Inflación eclesial

La opinión de….

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MERCEDES ARIAS

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Inflación Eclesial


Ni Mandrake, el mago, desaparece la plata más rápido que los panameños cuando llega la quincena. Nuestra canasta básica se ha disparado. Así es, nuestra canasta básica está costando más de 250 dólares, y el presupuesto del panameño ha probado no ser elástico. Ya no estira más, ¡aunque los cines estén repletos y cada quien tenga un teléfono celular!

Son varios los factores que han contribuido al alza en los costos. Ante todo el aumento en el precio del barril de petróleo –que nos encareció hasta la forma de caminar–, los reveses en las cosechas, el aumento en los costos de los alimentos y de los metales, la estrepitosa caída en los mercados bursátiles internacionales, los malos préstamos, etcétera, etcétera. Resumiendo, estamos viviendo un periodo de inflación que, para los estándares de Panamá, puede ser calificado como extraordinario, de más del 8%.

Muy atrás quedaron los años de las vacas gordas, allá entre 1984 y 2004 cuando la inflación se mantuvo casi estacionaria en 1.5%. Fue en esa época en la que nos quedamos paralizados en lo que respecta a lo que donamos a la Iglesia.  Los panameños somos un pueblo solidario, al primer desastre natural corremos al Parque Omar a llevar agua, sábanas, latas y abridores. Pero de nuestra Iglesia nos olvidamos. La Iglesia, la nuestra, la que fundó tantas escuelas, la que consoló a los pobres, la que cuidó de presos y desahuciados, es la misma Iglesia a la que hoy le damos las sobras. Y no me hablen de curas pederastas para descalificar a la Iglesia, porque un cura no hace Iglesia, ni es la Iglesia. Esos, los que hicieron lo impensable, curas, pastores, pavos o buseros, se van a quemar en el horno más caliente.

Habiendo hecho este aparte, me concreto en lo que aportamos en tiempo y especies a nuestra Iglesia. Trayéndolo a colación porque, recientemente, la campaña de Promoción Arquidiocesana acaba de recoger las alcancías que fueron distribuidas en 93 parroquias en la Arquidiócesis de Panamá. Todavía deben estar sumando el sencillo y contando las latas para ver si llegaron a la meta propuesta de un millón 100 mil dólares.

Pero, más allá de lo que aportamos en las alcancías, deseo hacer hincapié en el dólar que ofrendamos cada domingo los feligreses que concurrimos a las iglesias católicas. Los evangélicos diezman, nosotros ese concepto nos lo saltamos en garrocha. Hace 20 años dábamos un dólar y si nos ponemos la mano en el corazón tenemos que aceptar que no somos la viudita del Evangelio que dio todas sus preciadas moneditas, porque confiaba en la providencia divina. Hoy nosotros seguimos dando un dólar. Un solo dólar. O no estamos a tono con los tiempos o nos hacemos de la vista gorda ante los beneficios de los nuevos centros de culto, como mejores sistemas de sonido y aires acondicionados.

Un dólar de hace 10 años no se puede equiparar al valor representativo de un dólar hoy.  Pero, en la Iglesia, insistimos en aportar lo mismo de entonces.   Con el incremento natural de los precios, el dinero pierde su valor original a lo largo del tiempo y mientras más pasa el tiempo el mismo dólar menos compra.  La entrada al cielo tampoco se compra, es tan gratis como las sonrisas que vendió Rubén, pero el llavero de San Pedro pesa y solo abre si dimos amor con un corazón generoso.

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Publicado el 9 de septiembre de  2009 en el diario La Prensa; a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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