El CEMIS y la justicia tica

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El CEMIS y la justicia tica
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Desmond Harrington Shelton
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Días atrás quedé, como muchos, anonadado al leer vía el www que se desarchivó y que la Corte Suprema (CSJ) reabrió el caso CEMIS; a la fecha nuestro escándalo del siglo graznado aquel 2002 ante los medios por un folclórico diputado que aun merodea dentro del Palacio Legislativo, junto con otros 15 coprotagonistas de ese imbroglio.

Una vez más la impunidad nos había goleado aquel enero y ni pañuelitos blancos o redoblar de pailas provocaría a nuestros estamentos de justicia protegernos de aquellos reincidentes atracos a nuestros intentos de ser mejor nación. Me froté los ojos y pensé por un momento que la noticia era la usual treta periodística digna de “inocente mariposa” (¡pero en julio!).

Súbitamente desfiló’ por mi mente aquel octubre 2004 en San José (CR) cuando yo, mientras esperaba abordar yo mi vuelo de TACA para regresar a casa, vi que salía esposado de otro avión el expresidente tico Miguel Ángel Rodríguez (1998-2002) recién defenestrado de Washington DC, donde se estrenaba como Secretario General de la OEA.

“Que le estaba pasando a la justicia Tica?” me preguntaba yo, ya que era el tercer expresidente que ella pedía conducir a la cárcel en el mismo mes. Más gracia me dio cuando me enteré que la detención y el eventual llamamiento a juicio era porque supuestamente habían aceptado sobornos de la multinacional celular ALCATEL.

“Caramba”, pensé yo, “soy oriundo de un país donde peores cosas ha hecho nuestra clase dirigente y, envés, los cepillamos, emulamos y hasta intentamos nombrar avenidas o aeropuertos internacionales ¡con su nombre!” Evidentemente, a la justicia Tica no le tiembla la mano tanto como a la nuestra en cuanto a peces gordos se refiere y evidentemente tienen un nivel de tolerancia hacia la impunidad muy inferior al nuestro.

Sin embargo, hay que ser justo. Los Ticos tienen una vida republicana ininterrumpida más extensa que la nuestra. En 1948, después de triunfar sus civiles –por medio de las armas- sobre los militares, se abolió el ejército y su presupuesto fue traspasado al Ministerio de Educación.

También, no le temen a la alta tecnología (las divisas vía exportaciones de microchips INTEL son mayores que las del agro y el café conjuntos) ni tampoco en utilizarla profundamente en su administración de justicia o para combatir campalmente contra el crimen.

Hoy nosotros también vamos en la dirección correcta en a lo que a la administración de justicia se refiere, pero no en la rapidez debida para desgarrarnos los oscuros hábitos judiciales heredados desde mucho antes y después del golpe de 1968. Lamentablemente, no creo que hoy nuestros estamentos de justicia cuenten con la capacidad colectiva o el valor de meter las docenas de peces (y lagartos) gordos que emergerán como los protagonistas de aquella extraña patraña llamada CEMIS.

Muchos pasamos por una infancia donde nos leían cuentitos con finales felices y con moralejas constructivas. Soñar ahora cuando adulto no es malo pero si imprudente, si pensamos que nuestra justicia esta preparada hoy día para meter figuras ‘prominentes’ tras la reja a lo Tico (puede que en el futuro pero no “ahoritica”)

De Rubén Royo aprendí de primera mano que nuestra justicia cuenta internamente con los mecanismos para que pruebas exculpantes y contundentes sean fácilmente eclipsadas con simples zancadillas si es lo que la más influyente de las partes así lo prefiere. Además, aprendí que no existe hoy manera jurídica para que los juzgados saquen la pata de optar después en rectificar un dudoso fallo donde la verdad fue vejada.

En fin, si el motivo ulterior de los promotores de reabrir este escándalo es estrictamente político entonces veremos en acto seguido hábiles abogados defensores con fácil acceso a los jueces obteniendo la libertad de ladrones de cuello blanco y nuestros hijos modificar sus valores para mal,  gracias a la reincidente e imperante impunidad que nos priva de emerger como una mejor nación.

<>Publicado el 31 de julio de 2009 en el diario El Panamá América, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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