Por una cultura del conocimiento

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La opinión de…

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Francisco Díaz Montilla -

Según Averroes, filósofo medieval de origen musulmán, “hay cuatro cosas que no pueden ocultarse por mucho tiempo: el conocimiento, la estupidez, la riqueza y la pobreza”.

Si consideramos los indicadores macroeconómicos, sobre todo en los términos que suelen presentar quienes dirigen el Gobierno, Panamá es un país donde se genera mucha riqueza.   Aunque, por supuesto, la generación de riqueza no significa que el país sea rico.    El éxito de pocos no es el éxito de todos, como la riqueza de algunos no es la riqueza de todos.    Es un error lógico (falacia de composición) afirmar –como hacía el actual presidente hace dos años en campaña– que si a uno le va bien, le va bien a todo el país (falacia del todo).   El hecho cierto es que pese a los indicadores y a la desproporcionada retórica aliciesca de los gobernantes, seguimos siendo un país pobre, aunque haya –repito– quienes crean lo contrario. Riqueza en manos de pocos y pobreza como condición de muchos son fenómenos ostensibles…

Con respecto a la estupidez, si es infinita, como señalara Einstein, no habría nada que decir, salvo el hecho de que hay en nosotros una especie de regocijo atávico con ella.  Somos altamente (infinitamente) estúpidos los panameños; por ello, somos muy proclives a la manipulación en todas sus formas o a vivir la vida sin un proyecto personal donde la dignidad, la autonomía, el respeto a sí mismo o al otro sean valores que lo sustenten. En nuestra estupidez, la vida se reduce a un mero estar por instinto, como las moscas, las cucarachas o las lombrices.

Lo que sí se complace en ocultarse, tal vez por más tiempo del que debiera, es el conocimiento; no porque seamos mentalmente tullidos, de hecho puedo dar fe de mucho talento individual de no pocos jóvenes que se preparan en universidades locales y extranjeras. Pero como sucede, en las mayorías de los casos, es un talento del cual el país como tal no se beneficia, ya sea porque esos jóvenes emigran o porque son absorbidos por la mediocridad concomitante a la estupidez

Personalmente creo en la división social del trabajo intelectual, un trabajo que realizan básicamente científicos, matemáticos, filósofos, juristas y artistas, entre otros; cada uno de ellos con diferentes medios, recursos y metodologías. Estos individuos, para mí, tienen un importantísimo reto que asumir, a saber, la constitución de una cultura del conocimiento como alternativa a la cultura de la estupidez que hasta ahora ha imperado en nuestro país.

La dificultad inicial radica en la necesidad de que cada uno de ellos se replantee el sentido de lo que hace. Habitualmente el científico asume que su labor tiene como confín el laboratorio; el matemático vive atrapado en su mundo de ficciones matemáticas; el filósofo –¿existe en Panamá?– en aras de asir lo universal, suele perderse en divagaciones intrascendentes y alejadas de su entorno inmediato; el jurista no siempre es consciente de la dimensión formativa de la ley, de la cual suele sacar ventajas; y el artista en pocas ocasiones supera la burbuja del mundo del arte.   En fin, al parecer han perdido de perspectiva que sus actividades son actividades que educan y, en consecuencia, humanizan.

Una cultura del conocimiento como ideal nacional no solo posibilitará individuos más educados, responsables, autónomos, etc., sino que nos inmunizará contra la estupidez, permitirá generar más riqueza y hará de la pobreza algo atípico que puede ser erradicado y no algo ante lo cual hay que resignarse.

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Este artículo se publicó el 6 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Nuestra condición tercermundista

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La opinión de…

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Francisco Díaz Montilla -

Hace algunas décadas, el profesor Diego Domínguez Caballero, uno de los más brillantes profesores de filosofía con que ha contado el país, usaba la expresión “actividad de ardilla”, para referirse al “practicionismo estéril, un querer hacer y al hacer sin sentido y sin norte” que caracterizaba (y caracteriza aún) a las políticas educativas en Panamá.

