracia– pretenden desviar el propósito de las autoridades actuales de cumplir con el calendario electoral, legalmente establecido desde el gobierno del destituido y malversador funcionario de fondos públicos, y evitar que al país se le despeje el horizonte político.

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Publicado el 21 de septiembre de 2009 en el diario La Prensa a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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