TV, narcisismo y violencia

La opinión de la periodista…
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MAYELLA LLOYD

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TV, narcisismo y violencia

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La evidencia clara de la cotidianeidad nos demuestra cómo la escalada de violencia se ubica como una de las mayores preocupaciones que nos aquejan.

Todo ocurre ante la incapacidad de las autoridades, que no hacen más que aplicar parches a un problema que debe ser tratado de raíz y, de paso, algunos medios televisivos que, de la manera más grosera, anteponen el negocio sobre el bien común.

Este escenario no hace más que impacientarnos por la forma en que nos convertimos, cada vez más, en esclavos y víctimas de la incapacidad, el “ rating ” y la malignidad generalizada del entorno, producto, en gran medida, de las anteriores, sin dejar de otorgar su responsabilidad a la familia. Hoy, es más importante tener BlackBerry que comer o pagar la luz. Es un tema tan complejo, cuyo análisis contiene diversas aristas, pero quisiera referirme en esta oportunidad al caso particular de los medios televisivos y la violencia que promueven y dejar para otra ocasión la chabacanería reinante actualmente.

Hace algún tiempo, recuerdo haber visto un reportaje en un canal extranjero sobre el caso de un niño que, al ver los cartones animados en la televisión, quedó tan impresionado con la imagen de un monstruo aparecido por sorpresa que por más de una semana no logró conciliar un sueño sereno, atormentado por esa imagen que recurrentemente volvía a su pensamiento en forma de pesadillas.

Para algunos, esta podría ser una historia de carácter espectacular para un noticiero, contada de forma banal, apta para un titular que genere “ ratings “; sin embargo, ese mismo programa, de una empresa televisiva responsable con su público, presentaba a profundidad cómo un simple programa de televisión puede ser nocivo a la psiquis de cualquier persona y, más aún, a la de los más pequeños.

En el reportaje hacían referencia a que no es hasta aproximadamente los 10 años de edad que un niño está en grado de distinguir las diferencias entre realidad y ficción y cómo, en el caso de los pequeños, van más allá de su capacidad de comprensión y asimilación emotiva, obligándolos a recibir pasivamente aquello que pasa por sus ojos, sin poder distinguir lo que es lícito de lo que no lo es. Finalmente, cuando está en grado de comprender los complejos secretos de la pantalla chica, aquellas imágenes habrán dejado huellas indelebles en los procesos mentales.

Lo anterior demuestra cómo un niño que pasa largas horas frente a la TV, sin supervisión de un adulto responsable , puede caer en una conducta de indiferencia emotiva que se verá reflejada posteriormente en su vida, convirtiéndose en un círculo vicioso. Sobre los adultos remarco responsable , porque la mayoría de las veces son adultos, entre ellos los padres, quienes someten a los menores a programaciones, conversaciones y acciones no aptas para ellos, lo que influye en su precoz percepción de la realidad, y hacen casi imperceptibles las categorías de bueno y malo en su mente.

Claro está, son varios los factores que determinan nuestro comportamiento, algunos de hecho intrínsecos, pero se ha evidenciado cómo el ambiente influye en un porcentaje importante, cómo la exposición continua a imágenes violentas logra una adaptación y un hábito que induce en el espectador ingenuo (por no decir cretino producto de la programación chatarra que nos ofrecen) un estado de ánimo que exalta el protagonismo.

Prueba escalofriante de este protagonismo mal asumido es la respuesta de algunos jóvenes homicidas que al ser interrogados sobre qué los llevó a incurrir en un delito tan grave, responden, sin reparo: “Para salir en televisión”. Esta necesidad de demostrar “que son dementes” o “que pican”, según su propio lenguaje, es alimentada por el criterio meramente lucrativo y narcisista con el que inescrupulosos comunicadores se jactan de su liderazgo en los “ratings”, mientras sacan ventaja del dolor y la tragedia.

Si bien es un fenómeno global, el agravante en sociedades como la nuestra, en las cuales impera la impunidad, salvo casos aislados generalmente dirigidos hacia grupos adversos, carentes de estructuras sociales más fortalecidas como la familia, instituciones de apoyo social o carentes de funcionarios de gobierno que vayan más allá de la promesa electoral y el espectáculo mediático, lo convierte en algo realmente insostenible.

Como comunicadores sociales, y en especial quienes tienen la responsabilidad de seleccionar la programación y dirigir los espacios noticiosos, debemos activar nuestras conciencias teniendo siempre presente que, más allá de las ganancias, las caricias al ego que producen los “ratings“ o las leyes que nos regulan, existe un deber deontológico hacia la dignidad de quienes nos ven, escuchan y leen.

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Publicado el 11 de septiembre de  2009 en el diario La Estrella de Panamá; a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.