Podríamos decir que la “actividad de ardilla”, de la cual hablaba el insigne profesor, es una característica propia de la administración gubernamental panameña. Las cosas son pensadas y ejecutadas en términos de aquí y ahora, mediáticamente, y ni la planificación ni la previsión existen. Y, luego, cuando los problemas nos estallan en el rostro, nos damos a la búsqueda de soluciones milagrosas de última hora, y si no las encontramos, nos servimos de todos los pretextos imaginables para justificar nuestra incompetencia.

De acuerdo con el pensamiento Alicia, que ya hemos caracterizado en otro escrito (El Pensamiento Alicia en el Gobierno, La Prensa, 20/8/2010), el país está próximo a dar el brinco hacia el primer mundo, como lo demuestra –según dicen– una economía pujante, los grandes proyectos públicos y privados que se ejecutan, etc. Aunque tal vez no sea posible dudar de la pujanza de la economía, y no hay dudas de que se realizan y se espera realizar importantes proyectos, nada de ello es determinante per se para superar el abismo que nos separa de las economías del primer mundo y su estilo de vida, que ya, de hecho, hemos asumido, pese a ser pobres.

En realidad, ni el nuevo “sistema” de transporte ni la ampliación del Canal ni la construcción de una megatorre ni los excelentes indicadores macroeconómicos son –como sugieren los voceros del Gobierno– parámetros para medir las transformaciones reales que en términos de calidad de vida experimentan los panameños, o cuan lejos o cerca estamos del primer mundo. Al parecer, los pensadores Alicia nunca fueron conscientes de que la distancia que media entre el tercer mundo y el primero era mucho mayor de lo pensado y menos conscientes fueron de que para ello es necesario una cultura de buenas prácticas, que en esencia supone una superación de la “actividad de ardilla”, de la que hablaba el profesor Diego Domínguez Caballero.

Esa cultura de buenas prácticas implica, básicamente: profesionales educados, responsables y socialmente comprometidos, que estén al frente de la administración pública, un sistema de méritos para la elección o nombramiento de funcionarios, orden, disciplina, planificación, previsión, toma de decisiones racionales y rendición de cuentas. Pero no solo no contamos con tales individuos, ni con las bases institucionales que podrían llevarnos hacia ello, sino que poco nos interesa trabajar en esa dirección.

Tres hechos recientes dan razones a favor de lo afirmado. El primero, las tristemente célebres declaraciones de un administrador de discotecas que hace de cónsul, en las que demuestra una ignorancia superlativa de la historia del país que respresenta; la segunda, la manera tan desacertada en que se ha manejado el abastecimiento de agua en la capital; la tercera, el manejo del incendio en el Centro de Cumplimiento de Menores, en Tocumen. ¿Quién (es) asume (n) la responsabilidad por estos malos manejos?

Todos estos hechos son típicas expresiones de un tercermundismo o de un subdesarrollo institucional y mental que se entroniza cada vez más y que –de seguir– pronto connotará una condición necesaria y no contingente en nosotros los panameños.

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Este artículo se publicó el 16  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La olvidada transformación curricular

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La opinión de…

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Francisco Díaz Montilla -

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A inicios del año lectivo que está pronto a terminar, los funcionarios del Meduca, liderados por la actual ministra Lucinda Molinar, se desbocaban con respecto a los cambios que suponía la transformación curricular. Entonces, como ahora, era evidente el nivel de improvisación que exhibía el sector educativo oficial. De nada valieron las recomendaciones hechas por los docentes con respecto a las falencias de la propuesta. Lo importante era mostrar mediante una excelente plataforma publicitaria y de manipulación mediática que los cambios se habían iniciado, que no había marcha atrás, y que las voces de los críticos eran expresión de mentes retrógradas, con agendas ocultas o que –sencillamente– se oponían al cambio.

Al final, nos encontramos inmersos en un cambio que no cambió absolutamente nada, o al menos que no cambió las raíces de los problemas, nos encontramos inmersos en una transformación tirada a su suerte y de la cual se esperan milagros.

En efecto, la transformación curricular no fue pensada para atender la cuestión educativa desde la raíz, pues no contiene fórmula alguna para enmendar las malas prácticas institucionales tan comunes en las direcciones nacionales, en las direcciones regionales, en las direcciones de colegios, en el cuerpo docente, en el alumnado y en la comunidad educativa; sino que –por el contrario– se concentró en cuestiones prosaicas, como la reducción de bachilleratos y la eliminación de materias sin sustento técnico de ningún tipo.

