¿Los tocará el cambio?

¿Los tocará el cambio?


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ALBERTO DE LEÓN

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Lo inverosímil. La última semana, y por enésima ocasión, un simpático sujeto de origen ibérico y residente en un conocido condominio cercano al Colegio Internacional María Inmaculada, en La Alameda, desveló a la mayoría de sus vecinos con gritos, insultos y portazos motivados por conflictos intrafamiliares, que se agravaron —luego de dos horas— cuando profirió amenazas de muerte a su propia consorte, compañera de ocasión, amiga, novia, etc. La decisión “sabia” del agente de seguridad de servicio en el conocido condominio fue poner en conocimiento de las autoridades policiales, no solo del gran escándalo del europeo etílico, sino de la posibilidad de que se consumara un hecho sangriento de lamentables consecuencias.

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La vida en la mayoría de los llamados PHs es tan impersonal que casi toda la convivencia se resume el saludo rápido en los pasillos y ascensores, y la tertulia ocasional en las reuniones de la Junta de Copropietarios, por lo que ante el griterío y las amenazas del energúmeno, la esperanza era que “alguien” hiciera algo, sin que nadie se involucrara de manera directa a resolver este problema doméstico y común.

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El alivio para los trasnochados llegó cuando, ante las reiteradas denuncias, se apersonaron unidades de la Policía Nacional. Hasta allí, todo bien. Lo cuestionable: la respuesta de los agentes del orden público que se negaron a involucrarse en la solución, argumentando falta de competencia legal por no mediar una denuncia directa de la persona que era víctima de los ataques del esquizofrénico.  La solución solo llegó cuando el sueño y el licor sucumbieron los ímpetus del borracho del viejo continente, dejando un mal sabor de boca, la conducta o proceder de las unidades llamadas a velar por la honra, vida y bienes de los asociados. ¿Qué esperaban? ¿No están entrenados para atender estos casos?

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El gran reto. Don Ricardo Martinelli Berrocal asumió hace poco el control del país en medio de una expectativa generalizada, con énfasis especial en los temas que tiene que ver con los fracasos señalados en materia de seguridad, transporte y educación de la gestión gubernativa que le antecede. El país y su población esperan con ansias una solución definitiva a este problema letal.

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Resultan risibles, por darle algún apelativo, las explicaciones de los diferentes jefes que ha tenido la Policía Nacional —y ante la inseguridad que impera en todos los confines del país— sobre la legalidad de que unidades de esa corporación en uniforme, con sus armas de reglamento y en sus horas de asueto, presten el servicio de seguridad privada a empresas particulares en la custodia de sus valores ante lo inminente.

En horas de la mañana, y en momentos del mayor tráfico en la vía Ricardo J. Alfaro (frente a la Cervecería Nacional, S.A.), una empresa distribuidora de víveres obstaculiza la gran circulación vehicular por el movimiento “normal” de su equipo pesado. Lo curioso del caso es ver a un número importante de agentes del llamado orden público en misión de agentes privados de seguridad esperando la asignación del día, sin que a ninguno le salga el amor por el uniforme y colabore en el ordenamiento vehicular.

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Misión y visión. Según lo expresado como las prioridades de nuestra principal institución llamada a velar por los intereses de todos los asociados, figuran (sic): “garantizamos la seguridad de quienes se encuentren en el territorio nacional, promoviendo la tranquilidad mediante la alianza con la comunidad, con eficiencia y eficacia en el servicio policial, con el fin de mejorar la calidad de vida conforme al marco legal existente, ser la institución de seguridad vanguardista, en permanente desarrollo profesional y tecnológico e integración con la sociedad por lograr la convivencia pacífica”.

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Además de esta hojarasca, los panameños demandamos de nuestras autoridades en este campo mayor profesionalismo y compromiso. El debate estéril de si es un uniformado o un civil el que debe estar al frente de la Policía Nacional lleva casi 20 años en el tapete sin que llegue la solución. Lo contrario, el problema cada día que pasa se agrava y la mejor prueba son los principales titulares de la prensa nacional en cada una de sus manifestaciones. Ya resulta cosa del día a día acudir a sepelios de las víctimas de la violencia, porque ésta no solo está en las calles de los rincones más violentos del país. Hoy, la violencia toca nuestras puertas, en el barrio que sea, porque no discrimina estatus social, raza ni religión; y es triste reconocerlo, porque la experiencia así lo indica: no tenemos un organismo idóneo para enfrentarla.

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Publicado el 5 de agosto de 2009 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el credito que les corresponde.

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