Panamá: su cultura del éxito

Panamá: su cultura del éxito

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Gina Marie Latoni
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Más allá de la polarización y, a veces, rudeza del debate político nacional, el cual como es inevitable tiende a exacerbarse en períodos electorales, lo cierto es que como parte nada despreciable del proceso de maduración democrática de Panamá está el hecho de que desde la recuperación de la democracia se han tenido varias transiciones gubernamentales más cercanas al paradigma “ruptura-continuidad”, que al paradigma “refundacional” que se observa en otros países de menor desarrollo político e institucional.

En cada transición ha habido una necesaria e inevitable dosis de ruptura con el pasado inmediato, pero también de continuidad con las cosas que se han venido haciendo bien. Panamá, para decirlo de otra forma, se ha escapado de la tentación “refundacional” con que cada nuevo gobierno intenta hacer “borrón y cuenta nueva” y pretende empezar de cero.

Varios factores han contribuido a esta madurez política e institucional de la que goza Panamá, sin embargo, la capacidad de la sociedad panameña de entender la importancia de estas actitudes, tiene sus raíces en haber reconocido muy temprano en su historia republicana el valor y la fuerza de la negociación y el consenso.

Esta cultura de diálogo y consenso ha significado que Panamá, a diferencia de la mayoría de sus vecinos, ha logrado consolidar su democracia en poco más de dos décadas. Desde los primeros diálogos de Bambito, donde se establecieron las bases de la reconciliación política y de la competencia política democrática, los panameños acogieron esta herramienta en la construcción de la nueva etapa republicana, a tal punto que hoy en día, la sociedad en su conjunto premia el diálogo y rechaza la confrontación. Esto se traduce en un enorme capital cultural y político, tanto para los ciudadanos como para sus gobernantes.

El último ejercicio de diálogo fue la Concertación Nacional para el Desarrollo, la cual culminó en noviembre de 2007. Independientemente de la posición que los diferentes actores hayan tenido sobre la Concertación en su momento, el inicio de un nuevo gobierno es quizá el momento más oportuno para echar una mirada serena a ese diálogo y examinar sus potencialidades en términos de la eficacia de las estrategias y políticas que el nuevo gobierno desee adoptar.

En este contexto hay muchas razones para ver a la Concertación como una fuente de políticas públicas de amplia base de consenso nacional, pero hay unas pocas que resulta inevitable mencionar y tener en cuenta.

En primer lugar, los acuerdos de la Concertación establecieron una “visión” del país que se quiere y un curso estratégico para alcanzar ese país deseable, pero no representan ni mucho menos una camisa de fuerza para ningún gobierno. Explícito está en los acuerdos, establecidos con un horizonte que llega al año 2025 y que, por tanto, cubre cuatro períodos gubernamentales que cada gobierno ajustará su “hoja de ruta” de conformidad con las circunstancias y el sello particular que a partir de sus ideas, principios, valores y compromisos electorales, desee imprimir al país.

En segundo lugar, los acuerdos de la Concertación, y éste es quizá su aporte más sustantivo, reservaron un tercio de los ingresos que el Canal aportará al gobierno exclusivamente para la inversión, evitando que los mismos fuesen “capturados” por el gasto corriente y Panamá cayera en el riesgo del despilfarro de los recursos provenientes de esa importante fuente de renta, como es la experiencia desastrosa de otros países. Así ha quedado establecido en la Ley de Responsabilidad Social Fiscal que se pactó en la Concertación y que ha enviado a los mercados un crucial mensaje: que las finanzas públicas se manejarán con seriedad, eficiencia y transparencia. De conformidad con los acuerdos de la Concertación y la Ley de Responsabilidad Social Fiscal han quedado reservados para la inversión 13 mil millones de balboas procedentes de los ingresos que el Canal aportará al fisco. ¡Nada despreciable!

Finalmente, el acuerdo societario básico al cual me refería al comienzo de este artículo se ancla en el tácito entendimiento del poder de las alianzas público–privadas para el desarrollo, lo cual ha demostrado ser la clave en la casi totalidad de los casos de países que han tenido éxito en las décadas recientes (España, Irlanda, Singapur, para citar algunos ejemplos), incluyendo a Panamá. Ejercicios como la Concertación Nacional son probablemente el instrumento de expresión más fuerte de ese acuerdo. El aprovechamiento de estos espacios, aunque no indispensables para gobernar, contribuye a la viabilidad política y mayor legitimidad de los gobiernos, siendo la prueba fehaciente de ésto el paradigma llamado Panamá.

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Publicado el 4 de julio de 2009 en el diario La Prensa, a quien damos todo el crédito que le corresponde.

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