En la propuesta de transformación curricular nunca se plantearon estrategias mínimamente razonables para transformar la atmósfera educativa reinante en los centros educativos piloto. Al final, en estas escuelas continuaron los mismos vicios y deficiencias que las restantes: no hubo supervisión de nadie, no hubo acompañamiento, así, los docentes no tienen la certeza de si lo que hicieron durante el año en sus clases estuvo bien hecho porque –entiéndase de una vez– nunca fueron capacitados para el modelo de planeamiento y evaluación con el cual la propuesta está comprometida: el modelo de competencias.

Pese a la parafernalia publicitaria del gobierno del cambio, las mochilas y la beca universal, el hecho cierto es que los estudiantes de la transformación curricular –que debieron contar con condiciones óptimas para su aprendizaje, con salones acondicionados para una educación de calidad– no obtuvieron nada de lo prometido: las aulas son las mismas aulas antipedagógicas y deprimentes por su mal estado que presentan nuestras escuelas, los recursos tecnológicos y laboratorios que servirían de soporte para la mejor realización del acto docente y que permitirían la potenciación de algunas competencias nunca llegaron.

De modo tal que –después de todo– no tuvimos con la transformación curricular un muchacho más estimulado en las aulas, igual hubo un altísimo porcentaje de inasistencia y continuó la deserción por problemas que nada tienen que ver con la oferta educativa ni con la poca humanidad del docente (pobreza, marginalidad, exclusión), el índice de fracasos no es mejor que el de años anteriores, y menos aún se puede hablar de estudiantes más competentes que los formados según los métodos “tradicionales”.

Pareciera, pues, que nuestros problemas educativos son más complejos que la cantidad o tipos de bachilleratos que ofrecemos, o los cursos que eliminamos o el enfoque que le damos a la enseñanza.

Ciertamente, los resultados de esta infundada aventura se conocerán dentro de dos o tres años. Pero mientras ello sucede, la improvisación, la desidia, la ignorancia y las malas prácticas institucionales han partido por delante. Y por los vientos que soplan en Meduca, pareciera que 2011 no será lo suficientemente favorable para revertir o enmendar de alguna manera la deplorable situación en que se ha traducido la publicitada transformación curricular de la educación panameña.

<> Este artículo se publicó el 7 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La historia es también asunto de intereses

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Francisco Díaz Montilla -

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La historia registra que cuando el general Mariano Montilla tuvo conocimiento de los hechos de la “independencia” de Panamá de España, el 28 de noviembre de 1821 sentenció: “no cabe duda de que Panamá es tierra de comerciantes, ha sabido evitar los horrores de la guerra proclamando en buena hora su independencia”.

Ciertamente, mientras el resto del continente libraba su independencia desde una década atrás en el campo de batalla, los istmeños permanecimos fieles a la corona española, y si finalmente actuamos como hicimos se debió a un cálculo de utilidades que –al menos para los sectores comerciantes– era sumamente prometedor. Entonces eran irrelevantes los ideales de Nación,  independencia y soberanía. Lo determinante, por el contrario, era que la Gran Colombia de Bolívar,   a la cual nos uníamos voluntariamente, garantizara el libre comercio por el Istmo.

81 años, 11 meses y 25 días más tarde, la historia sería similar.   En esta ocasión no hubo pagos de salarios atrasados a soldados, aunque sí sobornos a importantes funcionarios del Gobierno de Colombia y a otros “patriotas”, algunos de ellos elevados a la categoría de próceres, y –sobre todo– la posibilidad de realizar magníficos negocios con la construcción del canal de Panamá por parte de Estados Unidos.

Lo demás es historia: un chino muerto y una mula heroica, un tratado que cedía a perpetuidad parte del territorio nacional y un artículo de la Carta Magna que legalizaba las intervenciones norteamericanas en el Istmo.     En fin, un país mutilado que habría de iniciar un tortuoso proceso de autoafirmación que, en pleno siglo XXI, no termina de realizarse y que –según parece– ya no interesa.

