Decreto y vallas, piedras de escándalo

Decreto y vallas, piedras de escándalo

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La opinión del Ex Ministro de Estado….

Eduardo Antonio Quirós B.

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En más de una ocasión he manifestado que cuando se ha ejercido el servicio público –en particular si ha sido una responsabilidad principal– el compromiso con el país no cesa con el solo hecho de haber terminado el desempeño como funcionario.  Estar ahí para rendir cuentas, servir de memoria o aportar por la información, conocimiento o experiencia adquiridos se convierte en una responsabilidad sobreviniente del cargo que se ocupó.

Por lo anterior, no puedo guardar silencio ante la burda siembra de enormes vallas publicitarias en las servidumbres de las autopistas de acceso al puente Centenario.

Comparto la opinión, publicada en La Prensa, del arquitecto Bill Daubin Diez en su artículo “Otra joya se destruye”,  en el cual denuncia de manera directa cómo se está destruyendo la belleza de un recorrido único que atraviesa del Estadio Nacional Rodney Carew hasta la entrada a la autopista Arraiján-La Chorrera, cruzando el Canal de Panamá (20 kilómetros de bosques), con la implantación de gigantescas vallas para anuncios publicitarios.

Las preguntas-denuncia del articulista son valientes y precisas: ¿Quién aprobó esta destrucción de nuestro medio ambiente? ¿A quiénes se les otorgaron las concesiones de estas vallas?Por supuesto que hago mías esas preguntas y, en adición, aporto algunos elementos que, por razón de ser el ministro de Obras Públicas durante la construcción de las mencionadas autopistas y el puente, no puedo evitar hacer públicos.

En primer lugar, desde que se preparó el concepto de las autopistas al Puente Centenario se concibieron libres de publicidad exterior (vallas) y bajo este criterio se diseñaron y construyeron.Una de las razones para esta decisión vino dada por la gran cantidad de estudios realizados en Europa y Estados Unidos que han demostrado que la denominada contaminación visual, en las vías de alta velocidad, incrementan las posibilidades de accidentes.

Hay países que restringen o prohíben la instalación de infraestructuras publicitarias en carreteras y autopistas por los riesgos que provocan a los conductores.

En el país de la nula o poca planificación otro motivo de distinción de las autopistas de acceso al Puente Centenario es que las mismas fueron diseñadas para poder ser ensanchadas a tres carriles en cada dirección cuando la necesidad así lo indique. Tan es así que, como se puede observar, el puente cuenta con seis carriles para empalmar con esa ampliación futura.

Traigo esto a colación porque, a contrapelo de todo este esfuerzo de planificación, las esperpénticas estructuras publicitarias han sido colocadas justo sobre la servidumbre que se previó para la construcción de los terceros carriles.

No tengo idea en qué tiempo se recupera la inversión y se obtienen ganancias en una concesión de vallas publicitarias como la que se ha otorgado, pero lo que sí puedo prever es que la ampliación pensada para dentro de 10 ó 15 años se adelante en razón del enorme crecimiento del área oeste de la provincia de Panamá (hay que considerar que inicialmente se calculó que entre un 30% y 35% de los usuarios del puente de las Américas migrarían hacia el Puente Centenario, aunque no he conocido de estudios recientes lo cierto es que desde hace un par de años esas previsiones fueron superadas).

En fin, dejo consignado que todas las instituciones que tenían relación con estas autopistas – incluidos los municipios de Panamá y Arraiján – conocían que las vallas quedaban restringidas a la señalización vial exclusivamente.

En este orden de ideas, el Decreto Alcaldicio 1018 de 2005, que declaró áreas libres de publicidad exterior las zonas contiguas a las vías de acceso este al puente Centenario no hizo otra cosa que ser consecuente con lo previsto para esa autopista y la decisión ad libitum del Decreto 316 de 28 de abril de 2009 que lo deroga “en todas sus partes”, firmado por el alcalde encargado de la ciudad de Panamá (a cuatro días de las elecciones pasadas), es una aberración y piedra de escándalo.

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Publicado el 26 de agosto de 2009 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde

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