Panamá y el PARLACEN

PANAMA  Y   EL  PARLACEN
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Omar Jaén Suárez – GEOGRAFO, HISTORIADOR, DIPLOMATICO
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El Parlacen nació como una hermosa ilusión. Ilusión primero de los dirigentes de la Comunidad Europea que creyeron que transplantando a nuestro istmo una copia del Parlamento Europeo crearían las bases para un buen gobierno en nuestra región, después de las luchas intestinas en la que se abismó parte de Centroamérica. Craso error. Se les olvidó que Centroamérica no tiene casi nada en común con Europa occidental por la mentalidad de sus pueblos. La evolución distinta de ambos parlamentos y de ambas regiones ha terminado por desmentir rotundamente el proyecto ultramarino ligado, por supuesto, a una generosa cooperación. Error también al obviar su propia historia puesto que la Comunidad Europea antes de crear su Parlamento regional laboró arduamente durante muchos años para lograr la integración económica, elemento crucial y preliminar para avanzar con paso firme en la integración política.

Ilusión nuestra, de los centroamericanos a los que nos añadimos después los panameños, que creímos que cumpliendo con la desiderata de los europeos llovería la abundancia sobre nuestros pueblos paupérrimos, y de los políticos locales quienes se regodeaban con el esperado maná de francos, libras, marcos, liras y pesetas convertidos después en euros. Esa ilusión se convirtió en pesadilla para nosotros cuando nos percatamos que el costo-beneficio nos era ampliamente adverso.

Pero hagamos primero algo de historia para comprender plenamente el presente y formarnos una mejor visión del porvenir. La historia oficial dice que en la Declaración de Esquipulas I de 1986 los presidentes centroamericanos convinieron en crear el Parlamento Centroamericano cuya primera Asamblea Plenaria se reunió en Guatemala en 1991. Panamá, al principio prudente y extraña por la historia a Centroamérica (conformada por estados que ocupan el territorio de las antiguas Provincias Unidas de Centroamérica) aunque parte de la América Central (una de las tres grandes regiones del continente americano), se adhirió al Tratado Constitutivo del Parlacen en 1993, en las postrimerías del gobierno de Guillermo Endara Galimany.

En octubre de 1994, justo cuando se instalaba el primer grupo de panameños electos en el Parlacen, hubo en Panamá dos corrientes: la Cancillería que se oponía, dirigida por Gabriel Lewis Galindo, y la Asamblea Legislativa, que presidió Gerardo González Vernaza, que apoyaba decididamente la participación de Panamá en el Parlacen. El argumento de Lewis Galindo y de mi persona como vicecanciller era que dicho organismo no servía en nada los intereses de Panamá, no tenía ninguna real función legislativa, era un foro costoso de discusión bizantina y sobre todo refugio, por la inmunidad parlamentaria, de algunos dirigentes regionales acostumbrados a la impunidad. González Vernaza, cuya tesis finalmente prosperó, parecía tener aspiraciones de liderazgo también en Centroamérica.

Sosteníamos en la Cancillería en aquella ocasión hace más de quince años, que en caso extremo sería más útil para el país salirnos del Parlacen y emplear a los 20 parlamentarios panameños ya designados en el Gobierno con el mismo sueldo, lo que no es por supuesto vigente. Así algo hubiesen aportado los que tenían experiencia administrativa, política y profesional en diversos ramos del conocimiento, nos ahorrábamos el costo de la administración de su participación en el Parlacen que casi duplicaba sus emolumentos y evitábamos la complicidad en facilitar la impunidad en una región asolada por el hambre, la violencia y la corrupción pública. Nuestra opinión no prevaleció y el 1 de septiembre de 1999 se incorporaron al Parlacen los primeros 20 diputados panameños electos, lo que se repitió cinco años después, añadiéndose los expresidentes y exvicepresidentes, quienes se reúnen periódicamente en Guatemala para conversar, discutir, amenizar, discursear, aprobar resoluciones no vinculantes pero no para legislar, razón de ser de todo Parlamento de verdad.

Finalmente y después de más de tres períodos presidenciales parece que afortunadamente estamos en vías de ver materializarse un clamor que nació hace quince años para neutralizar el tratado que nos liga al Parlacen y hacer lo que los costarricenses, quienes parecen ser más listos en algunas opciones de política exterior, decidieron desde el principio. Estimo que si creemos en las bondades de la integración centroamericana y queremos aportar a ese logro debemos dedicar nuestros esfuerzos y nuestras energías a una integración económica más profunda, que en nuestro caso sería más bien por la complimentaridad de nuestras economías (Centroamérica agroexportadora y Panamá de servicios), antes de lanzarnos en profundizar la integración política, objetivo de más largo alcance, propósito fundamental para alcanzar la unidad latinoamericana, el verdadero y todavía vigente sueño de Bolívar.

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Publicado el 8 de junio de 2009 en el diario El Panamá América