Años después de la separación de Colombia, una de las mentes más preclaras que ha vivido en este país,  Eusebio A. Morales,   señalaba en uno de sus escritos que el problema principal de los panameños era la ausencia total de sentimiento patrio, y que entre los involucrados en los hechos secesionistas había quienes no creían en la empresa que estaban realizando, y que el móvil de las acciones de estas personas era más bien crematístico.

Pero los panameños sobredimensionamos los hechos y celebramos pomposamente con marchas, salomas, bandas musicales de poca monta y bailes que no vienen al caso, acontecimientos  de los cuales no tenemos la más remota idea o que carecen de proyección nacional pero que súbitamente –debido a la extraordinaria fantasía de historiadores de cuentos de hadas (historiadores Alicia) o de retóricos gubernamentales– parecieran ser la manifestación del alma nacional que desborda todo condicionamiento temporal (incidente de la tajada de sandía, 10 de noviembre de 1821, 5 de noviembre de 1903, etc.).

No somos capaces de darnos la oportunidad de evaluar los acontecimientos y el actuar humano bajo la mirada de la crítica, ni de advertir que –después de todo– nada es sagrado en la historia, o mejor dicho:   no somos capaces de advertir que no hay historia humana sagrada,  y que la historia no puede entenderse sino a partir de los intereses que la hacen posible.

Reconocer esto es el punto de partida para la tan necesaria tarea de desmitificar nuestro pasado, una tarea tanto más necesaria si se tiene en cuenta que la historia es un excelente recurso para la manipulación ideológica y política y para la propaganda oficial, y una forma de alimentar la alienante cultura del grupo o del rebaño, con todas las consecuencias discriminatorias que esa cultura implica.

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<> Este artículo se publicó el 15  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: http://panaletras.wordpress.com/category/diaz-montilla-francisco/

Sobre indultos y constitucionalidad

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La opinión de….

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Francisco Díaz Montilla -

Pasada la vorágine con respecto a la inhabilitación profesional a dos periodistas, quiero compartir algunas inquietudes con los ciudadanos de este país.   Cuando la señora Ana Matilde Gómez fue condenada, quienes celebraron la sentencia señalaban que la Corte había fallado de acuerdo con la justicia. El argumento era simple y contundente: Violar la Constitución es un delito. Toda persona que comete un delito merece ser sancionado. La señora Gómez violó la Constitución; ergo…

Durante mucho tiempo los mandatarios instituyeron una mala práctica con respecto a la facultad constitucional de indultar. Por supuesto, el numeral 12 del artículo 184 de la Constitución es claro al señalar que el Presidente puede indultar por delitos políticos, asimismo puede rebajar pena o conceder libertad condicional a los reos de delitos comunes. Igual claridad encontramos en el artículo 116 del Código Penal. A pesar de ello, los gobernantes –muy a conveniencia– indultaban a medio mundo.

No es hasta el 30 de junio de 2008 cuando el pleno de la Corte reitera en un fallo lo evidente para todos, menos para los gobernantes: El Presidente de la República no puede decretar indultos por delitos que no sean de naturaleza política, y siempre que haya habido una condena.

Pero, ¿qué es un delito político? He allí una pregunta que no se puede responder desde el derecho mismo, sino desde la doctrina.   La Corte es del criterio de que “el hecho que en nuestro sistema no se cuente con el marco objetivo que identifique con amplitud y precisión el significado técnico de lo que es un delito político, no puede justificar, ni la mala práctica que con esa excusa, se decreten indultos con relación a cualquier tipo de conducta delictiva…” Pese a ello, “esta corporación de justicia, en ausencia de una norma legal que desarrolle el concepto constitucional de delito político, interpreta que los delitos a los que hace alusión la frase “delitos políticos” en el numeral 12 del artículo 184 de la Constitución Política de la República de Panamá, se refiere a los delitos contra la personalidad interna del Estado y los delitos electorales”.

