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Urgencia y conmoción

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Paco Gómez Nadal
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Sí, fue de esos textos que a uno lo reconcilian con la pluma. Un desahogo de Daniel Domínguez, el pasado viernes, en el que se pudo vengar periodísticamente de todos los “bodrios cinematográficos” que provocan úlceras a gente como él, con buen gusto estético y bagaje cultural. Pero el mundo es al revés.

Leyendo el texto de Daniel, veía que las cintas que peor salían paradas suelen ser las más taquilleras, las que provocan filas interminables de jovial espíritu familiar. Y lo más sorprendente es que la mayoría del público puede ver la tercera o la decimoquinta saga de una de esas películas de terror que dan risa mientras come nachos con salsa de carne y sorbe ruidosamente un refresco de medio litro, comenta cada instante de acción con la compañía y atiende el teléfono celular al tiempo. ¡Qué envidia!

Tampoco parece que los libros de autoayuda sean indigestos, como afirmaba mi héroe semanal, porque el único local que permanece semivacío en los centros comerciales es el de la librería y cuando entra algún despistado suele caer en los brazos de Pablo Cohelo o compra con devoción “Cómo ser feliz en tres pasos mágicos” o “Sea un gerente del cambio”. La vida apostada a fórmulas tan inútiles como el horóscopo o una máquina tragamonedas (los libros de autoayuda no dejan de ser eso: una máquina que traga momeadas a favor del que se ayuda a si mismo escribiendo obviedades tan inútiles como ingenuas).

No es un mal panameño, sino bastante generalizado. La globalización económica y cultural (entendida por cultura la industria del entretenimiento) ha empequeñecido la masa gris hasta convertirla en grano de maíz resecado. Un universo este en el que los “intelectuales” son sospechosos; los artistas, “perezosos y bohemios”; los filósofos, “especie en extinción”, y los provocadores se abren paso en la lista de “terroristas” peligrosos para la sociedad. Ese es el tiempo que nos ha tocado, pero en el caso de Panamá la cosa tiene particularidades. El mercantilismo tiene tanto espacio en la ciudad que se vende al país como un destino de shopping, cualquier taxista sabe dar recomendaciones sobre dónde comprar mejor y más barato, pero dudo que pueda comentar sobre los valores culturales del país.

Toca entonces una alianza poderosa entre los sectores que sí le apuestan a la creación y a la divulgación de ésta. No parece que el nuevo gobierno se libre de la ceguera cultural de los anteriores. Confunde cultura con turismo y no tiene ni una propuesta programática sobre el asunto. Así que, seamos realistas: es el momento de la sociedad civil –una vez más-.

Se acerca la Feria del Libro, que aunque suele vender más biblias y coelhitos que otra cosa, es un espacio estimulante y necesario –más en su programación que en los stands-. Corresponde atiborrarla y pedir más, pedir mucho más. Hay que impulsar una gestión cultural independiente y retadora que provoque los debates sobre el país que ya desde la política parecen agotados; una lectura del territorio y de las gentes mucho más inteligente y provocadora que los cientos de informes con tufo ONU que llenan los anaqueles del olvido y la desidia; una divulgación masiva de clásicos y contemporáneos para que la identidad se construya sobre bases diferentes al cemento.

Para ello, los creadores y el sector cultural deberán sacudirse cierto autismo, cierto elitismo que lo acompaña por naturaleza. Entender que en cultura también nos queda un camino democratizador tan necesario como sugerente. Escribía hace poco en otro contexto, que “hay urgencias que requieren de toda la paciencia del mundo”. Esta es una de ellas.

Para liberarnos de los bodrios cinematográficos y escritos, para que vuelvan a florecer las secciones culturales en nuestros diarios de escándalos, para que las efímeras Margaritas sean sustituidas por los artistas de recorrido, para que el espíritu vuele en lugar de arrastrarse entre saldos y créditos… hay que trabajar sin prisa pero sin pausa, apostándole a un universo en el que un verso o una imagen conmueva hasta el punto de movilizar. “Sucede en general que el mundo cambia. / no demasiado rápido a menudo, / que un día / es extraño sentirse detenido / con demasiadas cosas escritas en la piel / y uno se encuentra en medio de todo cuanto era, / desconcertado y torpe, /sacrificando incluso la nostalgia”. (Luis García Montero)

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Publicado el 4 de agosto de 2009 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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