El ‘compañero’ Martinelli

La opinión de….

.Jaime Porcell

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El ‘compañero’ Martinelli
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A nadie extrañó que, en su discurso inaugural, Ricardo Martinelli nos advirtiera que arribaba el estilo empresarial. Lógico suponer que los primeros meses serían de preparación para asumir las grandes tareas que requiere un Gobierno que invertirá la cifra récord de B/. 15 mil 500 millones en el quinquenio.   La manida misión de mejorar la calidad de vida justificaba que el erario recaudara más de la ZLC, bancos, casinos, tabacaleras y licores, eliminara la equiparación, revisara contratos de energía, etc.

Sin embargo,  a 80 días, blande ante empresarios el lenguaje incendiario izquierdista, mientras las transformaciones hacia un Estado eficiente aún esperan.   Así, y sin nada que ver con productividad, aumenta el salario a policías, entrega los B/. 100 para los de 70.

Ayer acusa a las generadoras eléctricas de capitalismo salvaje.   Azota a los “cocotudos coimeros” de Zona Libre de Colón, incluso apela a la lucha de clases.   Y en un retorno poco glorioso de la efectiva publicidad negativa, azuza a los empleados: “los empresarios no pagan impuestos, ustedes sí.   No se dejen utilizar -ahora le toca al pueblo-”.   El regreso del lenguaje incendiario rememoró aquella publicidad negativa de campaña con que derrotó a cuanto adversario enfrenta.

La modificación impositiva al alza significa un triunfo del poder autoritario, nunca del convencimiento de unos sempiternos argumentos de ayudar al país, menos de una autoridad moral oficial que está en la palestra.

En medio de la retórica izquierdista, brilla por su ausencia un proceso de cambio organizacional para transformar al Estado.   Apenas aparecen tibios intentos de incluir herramientas gerenciales tipo cuadros de mando integral.   Tampoco hay visos de instauración de una cultura de servicio orientada hacia el contribuyente.

Si no es con el contribuyente, entonces, ¿a quién se refiere aquello de “ahora le toca al pueblo”.   La definición de Pedrito Altamiranda, “pueblo somos todos” apela a una sumatoria indistinta de ciudadanos. Para un Rubén Blades en los años 80,  es “el pueblo que es soberano… pueblo que da la vida por derrocar a un tirano”. El cantautor deja entrever un sentido político de unidad espiritual en la lucha.   En la tradición de la izquierda, pueblo significó la clase social oprimida.   Y a esta intenta apelar “el compañero” cuando pone al Gobierno a representar el grupo humano de opresión histórica.

Nuestra sociedad reclama un líder legítimo, léase Ricardo Martinelli, que dé coherencia al proyecto común de mejor vida.   Sin embargo, toda gestión pública camina al paso, no de la élite dirigente, sí de una burocracia, léase clientelista, desmotivada y de tecnología atrasada.   Y cada vez que aflora la trabazón del desfase entre lo esperado y los resultados organizacionales, la élite dirigente parapeta su propia frustración e incapacidad en dinamizar al monstruo burocrático, tras viejos conocidos: regaño, amenazas y despidos.

Hoy sabemos que estos tres actúan a la par del nonagenario liderazgo autocrático.   Además, cuando el sujeto regañón desaparece, el juega vivo y la falta de iniciativa, amamantados desde la escuela, regresan.

La presión de arriba hacia un personal mal preparado y sin herramientas gerenciales, no pretende elevar la productividad del Estado.   El ácido debate con una Fenasep cuestionada por incluir inmerecidos en carrera administrativa, evidencia que la nueva administración luce empecinada es en un recambio parcial de figuras con presencia del clientelismo y nepotismo.

El Presidente, aún embebido en la erótica del aplauso de aquí y acullá, hoy luce poco dispuesto en acopiar la paciencia necesaria para conducir desde Palacio la transformación del Estado.   Nuestro líder apela a tres mecanismos para defender su administración: revivir el discurso inflamado de campaña para arrinconar al adversario.   Además, culpar de la ineficacia a la burocracia, y corrupción PRD, para así legitimar persecución y despidos.   Y finalmente, ir hasta la lejana residencia de Castelgandolfo a rogar una bendición papal, cuya magia ojalá nos dé, si no paciencia, por lo menos tolerancia.

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Publicado el 15 de septiembre de 2009 en el diario La Prensa; a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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