Señala la Corte que “el Presidente de la República posee una facultad constitucional para decretar indultos, empero el ejercicio de esa potestad no puede ejercerse de manera arbitraria o apresurada, sin atender la condición que la propia norma superior le impone al Ejecutivo, para el efectivo y eficaz ejercicio de esa facultad”.

Es claro, entonces, que el Presidente de la República no puede –por disposición constitucional– indultar sobre delitos que la Carta Magna no le autorice. Actuar en contrario es violar la Constitución, y ya sabemos qué implica tal violación.

Por supuesto, indultos de este tipo requieren que la Corte se pronuncie. Si esta es imparcial, mínimamente consistente y entiende el derecho como una práctica racionalmente fundada difícilmente podrá contravenir lo expresado en el fallo anterior. Entonces, para quienes “defendieron” la Constitución en el caso de la señora Gómez, la pregunta –al tenor del artículo 191 de la Carta Magna– es: ¿debería ser sancionado el Presidente por violar la norma fundamental al indultar sobre asuntos para los cuales no tiene competencia?    No olvidemos que en el juicio contra la señora Gómez una cosa quedó clara: Que los fallos de la Corte pueden usarse como pruebas de la comisión de delito.

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<> Este artículo se publicó el 17  de octubre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

 

Más artículos del autor en: http://panaletras.wordpress.com/category/diaz-montilla-francisco/

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Pensar críticamente

La opinión de….

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Francisco Díaz Montilla  -


La lógica y la filosofía son disciplinas sintéticas o integradoras. En el caso de la lógica porque es la base de toda disciplina con pretensiones de racionalidad: no puedo hablar de ciencia ni de matemáticas, si no es bajo el supuesto de principios racionales que la lógica enuncia, explica y fundamenta.

En el caso de la filosofía, porque dada la naturaleza crítica que la caracteriza, los resultados de las ciencias se convierten en fuente de problemas filosóficos: creación vs. evolución, naturaleza de la materia, el sentido del tiempo, intuición del espacio, la dimensión cultural del hombre, el hombre como ser finito e histórico, el hombre en cuanto que homo faber y homo oeconomicus, en fin. Para el Ministerio de Educación estos problemas son lo de menos, pero para quienes enseñamos filosofía y lógica se trata de algo de suma importancia desde el punto de vista formativo.

En mis clases suelo considerar situaciones problemáticas propias de la ciencia, la matemática, la historia, la literatura, entre otras, y no pocas veces me he quedado pasmado ante las respuestas de los alumnos y ante las formas en que enfocan los problemas en los exámenes (de hecho casi la totalidad los evade): exhiben una capacidad argumentativa y crítica que tiende a cero.

Mis estudiantes de lógica tienen serios problemas al trabajar con aritmética y álgebra básicas; les resulta harto difícil entender, por ejemplo, la diferencia entre la probabilidad de una disyunción de eventos mutuamente excluyentes y la de una disyunción inclusiva. En sus “argumentos”, las razones lógicas ceden ante el “así se ha hecho siempre”, “es así porque lo escuché”, “es así porque lo dijeron en la tele”, etc.

Mis estudiantes de filosofía, por otro lado, son incapaces de dar una explicación coherente del teorema de Pitágoras y de aplicarlo a un caso concreto, o de aplicar las leyes de Newton a situaciones particulares. Son manifiestamente incapaces de redactar un párrafo razonado y coherente que contenga cinco líneas (imagínense la conmoción surgida cuando se les pidió que escribieran un ensayo).

Aunque son estudiantes de ciencias, no tienen una visión de ésta, ni de lo que esa palabra podría significar. El estudio de la ciencia debería inducir en ellos una actitud crítica, interrogadora y un sano escepticismo. Pues no, nada de eso. Se trata de casos que constituyen claros contraejemplos de que el estudio de la ciencia no nos hace necesariamente más críticos ni desarrolla en el estudiante un sentido de autonomía intelectual.

En ellos al dogma le va mejor. Hay cosas que se creen porque sí, pues de lo contrario serías una mala persona. Así, creen en la existencia del alma, pero no son capaces de dar una razón que justifique esa creencia; desdeñan las explicaciones evolucionistas, a las que consideran inventos de científicos locos o porque ¡de un árbol no se pueden obtener relojes!; creen –sin advertir la circularidad– que la Biblia es verdadera porque es la palabra de Dios y que Dios existe porque lo dice la Biblia; creen que las creencias religiosas nada tienen que ver con la cultura, razón por la cual los no–cristianos –incluidos ateos, agnósticos e idólatras (animistas, politeístas, etc.)– se condenarán en el infierno, a menos que acepten a Cristo.

Moraleja: si generalizamos esos datos, entonces nuestro sistema educativo ha fracasado en la consecución de un objetivo básico, el del pensamiento crítico; lo preocupante de todo esto es que no hay indicios de que con la transformación curricular vaya a revertirse esa situación.

<>Artículo publicado el 3  de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El pensamiento Alicia en el gobierno

La opinión de…

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Francisco Díaz Montilla -

El filósofo Gustavo Bueno, (Pensamiento Alicia: sobre la Alianza de las Civilizaciones, http://www.nodulo.org/ec/2005/n045p02.htm), denomina pensamiento Alicia al que “simplemente nos introduce en ese mundo irreal sin medir las distancias que guarda con el mundo real nuestro… ”.

“Lo característico del pensamiento Alicia es precisamente la borrosidad de las referencias internas del mundo que describe y la ausencia de distancia entre ese mundo irreal y el nuestro. (…) Simplemente se nos pone delante de este mundo maravilloso como algo que ya puede considerarse como dado, porque acaso sólo es la codicia, la estupidez o la ignorancia de algunos hombres lo que nos separa de él”.

Lo aliciesco es un fenómeno global que no discrimina: recurren a él los grupos sindicales de izquierda, los militantes ecologistas y los creyentes en la mitología del libre mercado y de la mano invisible.

En Panamá no hemos escapado de esta influencia, pues sobre todo los políticos –no importa de qué partido sean– han dado exhibiciones magistrales. De acuerdo con ellos, el país está pronto a dar el salto al primer mundo, como lo demuestran los excelentes indicadores macroeconómicos recientes, aunque nuestras instituciones sean un desastre, persistan niveles de pobreza, de exclusión y de marginalidad social realmente escandalosos.

Con la presente administración, lo aliciesco ha adquirido una dimensión de antología debido a una Asamblea que es incapaz de discutir algo por sí misma y a una Corte para la posteridad que le hadado la espalda a la justicia. Pero sobre todo debido a un Presidente Alicia que llegó a la Presidencia protagonizando una campaña aliciesca para un pueblo idiota. Prometió cambio, aunque nunca expresó en qué consistía.

En el poder ha resultado vendedor de eslóganes: “Ahora le toca al pueblo” (¿qué exactamente?). Y cuando las cosas no salen bien, no hay problemas, ya se han identificado a aquellos codiciosos e ignorantes que impiden lograr los objetivos trazados: el PRD, los diarios, los noticieros de pacotilla, los rojos de Suntracs o de Frenadeso, la sociedad civil que se opone a todo y que no representa a nadie, o los borrachos e ignorantes indios de Bocas que podrán saber mucho de cultivo de banano o de cosecha de café, pero a quienes les está vedado rebelarse para reclamar derechos conculcados.

Un Presidente Alicia no puede tener sino ministros Alicia. En los titulares de Trabajo, de Desarrollo Social y de Educación lo aliciesco es monumental y admirable. Para la primera, pareciera que el desarrollo material de la sociedad no tuviese nada que ver con la fuerza de trabajo de los trabajadores: hay que enfocarse en la empresa y punto.   El segundo no supera la visión light de la pobreza y de los problemas sociales que exhibiera como conductor de un programa de TV. Y la tercera, más allá del estribillo soso de “estamos haciendo historia, estamos haciendo cosas hermosas” parece no haber advertido las inconsistencias de una desastrosa transformación curricular que no supera los linderos de la improvisación.

Tal vez ninguno de ellos se compare al director de la Policía Nacional, quien hace poco señalaba que la violencia en Panamá era un asunto de percepción. Lo aliciesco nos ha invadido, se ha instalado en el Gobierno y –por lo pronto– dudo que lo podamos erradicar.

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Este artículo se publicó el 20 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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